miércoles, 1 de julio de 2015



APOLOGÍA DE LOS MINEROS

Estos hombres, encargados de excavar minas para extraer el metal del diablo desde las mismísimas entrañas de la Pachamama, son los forjadores de un país que desde hace siglos fue productor de materias primas, de esas materias primas que alimentaron a las monarquías europeas durante la colonia y que, durante la malograda república, hicieron de los barones del estaño señores de corbata y levita, mientras ellos dejaban sus pulmones reventados por la silicosis en los inhóspitos socavones.

Los mineros son los arquitectos de un mundo subterráneo, donde reina el Tío de la mina, guardián de las riquezas minerales, pero también de las herramientas usadas para taladrar la roca en las galerías apuntaladas con soportes de callapos para impedir los derrumbes. No cabe duda de que el metal del diablo, en su estado más puro y salvaje, es un tesoro brillante y negro como el azabache, un tesoro que enriqueció a unos pocos y llenó la olla de las familias humildes, acostumbradas a cocinar sus penas y desgracias a fuego lento pero constante.

Contemplar el bostezo de una bocamina en la ladera de un cerro es lo mismo que enfrentarse a un monstruo dormido a plena luz del día. En su interior, donde no asoman los rayos del sol ni se respira el aire puro, el trabajo del minero es duro y riesgoso; rompe la oscuridad casi impenetrable con la lámpara enganchada al guardatojo y evita las partículas de polvo con el pulmosan. En algunos casos, aparte del esfuerzo físico que emplea para abrir los rajos entre penumbra y roca dura, trabaja en posturas forzadas y, como atrapado en una ratonera, recorre largas distancias, inclinado o de rodillas, para alcanzar los filones que, por los caprichos geológicos de la naturaleza, parecen reptiles enraizados en la corteza terrestre.

El minero nunca está libre de los tojos ni derrumbes que pueden provocarle la muerte por aplastamiento. La muerte no se produce por el castigo del Tío, como se imaginan los supersticiosos del mundo andino, sino por la falta de seguridad industrial; más todavía, si el minero no pierde la vida en un accidente de trabajo, la pierde en vómitos de sangre provocados por la silicosis, ese maldito mal de mina causado por la inhalación prolongada de partículas de sílice, gases tóxicos y compuestos químicos, que dificultan la respiración y hacen estallar los pulmones como tocados por una explosión de dinamitas.

No es raro suponer que los mineros, a fuerza de combos, palas y picos, revientan la roca en busca de los filones que les permita ganarse el sustento de cada día. Trabajaban como topos humanos, acostumbrados a la oscuridad y el silencio, y desafiando los peligros a cada instante, mientras el bolo de coca pierde su sabor en la boca y los músculos se les aflojan como si en sus hombros descansara todo el peso de la montaña.

Apenas empiezan la jornada en el tope del rajo, armados con taladros y cartuchos de dinamita, el sudor les corre por la espalda cual gruesos hilos de copajira; pero ellos, convencidos de que la mina es devoradora de vidas y sepultura de los pobres, se retiran a akullicar en el paraje del Tío, donde, sentados frente a frente, se comunican más con miradas que con palabras, como si quisieran decirse que los sueños de un mañana mejor no están perdidos, que todavía quedan las esperanzas de que un buen día se hará la luz entre las tinieblas de sus vidas.

Al volver a sus hogares, al seno de sus padres, esposas, hijos y hermanos, las esperanzas son más clarividentes, porque constatan que no están solos, que sus familiares y compañeros constituyen los pilares fundamentales de su ideología revolucionaria, la misma que se proyecta con precisión política en el programa del partido y en la tesis del sindicato. Por eso cuando están en asambleas, ampliados y congresos, asumen el compromiso de seguir luchando por conquistar sus reivindicaciones más elementales, conscientes de que la justicia social no puede ser, ni debe ser, un proceso fugaz, sino el principal objetivo para dignificar a los indignados y construir una sociedad más equitativa y humanista que la ofrecida por el sistema capitalista, un sistema que aprovecharon los magnates mineros para explotar despiadadamente y rifar las riquezas naturales al mejor postor.

A estas alturas de la historia se sabe que la industria minera es -y fue durante más de un siglo- el corazón palpitante de un pueblo, que hizo posible el desarrollo económico, social, político y cultural, aunque los verdaderos artífices de esta hazaña -los mineros y las palliris- se murieron y se mueren en el anonimato como almas condenadas al olvido.


De amas de casa a armas de casa

Las palliris, que cambiaron las polleras y vestidos por los pantalones, trabajan rescatando los residuos de mineral incrustados como chispas en las rocas que, debido a su impureza, fueron desechadas y acumuladas en las zonas aledañas a los campamentos y cerca de las bocaminas.

Su única compañía es su merienda, una botella de té y la bolsita de plástico con la mágica hoja de coca, tan sagrada para ellas como las bendiciones de la Virgen del Socavón, que les mitiga el dolor del alma, el cansancio, el hambre y las enfermedades.

Trabajan a sol y sombra, en medio de un paisaje frío y yermo, soportando los vientos y las lluvias, con las esperanzas de rescatar el metal del diablo entre los restos de los restos que, a veces, se les esconde debajo de los pies como por arte de magia, sin lograr rescatar un solo puñado de mineral durante la jornada, que es de diez horas al día y seis días a la semana.

Sus ajadas manos, como sus dedos ennegrecidos por la suciedad y el polvo, son la prueba de que el trabajo que realizan no es de humanos y mucho menos de mujeres, pero como ellas no usan cremas para manos ni se pintan las uñas con esmalte, siguen separando, a fuerza de pulmón y martillo, lo puro de lo impuro de las rocas extraídas del interior de la mina.

Las palliris han trabajado desde siempre en condiciones infrahumanas y a la intemperie, sin tecnología ni maquinaría, arriesgando el pellejo a cambio de migajas. Palliris existían en el Cerro Rico de Potosí en la época de la colonia, cuando los dueños de los yacimientos de plata necesitaban la mano de obra de las mujeres de los yanaconas, que debían fundir la plata y trabajar en las canchaminas, picando los trozos de roca para rescatar los restos del preciado metal.

En la Era del estaño, la labor de la palliri ha contribuido al aumento de la producción minera sin contar con tecnología ni maquinaria. Las mujeres mineras, con el respaldo de las amas de casa, se han organizado en una Asociación de Mujeres Palliris para defenderse del acoso de propios y extraños, para mejorar su condición de trabajo, para reclamar que se les conceda el mismo salario y los mismos derechos que a sus compañeros.

Son madres solteras, novias, viudas o hijas de mineros, que no se rinden ante los avatares de la vida ni la miseria que azota sus hogares. Cumplen con su rol de amas de casa y, a su vez, con su rol de palliris, ya que cargan la responsabilidad de mantener a una familia. Son mujeres ejemplares por su infatigable labor en el hogar y su gran coraje en la lucha; en otras palabras, más que amas de casa, son admirables armas de casa.

Después de la relocalización, en 1985, son innumerables las mujeres que, empujadas por la necesidad y la desesperación, ingresaron a trabajar en interior mina. Y, aunque muchas veces realizan el mismo trabajo que sus compañeros, ocupan el último lugar en la jerarquía de la cuadrilla y su salario es inferior por el simple hecho de ser mujeres. Algunas veces, como por castigo del Tío, son relegadas a cumplir labores más simples y marginales, como ser guardianes de las bocaminas para evitar el acceso de desconocidos a los rajos donde depositan las cargas de mineral.

Las mujeres que trabajan en interior mina usan medias de lana no sólo para calentarse, sino también para aliviar los dolores causados por el reumatismo o la artritis; dolorosas enfermedades que les trepa por los huesos de los pies de tanto chapotear en las aguas de copajira. Se calzan viejas botas de caucho, ajustan el pantalón debajo de las polleras, cubren sus hombros con una manta y atan sus trenzas dentro del guardatojo y, poco antes de despuntar el alba, se marchan rumbo a la mina, donde murió su marido, como antes murió su padre y su abuelo.

Esta triste realidad se repite en varias familias, donde todos saben que la hija de un minero se casa con otro minero, y cuando éstos tienen hijos, se sabe también que ellos serán mineros como su padre y como el padre de sus padres, y que probablemente morirán jóvenes, escupiendo sus pulmones después de haber entregado sus vidas a cambio del desprecio y el olvido.

Antes estaba prohibido el ingreso de las mujeres a los socavones, debido a la superstición de que la menstruación y los sollozos hacían desaparecer las vetas. Los mitos cuentan que una mujer que ingresaba a la mina era seducida por el Tío, provocando así los celos y la ira de la Pachamama. Ahora su presencia no es sinónimo de mala suerte y las supersticiones han cedido a la necesidad de ganarse la vida arañando la montaña para dar de comer a sus hijos, quienes la aguardan sentados o durmiendo en un rincón de su humilde hogar, donde, a falta de un padre, abrigan las ilusiones de que algún día cambiarán el destino de sus vidas.

Ésta es la vida de miles de mujeres que, expuesta a los peligros de la montaña y machucándose los dedos a combazo limpio, se enfrentan a un trabajo rudo y duro que las enferma, envejece y mata antes de cumplir los cincuenta años de edad.


El coraje de lucha y resistencia

La dramática historia de las minas y los mineros está escrita con sangre, pero no sólo con la sangre vertida en las galerías, sino también con la sangre derramada en los campos de combate y en las masacres perpetradas por las oligarquías, los gobiernos dictatoriales y neoliberales. Así es como la historia del movimiento obrero boliviano, que recoge el enorme caudal de la memoria colectiva, registra en sus páginas la masacre de Uncía (mayo, 1923); la masacre de la pampa María Barzola (diciembre, 1942); la masacre de Potosí (enero, 1947); la masacre de Siglo XX (mayo, 1949); la masacre de Huanuni (enero, 1960); la masacre de Milluni (mayo, 1965); la masacre de San Juan (junio, 1967); la masacre de Caracoles y Viloco (agosto, 1980); sólo para citar las más trascendentales y las que mejor se conservan en la memoria de los vencidos.

Muchos han sido los mártires que, a pesar de haber ofrendado sus vidas a la causa de los oprimidos, fueron ninguneados por la historia oficial. No obstante, así sus nombres y apellidos no figuren en las páginas de los libros, sabemos que a ellos les debemos la democracia actual y los procesos de cambio que se experimentan en el país, lejos de las dictaduras militares, los consorcios imperialistas y los gobiernos neoliberales que, una y otra vez, vulneraron los Derechos Humanos y los principios democráticos, amparados en la ley de la impunidad impuesta por los dueños del poder, quienes también se creían dueños de las riquezas naturales.

Después del Decreto 21060, promulgado por el gobierno de Víctor Paz Estenssoro en agosto de 1985, los mineros, echados de sus fuentes de trabajo, se vieron obligados a deambular por las ciudades en su condición de relocalizados; es decir, el mismo líder de la revolución nacionalista, que luchó contra la rosca minero-feudal y nacionalizó las minas, se ocupó de cerrarlas con el pretexto de la baja en los precios de la cotización del estaño en el mercado internacional y debido a que el ciclo de la minería había llegado a su punto final, como si los yacimientos de minerales se hubiesen esfumado por mandato divino o por la maldición del Tío, que es el único ser mitológico que habita en los tenebrosos socavones, sin alejarse de su trono ni salir a la luz del día.

Los campamentos fueron desmantelados, las familias retornaron a sus comunidades campesinas, pero muchos de los viejos mineros, que conocían los secretos de la montaña como geólogos empíricos y no sabían hacer otra cosa que explotar minerales, permanecieron en los centros mineros, formaron cooperativas y volvieron a meterse en las galerías abandonadas para extraer el metal del diablo en condiciones lamentables, sin contar con las garantías técnicas de parte del Estado y sin ningún tipo de seguridad laboral ni beneficios sociales.

Los mineros relocalizados de varios distritos, avanzando contra las ráfagas del viento y batiendo el polvo del camino, invadieron innumerables veces las calles de La Paz, entonando himnos de lucha, mientras atronaban cachorros de dinamita en medio de una selva de banderas rojas y pancartas de protesta.

–¡Vivan los mineros, carajo! –gritaban unos, enseñando el bolo de coca en la abombada mejilla.

–¡Vivan! –replicaban otros, con la mano izquierda empuñada y el guardatojo en alto.

Se concentraban en la Plaza San Francisco, delante de la Catedral, donde improvisaban carpas con lo que tenían a mano. Decían que llegaban a la sede de gobierno para protestar contra el decreto 21060 y para reclamar mayor atención de parte de las autoridades. No era para menos, las cooperativas mineras, que funcionaban sin dirección técnica ni seguridad laboral, continuaban explotando los yacimientos de estaño a plan de combo y barreno. Trabajaban a la que te criaste, con unos puñados de coca para burlar el cansancio, media botella de alcohol para olvidar las penas y algo de q’oqawi para llenar el estómago acuchillado por el hambre.

En una de esas marchas, un antiguo minero, que hacía tiempo no bebía alcohol por temor a despertar los viejos recuerdos que se escondían en los tercos rincones de su memoria, se dejó vencer por la emoción de sus compañeros y volvió a sorber un trago amargo del gollete de la botella. Luego lanzó un suspiro y dijo:

–el gobierno no escucha nuestras demandas. Se ríe de nosotros y no mueve un dedo por mejorar nuestras condiciones de vida. Si sobrevivimos es porque el Tío nos protege en las buenas y en las malas. Nuestras mujeres y guaguas están pasando hambre y nosotros trabajamos como en los tiempos de la colonia. Así, una vez acumulado el mineral en los rajos, y a falta de carros metaleros que transporten la carga hacia el exterior de la mina, tenemos que sacar nosotros en la espalda como los q’epiris en las bolsas o los aguayos que antes usaban nuestras mujeres para ir a la pulpería...

–Así nomás es, pues –corroboró su compañero, que hasta entonces estaba pijchando en silencio–. ¡El gobierno es una mierda! ¡No le importa nuestra suerte! Nosotros nomás nos las arreglamos como sea, a pesar de los bajos precios del estaño y el paulatino agotamiento de las vetas. Para el gobierno, en cambio, es una ventaja, porque recibe un porcentaje de los ingresos de las cooperativas sin gastar nada. Además, no tiene ya que enfrentarse con los sindicatos mineros, aunque enfrenta el problema de miles de familias que emigran a las ciudades en busca de trabajo, mientras otros se dedican a cultivar coca en los Yungas y el Chapare...

Los mineros, que se concentraban como una multitud enardecida frente a la Catedral de San Francisco, son los héroes anónimos de un país perforado por la miseria. Ellos son los únicos que escuchan el clamor de justicia que brota de las profundidades de la montaña, donde el Tío no quiere sentirse abandonado en su trono de roca.

En la actualidad se calcula que existen al menos 175.000 cooperativistas, 17.000 mineros estatales y 13.000 privados, quienes se dedican a extraer, procesar y exportar el metal del diablo por miles de toneladas. Esto quiere decir que Bolivia, a pesar del pesimismo manifestado por los gobiernos neoliberales, sigue dependiendo de la producción minera y que, por eso mismo, se debe mejorar tanto la productividad como las condiciones de trabajo. No se debe permitir el trabajo infantil en las minas ni que los topos humanos sigan horadando la roca con lo que tienen a mano. Los mineros se merecen todas nuestras consideraciones por haber sido la columna vertebral de la economía nacional desde que Simón I. Patiño descubrió los filones más ricos de estaño en el norte de Potosí.

Glosario

Akullicar: Masticar hojas de coca.
Copajira: Agua mezclada con residuos minerales, de color amarillo o plomizo, proveniente de los relaves de la mina.
Palliri: Mujer que, a golpes de martillo, tritura y escoge los trozos de roca mineralizada en los desmontes (depósito de residuos de la mina considerados estériles, pero que, en realidad, constituyen importantes reservas por contener estaño).
Pijchando: Masticando hojas de coca.
Q’epiris: Cargadores de bultos o equipajes.
Q’oqawi: Merienda.
Relocalizado: Obrero despedido de su trabajo y en busca de nueva residencia.
Tío: Deidad. Diablo y dios tutelar de la mitología andina. Habita en el interior de la mina. Los mineros le temen y rinden pleitesía, ofrendándole hojas de coca, cigarrillos y aguardiente.
Tojo: Pedazo de roca que se desprende de la bóveda en la mina.

jueves, 25 de junio de 2015


EL COMPROMISO SOCIAL DE NÉSTOR TABOADA TERÁN

Néstor Taboada Terán, considerado uno de los grandes referentes de la literatura boliviana del siglo XX, escribía siempre a pulso, de manera disciplinada y hasta casi obsesiva. No en vano se consideraba un escritor, más que de vocación, de nacimiento. Toda una vida dedicada a cultivar el arte de las letras y a relatar historias desde la cuna de nuestros ancestros hasta los acontecimientos más trascendentales de nuestra época. Su vasta producción literaria, escrita en diversos géneros y con una temática multifacética, confirma el potencial creativo y el amplio bagaje cultural de este autor, quien supo palpar por medio de la intuición los secretos y las adversidades de la condición humana.

Néstor Taboada Terán, que conocía los mitos y las leyendas de las culturas originarias, era un historiador literario, un acucioso investigador de los usos y las costumbres de un país multicultural, donde lo blanco, lo indio, lo negro y lo mestizo, aparte de conformar un mosaico rico en matices antropológicos, confluían en una sola fuente de la cual se nutrían tanto los pintores como los escritores de todos los tiempos.

Como todo autor de origen humilde y honda sensibilidad humana, rechazaba las injusticias sociales y las discriminaciones raciales, que siguen siendo verdaderas cuñas en la conformación de la identidad nacional y en la estructuración de una sociedad más justa. Estaba comprometido con su realidad y su tiempo; una toma de posición revolucionaria que lo llevó a sufrir la persecución y el exilio. No en vano alguna vez, al relatar la travesía de su nacimiento, dijo: Fui un perseguido desde mucho antes de que nazca en la calle Ballivián, casi Loayza, a dos cuadras de la Plaza Murillo y en la casa de un terrateniente yungueño, en la que los afrobolivianos tenían  la costumbre de llevar fruta y alegría como ofrenda a los recién nacidos; algo que ocurrió en su caso cuando llegó al mundo, un 8 de septiembre de 1929.

Cuando tenía tres años de edad, murió su padre en la Guerra del Chaco; un acontecimiento que marcó su vida y al que volvió repetidas veces en su creación literaria, quizás, como una forma de recrear, con el golpe de la imaginación, los mismos escenarios y personajes retratados en su novela El signo escalonado (1975), o, quizás, como una forma de saldar cuentas con un pasado que destrozó su infancia, como la de tantos niños que quedaron huérfanos durante la contienda bélica tramada por interese foráneos entre Bolivia y Paraguay.
  
De obrero gráfico a prolífico escritor

En su adolescencia, mientras trabajaba de día y estudiaba de noche, colaboró con un medio de prensa, pero como no recibía remuneración alguna por su trabajo, se vio obligado a aprender el oficio de linógrafo en las imprentas de su ciudad natal, como quien ensaya los avatares de la existencia antes de dedicarse a la literatura a tiempo completo.

En los talleres de la imprenta conoció las necesidades de la clase obrera, de ese proletariado que dio lecciones de vida y de lucha a todo un pueblo que pugnaba por romper las cadenas de la opresión capitalista y liberarse de los látigos del imperialismo. En esos mismos talleres conoció también a varias personalidades del ámbito cultural y literario, como al escritor peruano Gamaliel Churata, quien, aparte de haber sido integrante de la primera generación de Gesta Bárbara y apologista del ideólogo marxista José Carlos Mariátegui, ejercía como periodista en Última Hora y  vivía como inquilino en los talleres de la imprenta.

Está claro que Taboada Terán nunca dejó de ser un combatiente, un rebelde con causa y un trabajador de la cultura que sólo buscaba salvar al mundo con lo que mejor sabía hacer: escribir desde el fondo del corazón y con los ideales de la justicia social puestos en los procesos de cambio, demostrando que la lucha de los desposeídos seguía vigente y que los trabajadores estaban siempre batallando por conquistar un futuro mejor.

Su cuento Claroscuro, que lo afianzó en su interés por convertirse en un hombre de letras, lo escribió en 1948, y con él ganó el concurso literario estudiantil del Colegio Nocturno Simón Bolívar. El cuento, que gira en torno a las penurias de un niño pobre y trabajador que pierde a su madre en circunstancias adversas, se publicó con el prólogo de su profesor Nicolás Fernández Naranjo, un prestigioso gramático y sacerdote católico, que fue excomulgado por la Iglesia hasta la quinta generación por casarse con una docente cochabambina.

La masacre minera de Catavi

A los 31 años de edad publicó su primera novela emblemática El precio del estaño (1960), galardonada con Mención de Honor del Premio Nacional de Literatura conferida por el Ministerio de Educación y Bellas Artes. No era para menos, debido a que este libro, escrito con compromiso social y en tono de protesta, lo llevó a transitar por las tierras áridas del norte de Potosí, donde constató el dolor y la desolación de las familias mineras, para luego describir, con asombrosa veracidad y destreza estilística, la masacre del 21 de diciembre de 1942, que tuvo lugar en las pampas de Catavi, hoy conocidas como los Campos de María Barzola.

La matanza fue ejecutada pese a las recomendaciones que hiciera el presidente de la República, general Enrique Peñaranda, al mayor Gualberto Villarroel, comandante accidental del Regimiento Sucre 2 de Infantería, de no utilizar balas de guerra sino de fogueo en la represión de los huelguistas, quienes reclaman sus justas demandas en circunstancias en que la empresa del magnate minero Simón I. Patiño, que estaba al servicio de los intereses imperialistas, bajó los salarios a niveles de hambre y amenazó con abolir el libre ejercicio del fuero sindical.

Con esta historia novelada, Taboada Terán se inscribió con paso de parada en la corriente de la literatura del realismo social boliviano, convencido de que la novela está más cerca de la realidad viviente que de la misma historia o, dicho a su manera: Novelando la historia se interpreta más correctamente la realidad; una postura que asumió en la elaboración de sus posteriores novelas, como en No disparen contra el Papa, Angélica Yupanqui, marquesa de la conquista y La tempestad y la sombra, en las que los episodios de ficción no comprometen los elementos realistas y esenciales de los relatos.

Actividad cultural en Oruro

En Oruro, donde intensificó su carrera literaria, fue director del departamento de extensión cultural de la Universidad Técnica de Oruro (UTO, 1964-1968) y publicó la revista Cultura Boliviana, que fue un formidable espacio para los escritores noveles y consagrados. En esta misma universidad, cuya extensión cultural convocó en 1984 a un concurso literario después de algunos años de inactividad, integró el jurado en la categoría de cuento, junto a Alberto Guerra Gutiérrez y otros. Ese mismo año fue de gratas sorpresas para quien escribe estas líneas, puesto que el jurado decidió conceder el primer premio a mi cuento Días y noches de angustia, cuya temática abordaba los atropellos de lesa humanidad cometidos por la dictadura militar de Hugo Banzer Suárez contra sus opositores políticos, en coordinación con las fuerzas represivas de la ya tristemente famosa Operación Cóndor.

Taboada Terán conocía la temática no sólo porque experimentó en carne propia la represión, sino también porque vivió exiliado en Argentina entre 1972 y 1979, luego de que el régimen de facto quemó su biblioteca personal en la Plaza 14 de Septiembre en Cochabamba y, como pasó con cientos de bolivianos que tomaron el camino del exilio, se vio forzado a abandonar el país, declarado como un elemento peligroso y una persona no grata para el régimen dictatorial.

El exilio en Argentina

En Argentina escribió Manchay Puytu, el amor que quiso ocultar Dios (1977), cuya primera versión, proveniente de la tradición oral y la cosmovisión andina, la escuchó en labios de su madre. Se trata de un drama de desgarros e identidades confrontadas, que desnudan el mestizaje a través de un amor prohibido entre una mujer indígena de ascendencia noble y un sacerdote de origen quechua, quien, tras la muerte de la mujer amada, desentierra su cadáver en un intento por devolverla a la vida; la baña, la perfuma y la enjoya. Y, al no lograr su propósito, actúa como poseído por el demonio, le saca la tibia de una pierna y con ella hace una quena para interpretar un yaraví de lamento ante el asombro y espanto de una iglesia inquisidora.

A su retorno a la tierra que lo vio nacer, publicó El Quijote y los perros, una antología del terror político que reúne los relatos de varios autores. Y, sin dejar de criticar a los gobiernos que asolaron el país, quiso dejar un testimonio de la tragedia boliviana a través de sus historias noveladas. Él mismo, en una de las tantas entrevistas que le hicieron, a veces con la intensión capciosa de tacharlo de revisionista de la historia, manifestó que él escribía sus obras con un contenido de corte realista (...) Yo no utilizo la historia oficial, yo hago mis propias investigaciones...

Militante de la izquierda

En su juventud militó en el Partido de Izquierda Revolucionaria (PIR) y, posteriormente, simpatizó con los postulados del Partido Comunista de Bolivia (PCB). Participó en la revolución de 1952, junto a varios intelectuales comprometidos con la causa de las mayorías nacionales, como Sergio Almaraz, René Zavaleta Mercado, Carlos Montenegro y otros. Asimismo, participó en la fundación de la Central Obrera Boliviana (COB) y se vio homenajeado como trabajador gráfico e intelectual progresista, al ser designado responsable del periódico Rebelión, al lado de Enrique André y Waldo Álvarez, primer ministro de trabajo en el gobierno socialista del coronel David Toro.

Escribió a espaldas de la fama y el dinero, y en contra de la voluntad de las clases dominantes, que usaron desde siempre a algunos escritores como a sus escribanos personales. Taboada Terán estaba hecho de otro material y con otro temple; era un ejemplo para quienes escribían con libertad sobre la libertad y un paladín de las causas justas. Jamás ocultó sus ideales socialistas y jamás dejó de tener el corazón puesto al lado de las aspiraciones de los más desposeídos, consciente de que la liberación y el destino de un pueblo no estaban en manos de las oligarquías, sino en manos del mismo pueblo.

A lo largo de su vida se enfrentó a esa cáfila de entreguistas de nuestros recursos naturales y no se cansó de repetir que los cambios radicales del país pasaban por la descolonización y la revolución cultural. Su compromiso con las fuerzas del cambio quedó probado, por ejemplo, cuando estuvo en la Plaza de la Revolución de la Habana, donde cantó “La Internacional” con el puño en alto: arriba los pobres del mundo. De pie los esclavos…, y cuando se entrevistó con algunos de los ideólogos de la izquierda latinoamericana, como sucedió en Santiago de Chile, donde conversó con Salvador Allende, presidente socialista hasta el día en que lo tumbó el dictador Augusto Pinochet, en septiembre de 1973.


Un cordial encuentro

Lo encontré en Cochabamba, en ocasión del Quinto Foro de Escritores Bolivianos, que se desarrolló en el Centro pedagógico y cultural Simón I. Patiño, entre el 22 y 23 de julio de 2011. Se me acercó con un cansino andar, un saludo cordial y una sonrisa que se dibujaba debajo de sus bigotes recortados al estilo Zdanov. Estaba con su infaltable gorro y sus gruesos anteojos caoba; lucía un saco oscuro, una camisa blanca y una corbata a cuadros. Entablamos una amena conversación, mientras las arrugas tatuadas en su rostro daban testimonio de un hombre que había aprendido a vivir con intensidad y sabiduría. Aún tenía la mente lúcida y el don de un conversador nato. Hablamos sobre los cambios políticos que se estaban produciendo en el país y, como es natural, de los nuevos proyectos literarios que tenía en preparación. Me confesó que tenía en marcha sus memorias y una antología de los mejores trabajos poéticos que se publicaron en Bolivia.

Antes de despedirnos, me pasó su tarjeta de presentación y quedamos en reencontrarnos en La Paz, donde, según me dijo, trabajaba como Consejero Cultural del Banco Central de Bolivia y tenía una oficina en la calle Ingavi 1005. Pero el reencuentro no fue posible, porque tuve que retornar a Suecia a los pocos días de haberse realizado el Quinto Foro de Escritores. Sin embargo, como recuerdo de ese encuentro que se dio de manera amigable y casual, conservo una fotografía que nos tomó el periodista y bibliógrafo Elías Blanco Mamani en los predios del Palacio Portales de Patiño, donde se efectuó una exposición de libros de varios autores nacionales.

Su legado y su muerte

Ahora que la muerte se lo llevó, el pasado 8 de junio de 2015, a los 86 años de edad, tras haberse enfrentado a varios problemas de salud y haberse negado a ingerir sus medicamentos en los últimos días de su vida, sólo me queda sumarme al lamento de quienes leímos su obra con infinita pasión y rendirle un sentido homenaje a su memoria, porque Néstor Taboada Terán será siempre el portavoz de los de abajo, el prolífico autor del realismo social y el escritor que supo trocar el sufrimiento humano en auténticas joyas de la literatura boliviana; más todavía, puedo aseverar que los escritores de su talla no se van para siempre de este mundo, pues dejan las huellas de sus pasos por la vida y nos dejan un legado imperecedero estampado en sus obras, a través de las cuales reviven una y otra vez en manos de sus lectores.

lunes, 22 de junio de 2015


VÍCTOR MONTOYA EN HOMENAJE A LOS CAÍDOS
EN LA MASACRE MINERA DE SAN JUAN

El Archivo Regional Catavi, que forma parte del Archivo Histórico de la Minería Nacional de la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL), creada mediante DS. 27490 del 14 de mayo de 2004, como proyecto de Inversión Pública, tiene la misión de recuperar, organizar, custodiar, preservar y difundir los fondos documentales de la Corporación Minera de Bolivia y las heredadas de las ex empresas nacionalizadas.

En este contexto, el Archivo Regional Catavi, en cumplimiento de sus actividades dedicadas a difundir todo lo concerniente a la minería, está organizando un acto de homenaje a los caídos en la Masacre de San Juan, un luctuoso acontecimiento que fue perpetrado por el régimen dictatorial de René Barrientos Ortuño, con el asesoramiento de los mercenarios de la CIA, la madrugada del 24 de junio de 1967, en los distritos mineros de Siglo XX, Llallagua, Cancañiri y Catavi, ubicados al norte del departamento de Potosí.

Víctor Montoya, junto a Edgar Huracán Ramírez y Luis Oporto, será uno de los conferenciantes que abordará el tema de la masacre minera desde la perspectiva de la recuperación no sólo de la memoria histórica del movimiento obrero boliviano, sino también desde la necesidad de rescatar la rica tradición cultural del proletariado minero, cuyos triunfos y derrotas están registrados en las obras de los pintores, poetas, músicos y escritores de todos los tiempos.

Víctor Montoya es uno de los escritores bolivianos que ha sido testigo de la Masacre de San Juan, a la edad de 9 años, y uno de los narradores que ha hecho del mundo minero su eje temático, con obras que reflejan las luchas sociales de este sector y, sobre todo, los mitos y las leyendas de la cosmovisión minera, que giran en torno a la presencia del Tío (dios y diablo) en los oscuros socavones y el imaginario popular.

La encargada del Archivo Regional Catavi, Lourdes Peñaranda Morante, dijo que este evento forma parte de un ciclo denominado Rescate y conmemoración de la memoria histórica de los trabajadores mineros. Asimismo, manifestó que el Archivo Regional Catavi tiene la misión de rescatar y preservar para la posteridad toda la documentación perteneciente a la Corporación Minera de Bolivia, en general; y a la Empresa Minera Catavi, en particular.

El acto de homenaje a los caídos en la Masacre de San Juan, uno de los trágicos hechos escritos con sangre minera en las páginas de la historia nacional, se realizará el 23 de junio, a Hrs. 16:00, en el Paraninfo Galo Luna de la Universidad Nacional Siglo XX (Llallagua).

martes, 9 de junio de 2015


ALICIA EN EL PAÍS DE LA FOTOGRAFÍA

Ésta es la fotografía de Alicia Pleasance Liddell, la segunda hija del rector de la Christ Church College de Oxford, donde Lewis Carroll ejerció la cátedra de matemáticas y lógica, a poco de haber cursado estudios de teología y ciencias exactas en una de las instituciones más prestigiosas de Inglaterra.

La fotografía, que revela a Alicia disfrazada de niña mendiga, fue tomada hacia 1860, época en la cual nuestro afamado escritor, cuyo verdadero nombre era Charles Lutwidge Dodgson (1832-1898), dio muestras de poseer una inteligencia capaz de romper con la lógica formal y penetrar en el mundo fantástico de la imaginación infantil, donde él mismo se sentía como un niño grande y juguetón, cargado de una cámara fotográfica que le permitía trabajar en condiciones análogas a la de los pintores, no sólo porque empleaba trípodes para fijar las imágenes, sino también porque jugaba con la luz y la sombra en procura de atrapar la imagen en su punto más preciso.

De la serie de fotografías de niñas que hizo Lewis Carroll, probablemente ésta sea la más sugerente, la que mejor nos acerca a la protagonista principal de sus cuentos, pues nos muestra a una Alicia modelo, posando ante la cámara que la registra entera, con el pie izquierdo apoyado en la tapia y enseñando un objeto esférico en el cuenco de la mano. La niña está apoyada contra la pared ligeramente desconchada y en medio de las trepadoras habidas en el patio de la casa donde vivía la familia Lideell.  Alicia, al igual que los niños mendigos en las novelas de Charles Dickens, lleva un vestido precipitándose en jirones, mientras las hilachas se le desparraman a la altura de las rodillas. No obstante, a pesar de su aspecto de niña pobre, luce los ojos serenos y transparentes, cuya mirada dulce irradia un aura de inocencia sobre su rostro angelical.

¿Qué pensaría Lewis Carroll? ¿Qué Alicia era un personaje arrancado del mundo de la ficción o la abstracción onírica de un amor platónico? Nunca se llegará a saber, salvo el hecho de que este matemático de espíritu infantil, que mostró el asedio tenaz de su rigurosa sobriedad intelectual, es el autor de dos de los libros más famosos de la literatura universal.

Los biógrafos cuentan que este pastor anglicano, solterón y retraído, tenía una profunda sensibilidad humana y un gran interés por los niños y niñas, quienes lo aceptaban como un compañero más en el laberinto de sus juegos, a condición de que les encantara con sus cuentos de Nuncanunca, mientras trazaba extrañas figuras sobre el papel, a modo de ilustrar las ocurrencias de su fantasía; un talento de cuentista y dibujante que se plasmó definitivamente aquella tarde soleada y gloriosa -según los meteorólogos fría y lluviosa-, de un 4 de julio de 1862, en que salió a dar un paseo en barca por el río Támesis, desde Oxford hasta Goldstow, en compañía de Alicia Liddell y las dos hermanas de ésta. Fue entonces, en un Londres de aire húmedo y cielo gris, cuando nació el cuento de Alicia en el país de las maravillas, como nacen las obras maestras tras una larga meditación

Recuerde el lector que todo comienza cuando Alicia, según la representación onírica de Lewis Carroll, está a punto de quedarse dormida bajo la copa de un árbol. De súbito, oye una voz: ¡Oh, señor, va a llegar tarde! Alicia abre los ojos y divisa a un conejo blanco llevando un reloj con leontina en el chaleco, guantes de cabritilla en una mano y un abanico en la otra. Alicia, quien jamás ha visto un conejo que habla y viste como la gente, lo sigue hasta una madriguera, donde ella se hunde bruscamente sobre un montón de ramas y hojas secas; claro está, la madriguera está hecha de magia y fantasía, porque mientras Alicia bebe el contenido de una botella, que lleva una etiqueta con la palabra: bébeme, decrece tanto que siente apagarse como una vela. Cuando come un pastel, cuya etiqueta dice: cómeme,  crece con desmesura y siente que el cuello se le alarga como el mayor telescopio del mundo.

Así se suceden las aventuras en el país de las maravillas, sin que Alicia esté impresionada por las relaciones extrañas que mantienen los animales, las plantas y las cosas, hasta que por fin sale del sueño para meterse en otro a través del espejo. Es aquí, en el país del espejo, donde Alicia hace de reina encantada, queriendo cruzar los escaques de un gigante tablero de ajedrez, donde aparece el caballero blanco, montado sobre un corcel ataviado con arreos de guerra, dispuesto a defenderla de las amenazas del caballero rojo, quien quiere hacerla prisionera. Pero como el caballero blanco, que representa a Lewis Carroll, no está resignado a perder a su reina, se enfrenta al caballero rojo en un feroz combate, hasta que Alicia, en medio del relincho de los caballos y el choque estridente de las lanzas y armaduras de hierro, celebra la victoria del caballero blanco, quien le salva la vida y la hace su reina por el resto de sus días.

Lewis Carroll descarga su tensión en el mundo de los sueños y juega con las dimensiones de sus figuras, inspirado en sus conocimientos de matemáticas y lógica formal. Otro elemento lúdico manejado con maestría es el lenguaje, un lenguaje que relativiza hasta los aspectos más sólidos de la realidad, que se escamotea por medio de sinónimos, homónimos, seudónimos, curiosidades y paradojas científicas, un juego lingüístico que lo sitúa entre los precursores del dadaísmo y el surrealismo. A pesar de todo, el gran valor de Lewis Carroll estriba en que no escribió manuales de historia ni zoología, sino libros que recrean la imaginación de los niños, sobre la base de un mundo ficticio donde se confunden la realidad y la fantasía.

Lewis Carroll fue el artista de la palabra, del dibujo y la fotografía, en tanto Alicia, la hermosa y tierna Alicia, fue la musa que lo inspiró. Sin ella, probablemente sin esta niña en blanco y negro, nunca hubiésemos tenido la oportunidad de conocer esas magníficas obras tituladas: Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo, dos joyas literarias que se destilaron en la mente de quien, además de dominar las leyes abstractas de las matemáticas, el álgebra y la geometría, sabía encandilar la fantasía de los niños con cuentos que sólo él podía inventar a las mil maravillas.

Hasta aquí todo parece estar revelado, excepto el misterio que encierra esta imagen captada en el país de la fotografía.

lunes, 1 de junio de 2015


EL ACHACHI MORENO

La presencia africana en Bolivia ha fortalecido, desde los albores de la colonia, la identidad cultural de la nación andina y, en consecuencia, el rico acervo folklórico que hoy encuentra su mayor expresión a través de la danza de los negritos, tundiquis y morenos, cuyos ritmos y coreografías impresionan a propios y extraños.

El Achachi Moreno, aparte de personificar al caporal negro en la mita y encomienda, luce uno de los trajes más espectaculares del fastuoso Carnaval de Oruro, declarado por la Unesco Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad, y en la festividad del Señor del Gran Poder.

La danza de la morenada, basada en el ritmo monótono producido por las matracas, trasunta la penosa marcha de los esclavos encadenados que, una vez capturados y vendidos por los negreros, fueron introducidos en la explotación de los yacimientos de plata en Potosí, donde fueron flagelados tanto por el frío del altiplano como por el látigo de los caporales, que en el Carnaval son representados por otra de las fraternidades cuya danza, mediante saltos, desplazamientos ligeros y haciendo chasquear el látigo en el aire, simboliza la capacidad de mando y control que los caporales tenían sobre los esclavos negros.

El Achachi Moreno, casi siempre a la cabeza de la tropa, avanza a paso lento pero seguro, secundado por un grupo de morenos y chinas morenas que, contorsionando el cuerpo al compás de las matracas de maderas y quirquinchos, exhiben llamativas polleras de gró, vaporosas blusas, botas bordadas y sombreros bombines adornados con plumas de aves tropicales. Las chinas morenas, que no representan necesariamente el doloroso tránsito de los esclavos encadenados, reviven la leyenda oral sobre las hazañas de la negra María Antonieta, quien, a tiempo de rebelarse contra el poder del amo europeo, se valió de su belleza y sus encantos en procura de seducir al caporal, su amante forzoso, y liberar a los esclavos de su condición infrahumana.

Las piezas del traje de la morenada se diferencian de acuerdo a la jerarquía de cada danzante dentro de la tropa. Los vasallos llevan botas de caña alta, un saco como tonelete y un pollerón de tres secciones cónicas, hechos con hilos de Milán y filigranas de plata, al igual que los puños y las hombreras. El Rey Moreno, moviéndose entre quienes lo admiran y le rinden honores, se distingue por la corona y la capa, cuyas hombreras están bordadas con hilo brilloso, pedrería, lentejuelas y perlitas, y los bordes adornados con cristales en racimos. Los motivos decorativos de su traje representan animales fabulosos: dragones, serpientes, lagartos, cóndores y otras alimañas propias de la inventiva de los bordadores que, por su dedicación y experiencia,  han convertido su oficio de artesanos en un arte entre las artes.

El Achachi Moreno, cuyo caparazón termina en una cola de saurio, es el único que lleva una máscara de dimensiones mayores, un cetro y un látigo en las manos, como símbolos de mando y autoridad. No en vano sus parciales le llaman intocable. La máscara del Achachi Moreno, sobreponiéndose a la contextura del cuerpo con una apariencia de monstruo infernal, representa los rasgos exagerados de la raza negra; una característica propia de la máscara del moreno: ojos saltones, labios gruesos, lengua colgante, peluca encarrujada y cachimba entre los dientes blancos y apretados.

La máscara del Achachi Moreno, por su forma y tamaño, refleja, de manera consciente o inconsciente, la personalidad del danzante, debido a que la máscara no sólo oculta el verdadero rostro de quien la usa, y a través de la cual adquiere una personalidad diferente, sino también la revela con todas las connotaciones sociales y económicas de su rango, pues la máscara simboliza lo que somos o creemos que somos. Así, en el Achachi Moreno se funden la máscara y el rostro en una correlación recíproca, dejando al descubierto la posición socioeconómica del danzante.

El traje del Achachi Moreno, bordado con filigranas que simbolizan las riquezas minerales, además de ser la plasmación mítica del imaginario popular, es una de las joyas del folklore boliviano, donde la mezcla entre la tradición cristiana y el paganismo ancestral han dado origen a un sincretismo religioso que, en opinión de los especialistas, es la mejor expresión del llamado realismo mágico en el continente americano.

Cómo no admirar este producto de la fantasía popular, capaz de distorsionar la figura humana y elevarla a un nivel surrealista; cómo no admirar estos trajes hechos con un sinnúmero de materiales que, una vez modelados con paciencia y buen gusto, se transforman en verdaderas obras de arte, dignas de ser expuestas en cualquier galería del mundo. Es cuestión de mirar el alucinante traje del Achachi Moreno para comprender que el grotesco social de una cultura, donde confluyen los diversos modos de contemplar la realidad, es algo tan vivo como la existencia misma del ser humano.

jueves, 21 de mayo de 2015


LA DRAMÁTICA HISTORIA DE LOS AFROBOLIVIANOS

Con los conquistadores arribaron los primeros esclavos negros al llamado Nuevo Mundo. Los jinetes de Francisco Pizarro llevaban en la grupa del caballo a indios de Nicaragua y a un negro de Guinea, cuya piel oscura dejó perplejos a los súbditos del Inca Atahuallpa, como las armaduras de hierro y el estampido de los arcabuces. Cuando el negro se apeó del caballo, los indios le invitaron a lavarse creyéndolo pintado. Y mientras los conquistadores les explicaban que, por donación del santo Papa, esas tierras pertenecían ya a los reyes de Castilla, a quienes debían prestarles acatamiento y vasallaje, los indios constataron que el negro no perdía su color ni refregándose en el río. Entonces, estupefactos como estaban, pensaron que allende los mares no sólo existían hombres de caras blancas y luengas barbas, sino también hombres de pelos rizados y piel oscura como el ébano, sin sospechar que ellos -los nativos- y los negros serían los esclavos del nuevo sistema colonial.

Se dice que el Inca Huayna Cápac, años antes de consumarse la conquista, escuchó hablar del Sumaj Orq’o (Cerro Hermoso), donde estaba el preciado metal que ellos usaban para adorar a sus dioses y adornar sus cuerpos. El Inca ordenó clavar los pedernales para extraer los filones de plata y el cerro se estremeció en un ¡Potojsi! (Explosión), y de sus entrañas se alzó una voz cavernosa anunciando en lengua quechua: ¡Kay hunuqnita pallan karumanta jamuytanapaq! (Esta riqueza está reservada para los que vendrán del más allá).

Los súbditos del Inca huyeron en desbandada, hasta que en 1545, el indio Diego Huallpa, quien buscaba a su llama fugitiva en las laderas del cerro, hizo una fogata para pasar la noche y ahuyentar el frío. El fuego fundió el metal y, ante la lumbre menguante de las llamas, el indio vio brotar las hebras de plata, blancas como el resplandor de la luna. Los conquistadores, anoticiados del mayor hallazgo de todos los tiempos, acudieron en caravanas desde los más lejanos confines, unos a pie y otros a caballo.

Al cabo de un tiempo, en aquel cerro admirado por Don Quijote, se abrieron socavones, se levantaron casas y templos. La urbe creció tanto que, según un censo de 1573, Potosí tenía más habitantes que Madrid, Roma y París. Los conquistadores llenaron las alforjas de plata y, no sabiendo cómo derrochar su fortuna, mandaron a comprar vinos de España, marfiles de la India, sedas de Francia, porcelanas de China, medias de Nápoles, sombreros de Londres, alfombras de Persia, perfumes de Arabia y, junto a todo este cargamento, las prostitutas más caras del mundo y los esclavos que vendían los negreros en las costas del continente africano.

La corona española, al constatar que el dramático descenso de la población indígena se debía no sólo a las guerras de conquista y las enfermedades importadas del Viejo Mundo, sino también a los vejámenes y trabajos forzados, mandó a comprar esclavos negros en los puertos de las Antillas, con el fin de preservar el monopolio comercial de sus colonias y reemplazar la fuerza de trabajo de los mitayos, quienes morían por montones en el laboreo de la mina.


De la colonia a la república

La colonia, que fue un sistema social basado en la servidumbre y la esclavitud, convirtió a Potosí en Villa Imperial y a los esclavos negros en bestias de carga. Nadie se opuso a la esclavitud de los negros, ni siquiera fray Bartolomé de las Casas, quien, a pesar de abogar a favor de los indígenas con la Biblia en la mano, se olvidó, en una suerte de extraño racismo teológico, que los negros tenían también alma y eran iguales ante Dios, aunque el origen del racismo contra el negro no se debió a la pigmentación de su piel, sino a un fenómeno de orden económico y, según algunos cronistas de la época, a la baratura y superioridad de su fuerza de trabajo.

Los colonizadores ingleses y portugueses, creyendo que la fuerza física de un negro equivalía a la de cuatro indios, organizaron compañías dedicadas exclusivamente a la trata de esclavos negros. Sabían que esta carnicería humana, respaldada por las monarquías europeas y el Papa, daba tantos beneficios como los yacimientos de oro y plata. Así, desde 1510 a 1791 -año en que fue abolida la trata de esclavos-, fueron millones los africanos raptados de sus tierras, desarraigados de sus culturas ancestrales y transportados como suministro de fuerza de trabajo a las tierras que los conquistadores expropiaron a los habitantes del Nuevo Mundo.

De los negros que sobrevivieron a la travesía por alta mar, encadenados como animales salvajes, marcados por el candente hierro y el látigo de mando, los más robustos fueron destinados a Potosí; y de allí, tras largos años de haber trabajado en las minas, sufriendo la peor vejación del colonialismo occidental, se desplazaron hacia la región subtropical de los Yungas, donde aprendieron a convivir en armonía con la dadivosa y protectora Pachamama.

Durante las guerras de la independencia latinoamericana, el libertador Simón Bolívar proclamó la lucha contra la esclavitud y promulgó un decretó que concedía la libertad a los negros. Empero, en un país como Bolivia, gobernado desde las luchas independentistas por criollos y mestizos, los indios y negros siguieron siendo los sectores más excluidos de la sociedad.

La Bolivia negra, por otro lado, no está registrada en los libros oficiales de historia, cuyos textos obligatorios en escuelas, colegios y universidades, cuentan sólo la versión de los vencedores, mutilando así los capítulos correspondientes al menosprecio y la esclavitud de los negros. De ellos se sabe poco, y lo poco que se sabe es por medio de algunas fraternidades folklóricas del Carnaval, donde los mestizos se disfrazan de morenos, arrastrando sus pesados trajes al ritmo de las matracas y enseñando la lengua colgante de las máscaras, que simbolizan la ironía y la explotación despiadada a la que fueron sometidos durante la colonia.

Los negros, de hecho más desfavorecidos que los indígenas, han sufrido la mayor discriminación social y racial, y han sido condenados a sobrevivir en una especie de apartheid boliviano; es más, hasta antes del triunfo de la revolución nacionalista de 1952, los negros y los indios no podían ingresar a lugares públicos ni caminar por los barrios residenciales de las grandes urbes, como si los banquetes de la vida hubiese estado reservados sólo para las minorías blancas y mestizas.


El apartheid al estilo boliviano

Durante siglos, la población afroboliviana vivió una suerte de apartheid. No tenía carta de identidad ni figuraba en los censos de población, como si su existencia hubiese sido ajena a la vida nacional, aunque ya el 25 de septiembre de 1840 fue suscrito el tratado de Bolivia con Gran Bretaña, en el que se acordó la abolición del comercio de esclavos. Asimismo, según una Ley del 11 de noviembre de 1844 se dispuso que los que por mar o tierra los introdujeran en Bolivia o los extrajeran de ella para su venta, serán condenados como piratas a diez años de presidio, sin perjuicio de las demás penas impuestas por el trabajo. Otro tanto hizo la revolución nacionalista de 1952, que les concedió el derecho a tener voz y voto, a elegir y ser elegidos; un derecho que pocos ejercieron hasta la constitución del Estado Plurinacional de Bolivia, que incluyó recién en el siglo XXI a asambleístas negros en las cúpulas de gobierno.

Baste echar un vistazo al pasado para darnos cuenta de que los afrobolivianos, a quienes casi nunca se los mencionó en los discursos oficiales de los demagogos de turno, son partes de la historia de un continente donde los conquistadores, armados de cruces, caballos y cañones, impusieron su voluntad a sangre y fuego. Los territorios recién conquistados pasaban a ser propiedad de la corona española y los negros fueron llevados a los yacimientos argentíferos de Potosí, para que ejecutaran los trabajos forzados en el interior de la mina, donde fueron reducidos a simples bestias de carga por la insaciable codicia y el carácter sanguinario de los colonizadores.

Desde entonces ha transcurrido mucho tiempo para que los negros, que no se acostumbraron al frígido clima del altiplano, se trasladaran a las regiones subtropicales del país, donde se establecieron como agricultores, sin haber olvidado su dramática historia ni su pasado. Por eso mismo, no está lejos el día en que aparezca un Alex Haley entre los negros aymaras y escriba, sin intermediarios ni voces prestadas, un libro sorprendente y maravilloso como Raíces, en cuyas páginas se denuncia el violento atropello del que fueron víctimas tanto en sus tierras de origen como en las tierras del llamado Nuevo Mundo.

La supuesta superioridad del hombre blanco ha sido uno de los motivos que provocó el menosprecio contra la raza negra, un prejuicio que, acéptese o no, se mantiene vivo hasta nuestros días. No es casual que el libro The Bell Curve (La curva en campana, 1994), escrito por los profesores angloamericanos Richard J. Herrnstein y Charles Murray, plantee la tesis reaccionaria de que los negros, genéticamente, son menos inteligentes que los blancos. 

Por otro lado, el libro plantea la tesis de que en la sociedad norteamericana se ha desarrollado un sistema jerárquico de castas, en cuya cúspide se encuentran los blancos por tener un coeficiente de inteligencia superior al de los negros, que conforman la base de la pirámide social. Por cuanto este libro, difundido masivamente en EE.UU y otros países de Oriente y Occidente, y que refleja la desaforada mentalidad del apartheid, ha vuelto a desempolvar las viejas teorías sobre la biología racial y el social darwinismo, para explicar que los negros y pobres están como están por herencia genética.

Si bien es cierto que la esclavitud fue abolida en América en el siglo XIX, es cierto también que la sociedad blancoide y criolla no aceptó la igualdad de derechos de los negros; por el contrario, creó un sistema político de apartheid, como en Rhodesia, Namibia o Sudáfrica, donde hasta finales del siglo XX se prohibió los matrimonios interraciales y se promovió el desarrollo separado de las diferentes razas, bajo la dirección tutelar de los blancos, considerados étnicamente superiores a los negros.


Una reflexión necesaria

Desde que sentí la discriminación racial en carne propia y dejé de creer en la historia oficial de los vencedores, me resistí a compartir el racismo existente en el país, donde la mayoría de los indios y negros no compartían la mesa del patrón ni formaban parte de las esferas de gobierno.

Los afrobolivianos, por mucho que no sepan precisar si sus antepasados fueron traídos de Senegal o de otras costas del oeste africano, siguieron conservando la tradición de coronar a su rey en la comunidad campesina de Mururata, donde se venera a los descendientes de ese rey negro que, encadenado de pies y manos, murió durante la colonia. El último descendiente de esa casta de sangre real es Julio Pinedo, quien, al cumplirse los 500 Años de Resistencia Indígena, Negra y Popular, en octubre de 1992, fue coronado en una ceremonia especial, donde estuvieron presentes los negros, los indios aymaras y los zambos (hijos de india y negro).

Sin embargo, lo patético de esta realidad es que, mientras los afrobolivianos vienen coronando a sus reyes desde 1932, la mayoría de los niños bolivianos, que aprendimos a conocer África a través de las historietas de Tarzán, no veíamos en las calles a más negros que a los mestizos, de caras pintadas con betún y disfrazados con vistosos atuendos, bailando de tundiquis y negritos en el Carnaval.

Cuando los niños veíamos en la calle a un negro de verdad, nos pellizcábamos el brazo y gritábamos al unísono: ¡Suerte para mí! ¡Suerte para mí!... En cambio algunos, que confundían el exotismo con el racismo y veían a un negro en sus sueños, se despertaban espantados y, restregándose los ojos, exclamaban: ¡Enfermedad! ¡Enfermedad!...”.

La ignorancia sobre la historia y situación de los afrobolivianos dio lugar a la creación de mitos y supersticiones en torno a sus supuestos poderes mágicos; cuando en realidad, los negros no cargaban suerte alguna ni daban suerte a nadie, ni siquiera a ellos mismos, que habían soportado tanta infamia y discriminación desde que sus antepasados fueron atrapados en sus tierras de origen y vendidos por los negreros a los dueños de minas y plantaciones del Nuevo Mundo, donde los niños criollos y mestizos reproducíamos en nuestros juegos las historietas de Tarzán y las películas de cowboys; en el que nadie quería hacer el rol de negro ni de indio, porque encarnar a estos personajes implicaba morir desollado o con un tiro entre los ojos, a diferencia de Tarzán y del cowboy que siempre resultaban ser los héroes en la batalla, como si sus vidas estuvieran garantizadas por mandato divino.

A medida que fui creciendo, comprendí que el negro no sólo simbolizaba la suerte, sino también la mala suerte y la enfermedad. De modo que en una conversación coloquial, no era extraño que alguien dijera: pasarlas negra o tener la suerte negra, en lugar de decir: me encuentro en una situación difícil o tengo mala suerte. Pero la frase que más me golpeó, como convocándome a una reflexión necesaria, fue la que escuché en boca de una de mis profesoras, quien, a tiempo de enseñarnos la fotografía de un negro, dijo: Este hombre tiene el color de sufrido. Desde entonces no he dejado de pensar en que estas expresiones de desprecio, que los criollos y mestizos utilizan para referirse despectivamente a una persona de tez negra, traslucen una clara discriminación racial.

Ahora entiendo mejor el porqué mi tía, una señora presumida y acomplejada de su ascendencia mestiza, me aplicaba las cremas protectoras en la cara y me ponía un gorro de visera ancha. Claro que no era para cubrirme la piel del abrasante sol de la meseta andina, sino para evitar que los vecinos me confundieran con los niños de color sufrido. Por suerte, a mi tía no se le ocurrió la idea de blanquearme la piel a la fuerza, como a ese negrito del cuento que murió de pulmonía de tanto que su ama, de raza blanca, lo refregaba en leche fría.

Con el transcurso del tiempo, y gracias a los sermones de un cura tercermundista, mi tía se fue liberando de sus prejuicios raciales y empezó a entender que el hombre negro no era un castigo divino, ni un ser llegado de las catacumbas del infierno, sino un individuo como cualquier otro, con los mismos derechos y las mismas responsabilidades. Aprendió también a rescatar los valores culturales de ese continente que tanto aportó a la cultura universal; empezó a gustar del jazz, esa música que tiene su origen en los ritmos africanos, y empezó a leer las poesías de Nicolás Guillén y las novelas de Nadime Gordimer, cuyos textos están inspirados en los mitos, leyendas y relatos que los africanos conservaron en la memoria colectiva y la tradición oral. Mi tía cambió tanto que, además de llamarme Negrito con cariño, acabó reconociendo que la madre del género humano era negra y vivió en África, allí donde se encuentran las raíces del árbol genealógico de la humanidad.

Si bien es cierto que mi tía se liberó de sus prejuicios y los afrobolivianos gozan de mayores derechos y libertad que durante la colonia, es también cierto que algunos sectores de la sociedad, constituidos por los estamentos más conservadores de la clase dominante, continúan manifestando conceptos peyorativos contra el negro.

El hecho de agitar las banderas de la biología racial y el socialdarwinismo, y plantear la tesis reaccionaria de que los blancos, genéticamente, son superiores a los negros, y que debido a su inteligencia ocupan los puestos de preferencia en la cúspide de la pirámide social, es una forma de afirmar que los negros son brutos y pobres por herencia genética; una mentira universal que rechazo enérgicamente, ya que ni la pobreza, ni la discriminación racial, ni la división de la sociedad en clases, corresponden a un orden natural de las cosas, sino a factores históricos y económicos que determinaron que lo blanco esté arriba y lo negro esté abajo.

En América Latina, desde la época de la colonia, los negros e indios se han sentido socialmente marginados por los criollos (blancos nacidos en América), que siempre gozaron de ventajas sociales y económicas. Ellos acapararon gran parte de la propiedad de las tierras y constituyeron la clase dominante, alegando que el color de la piel no sólo era importante como el apellido, sino que también determinaba el estatus social y económico de un individuo de raza superior.

En lo que a mí respecta, una vez más, me resisto a compartir la opinión de quienes creen todavía en la supremacía del hombre blanco, sobre todo, cuando sé que Europa y América tienen una enorme deuda con África, con esa cultura que tanto aportó al patrimonio espiritual y material de la humanidad.