viernes, 23 de enero de 2026

 

LAS LAMAS DEL K’ENKO EN CATAVI

¡Ah, carajo! ¡Todo se fue a la mierda!, exclamó un cataveño, mientras miraba las imágenes, que se transmitían por medio de las aplicaciones de TikTok, sobre la catástrofe medioambiental que tuvo como escenario la pequeña comunidad de Andavilque.

La laguna artificial el K’enko, que estaba ubicada al lado de la población de Catavi, conservaba una gran reserva de mineral en forma de lama, ya que durante mucho tiempo se bombearon a esta laguna las colas o los desperdicios provenientes de la planta de concentración de estaño denominado Ingenio Victoria. Así se conservó varias décadas, desde la época en que el empresario minero Simón I. Patiño perdió su imperio en este sitio del municipio de Llallagua, al norte del departamento de Potosí.

La laguna el K’enko era un lugar casi turístico, donde los enamorados iban a caminar por las orillas y a tomarse fotografías, No faltaban los cataveños que, motivados por la nostalgia de los años idos y vividos, retornaban desde el interior del país para ir a contemplar las aguas plomizas de la laguna que se les quedó grabada en la memoria desde la más tierna infancia. 

Todo era asombro y maravilla en esta zona de la pampa de Catavi, hasta el día en que la laguna, tras la falta de mantenimiento y las intensas precipitaciones pluviales, colapsó y se desbordó, generando una gigantesca mazamorra, mezcla de lama, agua y residuos minerales, que se descolgó desde las alturas y, llevándose todo a su paso, se precipitó cuesta abajo, hasta inundar el pequeño poblado de Andavilque.

El desastre ocurrió aproximadamente a las 5:00 de la madrugada del 16 de marzo del 2025. Los testigos cuentan que se oyó un repentino estrépito que sacudió la parte sud de Catavi. Los pobladores ni siquiera alcanzaron a ponerse de pie, cuando la mazamorra inundó la comunidad precolombina de Andavilque, perteneciente al ayllu Chullpa, cuya población se dedicaba a la producción agrícola, crianza de ovinos, camélidos, vacunos, curtiembre y hasta a la elaboración de chicha y chicharrón.

La laguna artificial el K’enko, un dique que se encontraba en la parte alta de Andavilque, cerca de los desmontes de colas-arenas, fue vencida por las fuerzas de la naturaleza y sus espesas aguas se desbordaron como en una película de ciencia ficción. Los pobladores quedaron en estado de espanto y de llanto. El rebalse causó graves daños medioambientales, porque el dique contenía plomo, zinc, cadmio, sulfuros y estaño de baja ley.

El pánico y la zozobra alcanzaron dimensiones apocalípticas. Las personas y los animales, en un intento por poner a salvo sus vidas, se abrieron paso entre el lodo plomizo y espeso, mientras los gritos de auxilio se oían junto al zumbido de las aguas y la lama encajonándose río abajo.

Varios animales, entre ellos perros y gatos, fueron sorprendidos y enterrados por la lama. La mazamorra primero se comió la cancha de fútbol y luego las viviendas de adobes y techos de calamina. Por suerte, algunos pobladores alcanzaron a huir hacia las partes altas del terreno y a subirse a los techos para evitar ser llevados por el material de arrastre.

En poco tiempo todo estaba consumado. El lodazal, que descendió hasta apoderarse de Andavilque, dejó un panorama pintando de color plomizo, como si toda la lama de Catavi, acumulada durante décadas por la industria minera, se hubiese rebelado contra la codicia humana, que no dejó de horadar el vientre de la Pachamama ni dejó de explotar los yacimientos estañìferos del norte de Potosí.

Ese mismo día, los medios de comunicación y las redes sociales difundieron imágenes capaces de erizar la piel y golpear los sentidos. Los informes oficiales de lo sucedido, de las causas y consecuencias del lago artificial, considerado por muchos un atractivo turístico, dieron cuenta de que el 80% de las viviendas y los cultivos quedaron como navegando en medio de la desgracia y bajo un cielo cargado de nubes. No solo quedaron cientos de damnificados, sino que la laguna el K’enko contenía minerales tóxicos, que dañarían la salud de los pobladores, constituyéndose en una irreparable catástrofe medioambiental, que afectó también a otras comunidades campesinas a lo largo del río.

La laguna artificial el K’enko, que causó una colosal catástrofe en Andavilque, desapareció del mapa de la noche a la mañana, como desaparecen los malos proyectos de un soplo. Por cuanto lo que un día fue una de las reservas más importantes de la Empresa Minera Catavi, un sitio donde los enamorados y turistas acudían para darse besos y tomarse fotografías, otro día se convirtió en un paisaje desolado y en un ejemplo del manejo irresponsable de una industria minera que la abandonó a su suerte, tras el maldito Decreto Supremo 21060 de 1985, que provocó el cierre de las minas nacionalizadas y una relocalización sin precedentes en la historia de Bolivia.

Glosario

Colas-arenas: Residuos de mineral procedentes de la planta de procesamiento de estaño del Ingenio de Catavi.

Chicha: Bebida alcohólica hecha con jugo de maíz fermentado.

K’enko: Laguna artificial ubicada cerca de la población de Catavi. Conserva una gran reserva de estaño, debido a que durante décadas se bombardearon los residuos minerales provenientes del “Ingenio Victoria” de la Empresa Minera Catavi.

Lama: Greda pegajosa que se produce durante la perforación. Residuos de mineral fino (polvo) procedentes de la planta de procesamiento de estaño del Ingenio de Catavi.

Relocalización: Despido masivo de trabajadores mineros, que buscan nueva residencia.

miércoles, 7 de enero de 2026

MICROTEXTOS XII

Los muñecos

En varias calles de la ciudad de El Alto, acechadas por la delincuencia diurna y nocturna, los vecinos colgaron enormes muñecos de las luminarias. Están hechos de ropas embutidas con trapos de todos los colores y tamaños. No tienen rostros, ni edades, ni nombres, pero sí un letrero en el pecho y un texto parecido a la sangre: Ladrón pillado será linchado y quemado.

El líder

Sembraba la palabra, con vehemencia y coherencia, sin saber si sus partidarios eran tierras fecundas, donde un día podían cosecharse sus ideas revolucionarias  y sabias enseñanzas. Hablaba y hablaba, en las asambleas, congresos y reuniones, no por ser un hablador, sino un auténtico líder de las masas y un magnífico representante de las aspiraciones populares. 

La corrupción

En un país bananero, donde todo anda de cabeza, el político que roba es aplaudido y el policía honesto es ridiculizado, el que miente es aplaudido y el que dice la verdad es abucheado. En un país bananero, donde todo anda patas arriba, la honestidad es plata y la corrupción es oro.

El pecado

Dicen que en el Paraíso, el diablo tomó la forma de una serpiente, una criatura dotada del don de la palabra y capaz de expresar sus pensamientos con deslumbrante lucidez. Se alzó sobre su cola y le convenció a Eva para que le diera de comer el fruto prohibido a Adán, ya que si ambos comían del árbol de la sabiduría, de lo Bueno y lo Malo, no morirían, como les dejó dicho Dios, sino que se les abriría los ojos y los oídos, y serían como su Creador. Ella le obedeció como mujer sumisa y probó el fruto prohibido del árbol de la sabiduría, que Dios, por alguna divina equivocación, puso en medio del jardín del Edén. Poco después, Eva le entregó la fruta prohibida a Adán, quien, como hombre sumiso, hincó los dientes en la manzana. Así fue como nuestros primeros padres, incitados por la serpiente y desobedeciendo el mandamiento de su Creador, introdujeron el pecado y la muerte en este mundo.

Cuestión de gatos

Eduardo Mondragón no compartía la idea de que los gatos eran animales sagrados, como se imaginaban los antiguos egipcios, y mucho menos dioses protectores de la salud y la fortuna. Tampoco había por qué venerarlos y mimarlos como lo hacían los budistas tibetanos, que los consideraban acompañantes en el tránsito obituario y que en la vida eran como hermanos del alma, sobre todo, si se los trataba con consideración y cariño.

Tampoco le interesaba si  Julio Cortázar tuvo una extraordinaria afición por los gatos en París, si Ernest Hemingway criaba numerosos gatos en su casa de Cuba, si Carlos Monsiváis vivía rodeado de gatos, si Edgar Allan Poe inmortalizó a su gato negro y si Stephen King, en su novela, Cementerio de animales, retrató a un gato capaz de resucitar a los muertos, ni para qué citar a los otros querendones de felinos como T.S. Eliot, Mark Twain, Charles Dickens y otros.

Le tenía sin cuidado que también las escritoras como Charlotte Brontë, Colette, Patricia Highsmith, Elizabeth Bishop, Elena Poniatowska y Doris Lessing, entre otras, hayan sido amantes de los gatos. Lo único que le interesaba a Eduardo Mondragón, el enemigo principal de los gatos, era que estos felinos, que por las noches se tornaban en pardos, desaparecieran del mapa por ser carniceros de dientes afilados. Los odiaba con todas las fuerzas de su alma, desde el día en que un gato se entró por la ventana de su cuarto y se comió al canario de su vida.

sábado, 3 de enero de 2026

APRENDIZAJE DE LA ESCRITURA

De la misma forma que existe un “centro cerebral del lenguaje”, existe también un “centro de la escritura”, que dirige y coordina todos los movimientos delicados de la mano que participan en el acto de escribir. La escritura es, por lo tanto, un acto complejo y asociado, cuya realización exige la colaboración armónica funcional de los centros ópticos, acústicos y motores del cerebro.

Los niños en edad preescolar, que aprenden a escribir las letras de su nombre, lo hacen combinando el sonido y el signo alfabético que lo representa; un proceso de aprendizaje que, como todo conocimiento adquirido, requiere de ciertas destrezas físicas y facultades mentales, pues la estructuración de las letras y, en cierto modo, el aprendizaje de los sonidos y nombres de las letras implica una forma avanzada de coordinación sensorial y motriz. Así, el aprendizaje de un sonido para una letra requiere de una capacidad lógica en la percepción, una capacidad mental que no siempre está desarrollada en los niños que aprenden a leer antes de la edad escolar.                                           

El niño, en su condición de sujeto pensante y principal artífice en el proceso de aprendizaje, investiga desde un principio su entorno inmediato, constatando la existencia de dimensiones como “arriba” y “abajo”, “izquierda” y “derecha”, “delante” y “detrás”. Después adquiere un conocimiento mucho más detallado sobre las relaciones cognitivas, a partir de sus experiencias y vivencias cotidianas; un permanente proceso de asimilación que lo conduce al aprendizaje paulatino de la escritura, que no siempre está exenta de dificultades en todos los casos.

Los especialistas en el tema recomiendan a los educadores del ciclo preescolar estimular en los niños el ejercicio de dibujar, debido a que constituye una práctica necesaria en el proceso de aprendizaje de la escritura. Según el psicólogo norteamericano Jerome Bruner, la temprana creación pictórica ayuda a entrenar las funciones de la memoria y es determinante en el desarrollo idiomático. Bruner concibe la imagen gráfica y el idioma verbal como una evolución ordenada durante el periodo preescolar y considera el lenguaje escrito como algo único en el desarrollo cognitivo. Lo mismo que para el psicólogo ruso Lev Vygotsky, el dibujo es el primer paso del lenguaje escrito y una poderosa herramienta para el pensamiento, puesto que las letras no son más que una suerte de dibujos en miniatura; es más, el educando debe hacer que el niño asimile una conciencia idiomática, al menos cuando se sabe que vivimos en una Era de comunicación tecnológica, en la que el lenguaje escrito constituye un elemento funcional y fundamental.

El niño tiene que aprender primero a reconocer y distinguir cada una de las letras y grupos de letras, imprimiendo en su cerebro las respectivas imágenes o representaciones visuales. Debe aprender los respectivos sonidos y “almacenar” en el cerebro las correspondientes imágenes sonoras. De esta forma puede el niño empezar a escribir, relacionando la imagen sonora y la visual de cada una de las letras y grupo de letras. Al mismo tiempo, entra en función el centro motor de los músculos de la mano (y del antebrazo), que realizan la reproducción gráfica de las letras y palabras, primero copiando o al dictado (con lo que se recuerdan las imágenes visuales y sonoras de las letras) y después espontáneamente.

El aprendizaje de la escritura, que es un medio fundamental de expresión del pensamiento, depende, de un modo general, de los siguientes factores: 1. de una facultad mental que le permita asimilar el concepto de letra durante el proceso de aprendizaje. 2. de una organización necesaria y una destreza sensomotriz. 3. de una motivación social de parte de la familia y el entorno escolar. 4. de una metodología de enseñanza adecuada en la escuela primaria.

viernes, 26 de diciembre de 2025

SEGUNDO RECONOCIMIENTO PARA VÍCTOR MONTOYA EN CATAVI

El 21 de diciembre del año en curso, el escritor Víctor Montoya fue reconocido en sesión de honor por su amplia trayectoria literaria y cultural. A continuación transcribimos las palabras vertidas en el evento:  

Quiero expresar mis más sinceros agradecimientos a la Subalcaldía de Catavi, al Concejo del Gobierno Autónomo Municipal de Llallagua, al Comité de Defensa de los Intereses de Catavi (CODINCA) y a las organizaciones vivas de este valeroso distrito minero, por haber tenido a bien concederme un reconocimiento en el marco de la conmemoración del Día del Minero Boliviano y los 58 años de celebración de la efemérides de Catavi.

Cómo no voy a sentirme honrado de ser reconocido en una población que fue la cuna de grandes pintores y muralistas como Miguel Alandia Pantoja y Enrique Arnal. En estas mismas tierras, de volcanes apagados y campos deportivos que atesoraron sus épocas de gloria, nacieron también los escritores Ted Córdova Claure, Roy Querejazu Lewis, Walter Espinoza Barrientos y Raúl Azurduy Rossel, entre otros.

Catavi permanece en mi mente y mi corazón desde los años de mi infancia. Frecuenté los baños termales, su plaza y sus calles durante mi adolescencia. Conozco sus grandezas y sus miserias. Fui alumno del colegio “Junín” y un inquieto investigador de su memoria colectiva e histórica.   

Catavi fue el epicentro de la fabulosa industria minera durante la “Era del Estaño”, con una densidad demográfica relativamente pequeña, pero con una importancia histórica que supera a varias de las poblaciones del norte de Potosí. Aquí se estableció la empresa “Patiño Mines”, que controlaba la economía nacional desde la Casa Gerencia. Aquí se ejecutó la masacre minera el 21 de diciembre de 1942, en esas mismas pampas que luego se llegaron a conocer con el nombre de “Campos de María Barzola”. Aquí se firmó la Nacionalización de las Minas en octubre de 1952 y aquí se organizó el Archivo Historia Minero de Catavi, con proyecciones de convertirse en un nuevo museo del norte de Potosí.

En Catavi, junto a Uncía y Siglo XX, se puso en pie al sindicalismo revolucionario, que por muchas décadas se constituyó en la vanguardia indiscutible de las luchas sociales de Bolivia, exigiendo mejores condiciones de vida y de trabajo para los obreros y sus familias, hasta que su fuerza combativa declinó considerablemente tras el infame decreto 21060 de 1985. Mas no por eso sus líderes sindicales quedaron en el olvido. La gente todavía los recuerda con admiración y cariño. Ahí tenemos a Filemón Escóbar y Emilio Sejas, cuyos monumentos lucen estoicos en la Plaza 6 de Agosto. No son menos importes los esclarecidos dirigentes del Sindicato Mixto de Trabajadores de Catavi, como Arturo Crespo, Francisco Taquichiri, Gualberto Vega y Octavio Carvajal, entre muchos otros.

Por todo lo expresado, está claro que este reconocimiento, que recibo con afecto y humildad, me causa un enorme regocijo en lo más hondo de mi ser, pues nunca he dejado de considerarme un hijo de entrañas mineras y un escritor del norte de Potosí.

Gracias, una vez más, a todos los implicados en esta conmemoración del Día del Minero Boliviano y los 58 años de celebración de Catavi.


 

miércoles, 17 de diciembre de 2025

EL TABLERO DE LA MUERTE

Atahuallpa está tendido de bruces en un rincón de su fortaleza convertida en prisión. Tiene cadenas en los pies, las manos y el cuello, y lleva un manto tejido por las vírgenes del Sol.

El Inca alza su rostro, mira las paredes de granito y el techo de paja. Se levanta con el chirrido de las cadenas y arrastra los pies en dirección a la puerta. En el patio, los soldados encargados de su custodia hacen rodar los dados sobre la piel del tambor, mientras Hernando de Soto y Riquelme juegan al ajedrez en un tablero pintado sobre una mesa, con piezas hechas de barro y cocidas al horno.

El Inca contempla la partida de ajedrez desde el quicio de la puerta y recuerda el ocaso de su Imperio:

El día que acudí al encuentro de este puñado de ladrones salidos de la mar, con mentiras en la lengua y en el alma, llegué a la plaza amurallada de Cajamarca, sentado en una litera empenachada con plumas. Llevaba mis vestiduras más suntuosas, una diadema de lapislázuli y un cetro mitad oro, mitad madera. Junto a mí estaba la comitiva de nobles, portando joyas en las orejas, collares de esmeraldas y conchas marinas. Atrás venían mis concubinas de túnicas flotantes y un ejército de guerreros armados de hondas, mazas, lanzas, arcos y flechas.

Al caer la noche, precedida por ventarrones aullantes, aguardé la llegada de los hombres de caras blancas y barbas luengas que, según versiones del chasqui, no eran dioses sino mortales, que iban embutidos en cascos y túnicas metálicas, montados en animales más veloces que las llamas y cargando fierros que sonaban como truenos.

Al otro día, el capitán de barba prieta, que escondió a sus soldados detrás de los muros, advirtiéndoles arrancar de su corazón todo temor como mala hierba, ordenó a Hernando de Soto venir a mi encuentro en compañía del lengüilla Felipillo y de un grupo de diestros jinetes. Los caballos galoparon abriéndose paso entre mis guerreros y concubinas, quienes, al ver esos monstruos de cuatro patas y dos cabezas, quedaron con el alma en vilo; algunas se desplomaron y otras se desbandaron al son de relinchos y cascabeles.

Cuando Hernando de Soto se acercó a mi litera, tiró de las riendas con todo el furor de sus fuerzas y el caballo se alzó sobre sus patas traseras, esparciendo babas sobre mi manto sagrado. Permanecí impertérrito, con la mirada clavada en el suelo. El conquistador se apeó de un brinco y, por intermedio de Felipillo, me transmitió el mensaje de Francisco Pizarro. Levanté la cabeza, le toqué la coraza y me herí los dedos con la espada. De Soto volvió a montar a caballo y desapareció entre remolinos de polvo.

En ese instante, Atahuallpa escucha la palabra jaque y una algarabía de voces y gritos. Después retira la mirada del tablero y retoma el hilo de su recuerdo: En la plaza se hizo un gran silencio; callaron los tambores, enmudecieron los cantores y pararon las bailarinas. Era tan grande el silencio, que ni las hojas de los árboles se mecían, ni los pájaros remontaban el vuelo. De la puerta del centro salió una figura ataviada con túnicas negras, dos palos cruzados sobre el pecho y un objeto extraño en la mano. Se llamaba Vicente Valverde y su misión era conquistar nuestras tierras y nuestros corazones.

–Este es el Dios verdadero, el breviario –dijo, entregándome ese objeto extraño.

Lo tomé en la mano, lo agité contra la oreja y, al comprobar que no tenía voz, lo arrojé lejos de mí. Valverde se ofendió, retrocedió a paso lento y exclamó: ¡Sacrilegio! ¡Sacrilegio! Pizarro desenvainó la afilada espada y ordenó abrir fuego. Así empezó el ataque; los caballos hicieron retumbar sus cascos, las ballestas sembraron el pánico y los estampidos de los arcabuces sacudieron mi litera como si flotara en alta mar. Al cabo de media hora, todo estaba consumado. Pizarro se apoderó de mi litera, y los soldados, encadenándome las manos y el cuello, me condujeron a la Casa de la Serpiente, en cuyo patio, los capitanes empezaron a jugar al ajedrez, apostando esmeraldas y mariposas áureas que de un soplo se elevaban del suelo.

A dos días de mi cautiverio les ofrecí a los capitanes un fabuloso rescate a cambio de mi libertad. Les propuse llenar una habitación de oro y dos de plata. Me empiné y alcé mi brazo en alto. Un soldado marcó con tinta el lugar por mí señalado y un notario redactó el convenio.

A lo largo de tres meses, caravanas de indígenas acudieron con los tesoros de todo el Imperio. Desde el Cuzco venían las láminas de oro que fueron arrancadas del Recinto Dorado: leñadores con árboles de algarrobo, un niño tendido en una hamaca, discos con cabezas humanas y cuerpos de animales salvajes, copas con piedras preciosas que sonaban como matracas, una araña que paría perlas y una vasija en forma de concha de caracol, cinturones con cabezas de jaguar, coronas engastadas de zafiros y lapislázulis, un jardín con frutos de oro macizo y una fauna de plata y turquesa.

Pizarro, hijo bastardo y cuidador de cerdos en su niñez, se convirtió en el conquistador más afortunado de la historia y un soldado hizo plañir la trompeta, para que los orfebres fundieran en nuevas fraguas las obras de su creación. El horno engulló dioses y adornos, y vomitó lingotes de oro y plata.

Al precipitarse el sol tras el hilo tenso del horizonte, Hernando de Soto y Riquelme hacen los últimos movimientos sobre el tablero de ajedrez. En la frente les perla el sudor y en el pecho les galopa salvajemente el corazón. Cuando de Soto se dispone a mover un caballo, el Inca le toca el hombro y dice: No, capitán. La torre, mejor la torre. Hernando de Soto sigue el consejo y hace jaque mate a Riquelme. Ambos se miran asombrados al comprobar que el Inca había aprendido todos los movimientos y trucos del juego, simplemente observando lo que hacían los jugadores. Mas de nada le sirve al Inca su habilidad y el fabuloso rescate pagado a cambio de su libertad, puesto que la imprudencia de inmiscuirse en lo ajeno, lo llevaría a perder el Imperio y la vida.

Al otro día, Francisco Pizarro, sentándose frente a Atahuallpa, le anuncia que, con trece votos a favor y once en contra, habían decidido condenarlo a morir en la hoguera. El Inca se agarra la cabeza y contesta: No me digas burlas. ¿Qué hice yo para merecer este castigo? Pizarro se retira y desaparece.

Cuatro soldados conducen al Inca hacia la hoguera, pero como él no quiere desaparecer del mundo como ceniza, sino seguir reinando momificado en una chullpa, acepta su conversión al cristianismo para cambiar el tormento de la hoguera por el privilegio de la muerte por estrangulamiento.

El Inca avanza hacia el patíbulo con la cabeza gacha y besando la cruz. Se sienta en una burda silla de madera, apoya la espalda contra un poste y el garrote le parte la nuca, dejándolo con la mirada perdida en la nada.

jueves, 4 de diciembre de 2025

MICROTEXTOS XI

Sobreviviente

Los corsarios del Caribe cazaron a un gigantesco animal marino y en su vientre, entre otros objetos, hallaron anclas de barcos mercantes, cañones de fragatas sucumbidas en las batallas y, atónitos de asombro, hallaron vivo a un hombre, quien permaneció durante tres días y tres noches en el vientre del animal, que Dios puso entre las olas de alta mar para salvarlo del naufragio.

Criaturas imperfectas

Desde el principio, desde la génesis del mundo, el hombre y la mujer no fueron criaturas perfectas, como si Dios los hubiese creado más como un pasatiempo que a su imagen y semejanza. Desde entonces se jodió la humanidad entera. Por Adán y Eva entró la muerte en la Tierra, y por Caín y Abel, sus hijos enemigos, entró la violencia en el cuerpo y el alma del género humano.

Equidad de género

La relación entre un hombre y una mujer, a pesar de las leyes promulgadas en torno a la equidad de género, seguirá siendo compleja, debido a que los sentimientos más profundos no siempre son lineales ni eternos, como hubiésemos deseado que fuesen, sino sensaciones variables que no dejan de sorprendernos a lo largo de la vida.

Las relaciones humanas no han cambiado en lo esencial durante milenios ni cambiará jamás, como no cambiará la relación compleja entre los géneros.

Sin embargo, no cabe duda de que el amor entre el hombre y la mujer haya sido uno de los motores impulsores del desarrollo de las sociedades. No pocos hombres han protagonizado guerras por el amor de una mujer o mujeres que se han movido como maquinarias detrás de los triunfos de un hombre. Desde esta perspectiva social, biológica y emocional, es lógico suponer que la complementariedad en una relación de pareja es un poderoso instrumento capaz de trocar los sueños en realidad.

Los mil y un cuentos

Soy el Sultán Sahinar  de Las mil y una noches, capaz de recontar los mil y un cuentos que escuché en boca de la joven y hermosa Scheherezade, quien, con voz dulce y dulce cuerpo, me entretuvo noche tras noche con sus fabulosas narraciones, encadenándolas una tras otra y dentro de otra, para poner a salvo su vida y no terminar como las tres mil mujeres que desposé, que mandé decapitar y encerrar en el secreto sótano de mi palacio, temeroso de que me traicionaran con otros hombres mejor dotados que yo.

Complementariedad

En todo hay complementariedad, como en la cosmogonía andina, donde el día se complementa con la noche, la mujer con el hombre, el blanco con el negro, la vida con la muerte, la bondad con la maldad y, quiérase o no, el bien se complementa con el mal, como Dios se complementa con el Diablo, para bien o para mal.

miércoles, 22 de octubre de 2025

VÍCTOR MONTOYA RECIBIÓ UN RECONOCIMIENTO EN CATAVI

El 13 de octubre del 2025, en el marco de la conmemoración del 54 Aniversario de Fundación de la Unidad Educativa Junín, el escritor boliviano fue reconocido por el personal docente, junta escolar y dirección de la mencionada unidad educativa, con una estatuilla negra decorada con un león amarillo, que reafirma su contribución en el ámbito literario y cultural en general, como ex alumno de este colegio fundado el 3 de febrero de 1971, año que el escritor cursó el séptimo intermedio, hasta que se produjo el golpe de Estado en agosto de 1971.

Víctor Montoya agradeció el reconocimiento y recordó que en el entonces Colegio Junín nació su interés por la literatura. No es casual que su primera novela, El laberinto del pecado, publicado en Estocolmo-Suecia en 1993, tenga como eje temático sus experiencias en este establecimiento educativo que, en el pasado, estaba ubicado en los Campos de María Barzola, una pampa donde se perpetró la masacre obrera el 21 de diciembre de 1942 y se firmó el Decreto de la Nacionalización de las Minas el 31 de octubre de 1952. 

En el acto programado por la dirección de la unidad educativa, creada por los empleados y obreros de la Empresa Minera Catavi, el escritor vertió palabras de honda emoción, aduciendo que los hijos de los mineros y las palliris son también capaces de enaltecer a la clase obrera con actividades y profesiones que son dignas de ser ponderadas a nivel nacional e internacional.

El escritor Víctor Montoya es solo un ejemplo de los estudiantes juninenses que han aportado al país en las ciencias técnicas y humanísticas, habida cuenta de que son cientos los profesionales que tienen el corazón puesto en el distrito de Catavi y se sienten orgullosos de haber sido alumnos de la Unidad Educativa Junín

sábado, 18 de octubre de 2025

EN LLALLAGUA SE PRESENTÓ MI VIDA JUNTO A FILIPPO

El pasado 16 de octubre de 2025, en el auditorio del Centro de Eventos Académicos de la Universidad Nacional Siglo XX, se presentó el libro autobiográfico de la Prof. Olga Vásquez de Escóbar. Se trata de un invalorable testimonio de vida, de amor y de lucha, que la autora escribió, en primera instancia, para sus hijos y nietos, para que ellos conozcan la verdadera historia de la familia Escóbar-Vásquez.

Sin embargo, el libro tiene una trascendencia mayor al tratarse de un testimonio biográfico que dejará mucho que hablar y dejará muy sorprendidos a quienes dudaban de la intensa vida política, sindical y romántica de Filemón Escobar, más conocido como Filippo entre los suyos, debido a que el libro nos revela facetas hasta hoy desconocidas por propios y extraños, ya que este ideólogo y dirigente sindical de estirpe, a diferencia de otros ejecutivos de la Central Obrera Boliviana, fue un amante de la literatura, la música clásica, la pintura y la cultura en general, que lo convirtió en uno de los pocos obreros intelectuales. Nos legó seis obras de su autoría y una vasta enseñanza sobre la moral y la ética de un político que nunca dejó de luchar por mejorar las condiciones de vida y trabajo de sus compañeros de clase.

La Prof. Olga Vásquez, con datos que nacen de su propia experiencia y vivencia junto al líder sindical, nos retrata a un Filippo que supo ser fiel a sus convicciones ideológicas, incluso en los momentos en que los vientos políticos soplaban en su contra.

El libro es un recuento de más de medio siglo de luchas, derrotas, triunfos, esperanzas y sueños, que les tocó vivir a la familia Escóbar-Váquez, pero, además, este testimonio de primera mano, nos presenta un puñado de poemas escritos por el líder sindical, una de las facetas hechas en versos, quizás la menos conocida, que sorprenderá a más de un lector, que solo llegó a conocerlo en su ajetreada vida pública, política y sindical.

El libro, Mi vida junto a Filippo, es una obra que está destinada a ser un libro de lectura obligatoria para quienes quieren conocer, más a fondo,  las luces y sombras de uno de los ideólogos de la izquierda boliviana, cuyo monumento luce en la actualidad en el distrito minero de Catavi, donde fue secretario general del Sindicato Mixto y donde escribió la Tesis de Catavi, en 1985, un documento aprobado por el Congreso de la Federación de Mineros y base principal para la planificación de la Marcha por la Vida en 1986.

viernes, 19 de septiembre de 2025

EL CINTURÓN DE CASTIDAD

En la Edad Media, cuando el cinturón de castidad se usaba para controlar la infidelidad y los deslices sexuales de las esposas durante los largos períodos de ausencia de los maridos, un aguerrido caballero, que se marchaba a la cruzada para enfrentarse a los enemigos del Rey y el Papa, le pidió al joven cerrajero de la aldea que confeccionara un cinturón de castidad para asegurarse de la fidelidad de su esposa, una dama de carácter jovial y conducta coqueta que, siendo de facciones bellas y voluptuosas carnes, corría el riesgo de descarriarse apenas él montara a caballo para marcharse a la guerra.

–Tú sabes que las esposas disfrutan poniéndoles cachos a los maridos –le dijo al joven cerrajero, entregándole una bolsista llena de monedas–. El cuerpo de la mujer incita al pecado, tiene las frutas prohibidas que desea el prójimo y su vagina es como la boca de un infiernito donde quiere meterse cualquier diablito. No quisiera que mi esposa, aprovechándose de mi ausencia, saciara su sed de amor con el unicornio de un furtivo amante.

El joven cerrajero, sin levantar la mirada de la ardiente fragua, escuchó en silencio los argumentos del caballero que, al parecer, tenía mucha razón al esgrimir argumentos difíciles de contradecir; quizás por eso, como enseñaban los más viejos, nadie hablaba sin experiencia ni nadie pensaba en lo que por sí no pasaba.

El joven cerrajero, mientras meditaba en que ese artefacto metálico se utilizaba para impedir que el cuerpo de la mujer sucumbiera a las tentaciones de la carne, confeccionó el cinturón con una banda de acero más fina que el muelle de reloj, recubierto con cuero blando y provisto de un minúsculo candado sujeto en la juntura del aro. El cinturón pasaría por entre las piernas, se dividiría a la altura del ano y cerraría la vulva mediante una delgada lámina convexa de latón en la que había una pequeña abertura para evacuar la orina y todo lo demás.

El día en que el caballero pasó a recoger el encargo, el joven cerrajero le entregó el cinturón de castidad y le explicó que una vez cerrado el candadito y retirada la llave, sería imposible que un hombre pudiera acceder a las carnes de su esposa, debido a la presencia de púas allí donde estaba la boca del infiernito por donde se metía el lujurioso diablito.

El caballero quedó maravillado ante el objeto reluciente como una joya de orfebrería y pensó que por fin tendría asegurado la fidelidad de su bellísima esposa. El joven cerrajero, a tiempo de despedirse con sumo respeto, le dijo que le deseaba bienaventuranzas en la cruzada, pero lo que no le dijo es que el cinturón tenía dos llaves, uno para cada uno; lo que le permitiría al cerrajero meterse en la alcoba de la dama y abrir el candadito cuando se le pegara la santísima gana.

El caballero, antes de montar al corcel de alta parada y marcharse a la cruzada, aseguró el candadito del cinturón y se llevó la llave colgada como un collar, pues la tendría en las batallas como amuleto contra la muerte y la infidelidad, aparte de sentirse el amo y dueño absoluto de la sexualidad de su esposa, a quien se la imaginaría aguardándolo en la alcoba, tendida sobre la cama con su bendito cuerpo al aire, pero con las partes íntimas custodiadas por el cinturón de castidad.

El joven cerrajero, al saberse dueño de la llave que le daba acceso al santo de los santos de la dama del caballero, se quitó el delantal de cuero curtido, se lavó la cara y el cuerpo. Pegó dos golpes de martillo sobre el yunque y se dirigió a la mansión señorial del caballero ausente, donde estaba la dama con ansias de que la despojaran de esa prenda metálica que, más que ser un mecanismo de seguridad, era un doloroso instrumento de tortura.

Una vez que la dama quedó liberada de esa prenda insoportable, que le rozaba la piel causándole malestar, hizo sus necesidades fisiológicas con placer y complació los insaciables deseos del joven cerrajero, quien gozó con los perturbadores encantos de la dama y cuyas visitas se repitieron noche tras noche, hasta que ella quedó embarazada una y otra vez.

Cuando el caballero volvió de la cruzada, donde había perdido un ojo, un brazo y una pierna, comprobó que su esposa seguía con el cinturón de acero, pero que su familia había crecido como por obra y gracia divina. Así que el caballero, como todo guerrero acostumbrado a dar la vida a nombre del Rey y el Papa, hizo loas a Dios por haberle concedido una fiel esposa y aceptó a los niños como una recompensa por la sangre derramada en Tierra Santa.

Al fin y al cabo, solamente el joven cerrajero sabía que el cinturón de castidad servía no solo para reprimir la sexualidad de la mujer, sino también para demostrar la estupidez de un hombre que no aceptaba el sabio proverbio que reza: El hombre es fuego, la mujer estopa; viene el diablo y sopla, o, dicho de otra manera, al hombre no se le puede pedir que no desee a la mujer del prójimo ni a la mujer se le puede privar de sus necesidades con un candadito y dos llaves.

 

martes, 16 de septiembre de 2025

LOS CUENTOS VIOLENTOS SE LEERÁN EN BOLIVIA

Acaba de publicarse la tercera edición de Cuentos violentos, del escritor Víctor Montoya, bajo el sello de Ediciones ALBOR. Se trata del primer libro de una serie de obras literarias que el Centro Cultural ALBOR, con residencia en la ciudad de El Alto, tiene planificado publicar sucesivamente, con el afán de difundir la creación literaria de los autores locales y nacionales, cuyo compromiso social coincida con los objetivos culturales y los principios políticos que han caracterizado a estos activistas del arte poético y teatral desde su creación, en 1997.

El libro de cuentos de Víctor Montoya, cuyo prólogo pertenece al escritor e historiador norteamericano Steven Sándor John, es una suerte de denuncia y protesta contra los sistemas de poder que vulneraron los Derechos Humanos ejerciendo la violencia como recurso de amedrentamiento y dominación. Cada uno de los cuentos, desde la perspectiva de la re-creación literaria, tiene el objetivo de ser un aporte más para la reconstrucción de los acontecimientos que marcaron la historia contemporánea de Bolivia; no en vano, en la contratapa, se lee una sinopsis del contenido de Cuentos violentos:

El presente libro, escrito con pasión y fuerza moral, vuelve a ser un punto de apoyo para no olvidar el pasado ni repetir la historia. En sus páginas, impregnadas de un realismo descarnado, se describen los sótanos dantescos de las cámaras de tortura a partir de una experiencia personal y colectiva, con la única intención de rescatar la voz anónima de las víctimas y dejar constancia de una de las etapas más sombrías de la historia contemporánea de Bolivia.

El autor, en su afán de creador y comunicador social, forja una literatura de conciencia crítica, desde ‘El tablero de la muerte’, que recrea magistralmente la captura y muerte del Inca Atahuallpa, hasta ‘Días y noches de angustia’ que, además de desvelar las atrocidades cometidas por las dictaduras latinoamericanas durante la denominada ‘Operación Cóndor’, obtuvo el Premio Nacional de Cuento de la Universidad Técnica de Oruro, en 1984, seguido por la aclamación de la crítica especializada, que no dudó en señalar que con este escritor se reafirmó la temática de la tortura en la literatura boliviana del siglo XX.

Esperemos que Cuentos violentos, cuya tercera edición se publica por primera vez en Bolivia, llegue a los lectores nacionales con la misma fuerza que llegó a los lectores de otros países, desde que salió a luz en 1991, en Estocolmo-Suecia, donde por entonces radicaba el autor en calidad de refugiado político, desde que la dictadura militar de Hugo Banzer Suárez lo exilió en febrero de 1977.

La publicación del libro por Ediciones ALBOR es una muestra de que la literatura de compromiso, que refleja la dramática realidad de un país, es tan o más válida que la literatura de ficción, debido a que el autor no se muestra indiferente ante la problemática sociopolítica que involucra a todos los integrantes de una colectividad humana. La literatura, en este contexto, se constituye en el testimonio más impactante de una época que forma parte de la memoria histórica de un país y de todo un continente.

viernes, 8 de agosto de 2025

EL SACERDOTE Y LA DAMA

En la época de la Real Audiencia de Charcas, un sacerdote fue destinado a trabajar en la iglesia de un remoto pueblo fundado en nombre de Dios y del rey de España. Su misión consistía en convertir a los indígenas al cristianismo y expandir la colonización en las tierras conquistadas, donde abundaban los yacimientos de oro y plata.

Nadie sabía cómo se llamaba el sacerdote ni cuál era su país de origen, excepto el dato de que llegó al pueblo una noche de tempestad, tras salvarse de un rayo caído cerca de los cascos de su caballo, que se alzó relinchando sobre las patas traseras, en procura de evitar que el jinete muera en un recodo del camino.

Los pobladores, sin oponer resistencia alguna, asistían a las misas celebradas por el sacerdote, considerándolo un servidor de Dios y un hermano en quien depositaban toda su confianza; más todavía, los feligreses iban a la iglesia no solo para cumplir con su fe, sino también para confesar sus pecados.

El sacerdote, de tez rojiza y vigorosa corpulencia, vestía siempre con una sotana provista de grandes mangas y un capuchón de tela blanca, como símbolo de inocencia y santidad. En los pies, cubiertos de pelos parecidos a los del jabalí, calzaba unas sandalias espartanas y llevaba un cordón que él se lo ajustaba a la cintura, mientras repetía la siguiente oración: Ceñidme, Señor, con el cíngulo de la pureza y extingue en mi cuerpo el fuego de la sensualidad, para que posea siempre la virtud de la continencia y de la castidad.

Todo parecía normal en su apariencia de sacerdote, salvo que cuando celebraba la misa, tenía los ojos encendidos como el rubí y sobre la sotana una cruz roja que parecía hecha de fuego. Los feligreses, aunque cuchicheaban sobre estos detalles al salir de la iglesia, lo tenían en sumo respeto, debido a que durante la Real Audiencia de Charcas, la autoridad de un sacerdote era tan reverenciada como la de un corregidor al servicio de la Corona española.

Así pasó un tiempo, hasta que apareció en la capilla una dama de ascendencia criolla, guapísima como una diosa y elegantemente vestida, con una mantilla de seda cubriéndole la cabeza y parte del rostro, un collar de piedras preciosas entre sus abultados pechos y un vestido de talle angosto, mangas abullonadas, altos puños de encaje y un escote entreabierto que dejaba entrever el brocado de su prenda interior.

El sacerdote, apenas la vio contonear su cuerpo juncal y mirar por doquier con sus ojazos color esmeralda, se quedó sin aliento por un buen rato, como si la saeta del amor le hubiese atravesado el corazón. Sintió una súbita sensación de enamoramiento y no demoró en averiguar el estado civil de quien lo enganchó a primera vista.

Así supo que era la viuda de un caballero de noble cuna, diez años mayor que ella. Supo también que el caballero disponía de una considerable fortuna, gracias a la explotación de una mina de oro, y que murió durante un duelo, al que le retó un desafiante que, como todo amigo de lo ajeno, quiso hacerse de las pepitas de oro, que el marido de la dama llevaba en una taleguita sujeta al cinto. Pero como este no estaba dispuesto a perder pacíficamente el oro ni la vida, aceptó el reto sin mayores preámbulos.

Una vez que los oponentes se ubicaron espalda contra espalda, caminaron un número prefijado de pasos, hasta detenerse en el punto indicado. Luego  giraron sobre el tacón de sus botines de cuero y se pusieron frente a frente, las pistolas cargadas en la mano; instantes después, se oyeron los estampidos de las armas; uno de los dualistas cayó inerte, el cráneo destrozado por el proyectil que le penetró por el ojo izquierdo, mientras el otro quedó de pie, soplando el cañón humeante de la pistola, que era de corto calibre y cacha repujada a mano.

Los testigos del acto, donde corrió la sangre y el aire se impregnó de pólvora, relataron que el duelo no se debió a razones de honor, sino a una riña por un puñado de oro, puesto que el desafiante, un aventurero ávido de riquezas, se acercó al cuerpo sin vida y, antes de arrojarlo en el caudaloso río, le  sustrajo su anillo de oro macizo, un brazalete y un collar del mismo metal. Así fue cómo el marido de la dama, un caballero de armas llevar, perdió el oro y la vida de un solo tiro.

La tercera vez que la dama asistió a la iglesia, el sacerdote, al ver que estaban solos después de la misa, la abordó con mucha astucia, atrapándola con su poder de seducción y el encanto de sus palabras nacidas desde el fondo de su corazón. Ella le habló con acento andaluz y, envilecida como estaba por ese fornido cuerpo, cayó redondita ante sus galanterías e insinuaciones. Por eso le confesó que no tenía galán ni pretendiente. Entonces el sacerdote, sin perder más tiempo y tomándola por el talle, la acercó contra su pecho y le quemó los labios con el fuego de sus labios. Ella se quedó atarantada por un instante, pero luego accedió a las caricias que le despertaron su sensibilidad hecha de pasión y de fuego.

El romance entre el sacerdote y la dama se puso en marcha, a ocultas de los feligreses y viéndose solo por las noches en un pequeño dormitorio anexado a la iglesia, donde la hizo suya por primera vez. La puso de cara contra la pared, le levantó el vestido y le bajó los bombachos de encaje, acariciándole las piernas y las nalgas, hasta que él, levantándose la sotana que le cubría hasta los talones, la penetró con tal violencia, que la dama se quejó como nunca, mordiéndose los labios y entornando los ojos, como si estuviese con un hombre que escondía al demonio debajo de la sotana.

Al término de la cópula carnal, que los hizo conocer el infinito entre gemidos de placer, la dama se subió los bombachos y se arregló el vestido; en tanto el sacerdote, ofreciéndole disculpas por su monstruosa virilidad, procedió a secarle las lágrimas con la estola, esa suerte de bufanda que él llevaba alrededor del cuello cada vez que oficiaba misa, nada menos que en el mismo recinto donde empezó a desatar sus desaforadas perversiones.

La conducta pícara del sacerdote llegó al extremo cuando, enterado de la fortuna que la dama heredó de su difunto marido, le pidió un cofre lleno de oro a cambio de liberarla de todos los males de su alma. Ella no dudó en entregárselo, como quien cumple con una obra de caridad en beneficio de la santa Iglesia y el sacrificado oficio de un sacerdote destinado a un remoto pueblo para abolir el paganismo ancestral de los indígenas y divulgar los buenos propósitos del cristianismo.

Todo era miel sobre hojuelas para ambos, lejos del glamour de las familias aristocráticas de la época, hasta que un día el sacerdote, que ignoraba que su amada era de cascos ligeros y llevaba una doble vida, se informó por boca de una feligresa chismosa, quien, a tiempo de confesarse, le contó que la dama mantenía relaciones impúdicas con un mozo de buen abolengo, afamado como Don Juan por sus amoríos con las doncellas más apetecidas de la región.

El sacerdote, ante la inminente infidelidad de su amada, se quedó en silencio y con el corazón partido. Apartó a la vieja chismosa del confesionario, pidiéndole rezar tres Avemarías para redimirse de sus pecados, y se retiró al sótano de la iglesia, donde se vació toda una bota de vino añejo.

Por la noche, cuando la dama tocó la puerta lateral de la Casa de Dios, el sacerdote, poseído ya por el demonio de los celos, la hizo pasar sin besarla ni saludarla, y la condujo a empellones hasta el dormitorio, donde tenía pensado segarle la vida; sacó una daga del armario donde guardaba sus hábitos y los ornamentos sagrados, y, sujetándola por el cuello, le ensartó en el flanco izquierdo del pecho.

La dama, consciente de que estaba a punto de entregar su alma al Creador, le confesó, arrepentida y con gran remordimiento, que lo sentía mucho por haberse entregado a otro hombre y haber incurrido en el pecado de la carne. El sacerdote solo movió la cabeza y, con los ojos encendidos al rojo vivo, dijo en un tono de reproche: ¡Tú no mereces el perdón de Dios ni del diablo!

Acto seguido, dejándose dominar por una furia endemoniada, levantó el cuerpo agonizante con la fuerza de sus brazos y lo cargó hasta la capilla, donde lo escondió emparedándolo entre dos muros de medio metro de espesor, para que nadie supiera dónde se metió o qué rumbo tomó la dama del acaudalado caballero.

Poco después desapareció el sacerdote, sin anunciar a los feligreses el motivo de su partida. Alguien dijo que lo vio salir del templo a la medianoche, montar a caballo y alejarse del pueblo, las alforjas llenas y la capa tendida al viento. Tampoco faltó alguien que afirmó que el sacerdote no era un siervo de Dios, sino el diablo disfrazado de cura, con una sotana que escondía su origen maligno y un crucifijo de fuego colgado a la altura del pecho.

La iglesia quedó abandonada a su suerte y ningún otro sacerdote puso sus pies en el pueblo, así que los vecinos empezaron a ver el fantasma de una mujer que, en las noches de tempestad, aparecía delante del pórtico, cubierta por un manto negro, antes de deambular por las calzadas, arrastrando penosamente unas cadenas enganchadas a los pies y las manos, como si con ello arrastrara también el dolor de sus pecados.

Algunas veces, los peatones más osados, que cruzaban por la desmantelada iglesia a altas horas de la noche, relataban que en su interior se oían cantos sacrílegos y los terribles lamentos de una mujer. Eso sí, nadie sabía con certeza de quién se trataba, aunque todos coincidían en que el fantasma se parecía a la dama que desapareció de un modo enigmático, poco antes de que el sacerdote hiciera lo mismo.

Un siglo más tarde, los pobladores de aquel remoto pueblo de la Real Audiencia de Charcas, fieles a su fe cristiana, solicitaron a las autoridades la restauración de la iglesia en ruinas, no solo para reiniciar la celebración de las misas, sino también para liberar a los pobladores del fantasma de la dama que deambulaba por sus alrededores en las noches de tempestad.

Cuando los albañiles empezaron a demoler el grueso muro de la capilla, el único que se mantuvo intacto de la antigua construcción, se quedaron aterrados al ver que allí había un esqueleto suspendido por unas cadenas pendientes de dos argollas adosadas al muro; es más, en el mismo lugar hallaron las elegantes prendas de una mujer y una daga de plata atravesada entre sus costillas.

Una vez realizadas las investigaciones y los cotejos correspondientes, se determinó que la osamenta pertenecía a la dama desaparecida y que el presunto autor del crimen era el sacerdote, quien, a manera de castigo y venganza, la emparedó por haberle sido infiel con un mozo diez años menor que ella y porque no supo guardar su honra ni el respeto por su difunto marido.

Concluida la restauración del recinto sagrado, los pobladores constataron que el fantasma de la dama, que por mucho tiempo permaneció emparedada por los celos de un sacerdote que no soportó su traición, desapareció de la iglesia junto a su esqueleto que recibió cristiana sepultura en una tumba cerrada a cal y canto, donde acudían las mujeres infieles, con el propósito de rendirle pleitesía y suplicarle que las proteja bajo su mantilla de seda, para que sus maridos no descubrieran sus amoríos secretos con los amantes que, si bien no prometían segundas nupcias, al menos devolvían las ilusiones perdidas y reavivaban las llamas del amor que sus maridos las convertían en cenizas.

viernes, 25 de julio de 2025

LA MONJA Y EL CURA

Una joven monja y un apuesto cura fueron destinados a cumplir una nueva misión en un nuevo monasterio que, durante la colonización española en las tierras del norte de África, fue construido en una remota aldea del Sahara Occidental, donde se podía llegar solo a lomo de camello y a través de un desierto donde los beduinos bereberes dejaban sus cuerpos fundidos por los rayos del sol.

La monja y el cura, tras varios días de andar perdidos en el desierto, sintieron mucho la muerte del camello, que se tumbó entre las dunas y exhaló la última respiración de su vida. Los religiosos se arrodillaron, se persignaron y rogaron a Dios tenerlos siempre en su misericordia. Después descargaron sus pertenencias y buscaron refugio a la sombra de un arbusto, donde se vaciaron los últimos sorbos de agua que quedaban en la bota hecha con cuero de cabra.

Desde allí vieron hundirse al sol en el ocaso y sintieron amainar el sofocante calor en un inmenso mar de arena, que parecía una calamina de aluminio bajo el reflejo argentífero de la luna.

El cura se puso de pie y se acercó a la monja, vestida a la usanza de las mujeres de su época y sentada sobre una petaca que contenía sus hábitos, túnicas, velos, cinturones y algunos accesorios sagrados. Se paró delante de ella y, sin dejar de mirarle los lubricados senos que parecían escaparse por el escote de la blusa y el corpiño, le dijo:

–En esta situación, ninguno de los dos saldrá vivo del desierto.

La monja levantó la cabeza, miró la mirada del cura y preguntó:

–¿Ahora qué haremos, padre?

–Solo nos queda pedir nuestro último deseo…

–¿Y cuál será el suyo? –preguntó la monja, retirándose el mechón de cabellos que le barría la frente.

–Nunca he visto los senos de una mujer –contestó el cura–, pero creo que ahora ha llegado la hora en que pueda verlos…

La monja no dijo nada, aunque entendió la descarada insinuación del cura, que no dejó de mirarle los senos ni las nalgas desde que emprendieron el viaje montados en el dromedario que ahora yacía tendido sobre la arena.

–¿Me los enseñas, hija? –preguntó solícito y sin rodeos–. No creo que a estas alturas importe mucho conservar nuestra castidad, ¿verdad?

La monja se desabotonó el corpiño, la blusa y sacó los senos como melones apetecidos en cualquier desierto.

El cura extendió las manos y acarició los pezones duros y rosados, se puso de cuclillas, los besó apasionadamente y terminó dándoles una reverenda mamada, hasta que ella, el corazón alborotado y la cara lívida de excitación, sintió un placentero cosquilleó recorriéndole por el cuerpo. 

La luna brillaba en las alturas con un fulgor de plata y los espinos del arbusto parecían haberse ablandado con las rachas de viento fresco. 

La monja, entregándose a una lujuria pecaminosa, no perdió la ocasión para pedir también su último deseo. Le miró al cura en los ojos, claros y serenos como las aguas de un oasis, y dijo:

–Yo tampoco nunca he visto la parte íntima de un hombre. ¿Me la puede enseñar usted, padre?

El cura se puso de pie, se desabrochó el cinturón, se bajó los pantalones y…

–¿Puedo tocarlo, padre?

–Por supuesto que sí, mi hija.

Entonces ella empezó a acariciarlo con ambas manos, hasta que el flácido miembro se llenó de sangre y se puso duro como un pepino de proporciones mayores.

El cura, al ver que la monja miraba con fascinación la respetable erección que sujetaba en sus manos, le guiñó con el ojo derecho y le pidió que se lo pusiera en la boca.

La monja, que era una joven de carácter tierno y sensuales labios, chasqueó con su lengua el enrojecido glande y, cubriéndolo de besos y aplicándole suaves fricciones, se lo metió en la boca y empezó a chupetearlo una y otra vez, mientras una espumosa saliva se le escapaba por la comisura de los labios.

El cura, sintiéndose volar por el reino de los cielos, no dejaba de mirar los turgentes senos de la monja, cuyos erguidos pezones podía amamantar a un ejército de santos.

Al poco rato, ni bien el cura alcanzó un placer que lo elevó al infinito, como cuando se masturbaba presionando su miembro viril con las manos, le pidió a la monja levantarse la falda larga y quitarse la bombacha.

–¿Para qué, padre? –preguntó la monja, la mirada avergonzada y las mejillas ruborizadas como el hierro puesto al fuego.

–Para meter este enorme tesoro en tu otra boquita, en la que tienes entre las piernas –contestó con los ojos encendidos por las llamas del pecado carnal.

La monja se quedó pensativa, levantó su trasero de la petaca y dio unos pasos al costado. Lo miró al cura y miró su vigorosa erección, tan grande, tan gorda, tan velluda. Luego se cargó de valor y, presa de una inevitable curiosidad, le lanzó una pregunta ingenua:

–¿Y si me lo mete hasta el fondo, qué pasará, padre?

–Te daré más vida de la que tienes –contestó–. Además, en una cópula dulce y sublime, el pene tiene la facultad de dar y devolver vida…

–¿Es verdad lo que dice, padre?

–¡Claro que sííí, hija mía!

La monja se cubrió los senos con las manos, se sonrió con los ojos chispeantes de picardía y arrastró su mirada hacia el inerme cuerpo del camello, que yacía con la joroba bañada por la luz plateada de la luna.

El cura, plantado como una estatua y los pantalones caídos hasta los tobillos, no sabía qué hacer con su miembro de venas hinchadas como cuerdas, hasta que ella, abotonándose la blusa y el corpiño, se le acercó por el flanco y, como si le soplara un secreto en el oído, le dijo:

–Padre, si su enorme tesoro puede revivir a los muertos, por qué no se lo mete al camello, así podremos salir de este infierno y proseguir nuestro viaje hacia el monasterio, donde podremos terminar lo que empezamos en el desierto.

El cura se subió los pantalones y retomó el voto de castidad, pero convencido de que estaba a punto de caer en la tentación del diablo, quien convierte a las monjas en seductoras y a los curas en embusteros.