miércoles, 23 de abril de 2014



EL SEGUNDO ALTAR EN LA CURVA DEL DIABLO

De un tiempo a esta parte, atraído como siempre por las creencias y leyendas urbanas, me di una vuelta por el nuevo altar en la Curva del Diablo, que desde hace más de un año se encuentra enfrente del primero. Es cuestión de cruzar la carretera de la Autopista para internarse en una zona boscosa, por donde pasa un pequeño río, y dar con el tabernáculo de adoración a Satanás, que tiene una altura de aproximadamente dos metros y una estructura parecida a una cueva.

Lo cierto es que una vez que el primer altar en la Curva del Diablo fue destruido con una excavadora por órdenes de la municipalidad de La Paz, arguyendo que allí se realizaban conjuros de brujería y ritos satánicos, los fieles adoradores del príncipe de las tinieblas no demoraron en trasladar sus ofrendas a este sitio montañoso de la misma zona, donde prosiguieron con las ch’allas y las k’oas en honor del diablo que, según la visión de sus devotos, no sólo representa a las fuerzas del Mal, sino también a los espíritus del Bien.

Alrededor del pedregoso altar, que no presenta la imagen tallada de un diablo en roca como en la de enfrente, están esparcidas cenizas de fogatas, restos de velas blancas, negra y verdes, hojas de coca, botellas plásticas de alcohol, latas de cerveza, colillas de cigarrillos, masitas dulces, mixtura y, para completar el escenario, una botella de vino tinto, en cuya etiqueta se lee: Vino para ch’allar a la Pachamama.

Otras pruebas de que aquí se realizan ofrendas y rituales, casi siempre después del ocaso, preferentemente los días martes y viernes, son los olores a coca, alcohol e incienso, que parecen haberse perpetuado al pie del nuevo altar, donde se encuentran pedazos de ropas quemadas, debido a que no faltan personas que, cargadas de bateas y baldes con agua, lavan las prendas de sus difuntos y las queman al amparo de la noche.

Para algunos, el diablo que apareció en esta zona, desde antes de que se asfaltara la Autopista, tiene las mismas características que el Tío de la mina, quien exige tributos tanto para él como para la Pachamama. En cambio para otros, estos altares en la Curva del Diablo sólo sirven para practicar rituales satánicos y ejecutar sortilegios de brujería; más todavía, no pocos piensan que las personas que ostentan poder económico, y que lo demuestran a través de suntuosas joyas y autos de lujo aparcados a un costado de la carretera, vendieron su alma al diablo a cambio de riquezas.

Las personas que transitan por la Autopista, cerca del altar y a cualquier hora del día, cuentan que no es raro ver a gente rezándole al diablo, como suplicándole que los ayude en los negocios, la vida personal y profesional. Entre sus fieles se encuentran los comerciantes y transportistas, quienes, debido a los accidentes que se registraron a la altura de la Curva del Diablo, acuden a pedirle protección, convencidos de que los accidentes no se deben a fallas técnicas ni humanas, sino a los enojos del diablo, quien suele castigar de manera cruel a los que reúsan entregarle ofrendas para saciar su sed y su hambre.

Por eso le rendimos culto, porque es como un dios que nos ampara de los peligros y evita que muera mucha gente, declaró un chófer que, pijchando hojas de coca y rociando aguardiente alrededor del altar, no dudaba en que el diablo tenía poderes sobrenaturales y que sus vibraciones se sentían a varios metros a la redonda. Luego añadió: Él fue también en su época un ángel bello y poderoso, y sólo porque quiso ser más que Dios, lo condenaron al infierno y lo mandaron para abajo.

Está claro que en este lugar se dan cita personas de distintas condiciones sociales, desde los profesionales de vida convencional hasta los cogoteros más avezados. Asimismo, es un nido de alcohólicos, prostitutas y delincuentes del más diverso calibre, acostumbrados a cometer robos a mano armada y a plena luz del día. No en vano la policía recibe denuncias de personas que fueron asaltadas por los maleantes de caras cubiertas con pasamontañas y armados con pistolas, cuchillos y machetes.


La Curva del Diablo es también frecuentada por individuos que, cada primer viernes del mes, sacrifican animales en un ritual supuestamente satánico. Se trata en su generalidad de adolescentes que, ataviados de negro y portando amuletos que simbolizan los poderes de Satanás, celebran una suerte de misas negras, más con fines de entretenimiento y rebeldía, que por una convicción relacionada con los verdaderos ritos que emulan o parodian a la misa cristiana.

En las ceremonias esotéricas, de acuerdo a los testigos, se invierten todos los signos cristianos por signos satánicos y, en lugar de consagrar el pan y el vino, se consagra la sangre de un animal sacrificado, con la finalidad de reafirmar la naturaleza salvaje del ser humano. En consecuencia, no es casual que en el lugar se adviertan huellas de animales sacrificados en honor de Satanás.

Los adolescentes involucrados en estos actos esotéricos, en los que exhiben el pentagrama invertido, actúan inspirados por las bandas del género musical derivado del Heavy Metal, llamado también Black Metal, cuyos integrantes no sólo se definen como satánicos, sino que interpretan músicas estridentes, acompañadas de textos que exaltan los ideales de rebelión, anarquía, desacato a la autoridad y blasfemias del anticristo.

No se descarta el hecho de que estos adolescentes presenten problemas psicosociales o sean adictos a ciertas sustancias controladas, como el alcohol y las drogas, y que su conducta de apostasía sea el resultado de la marginación social en la que viven. Tampoco se excluye la posibilidad de que algunos de ellos se definan como adoradores de Satanás y que incluso hayan leído la Biblia satánica del ocultista Anton Szvandor Lavey.

De todos modos, el luciferismo, a diferencia del satanismo, puede entenderse más como un sistema de creencias que venera las características esenciales adheridas a Lucifer. Las personas que adoran y rinden pleitesía a Satanás, como a una deidad mitológica contraria a las concepciones religiosas, identifican a Lucifer como el portador más liviano y positivo del satanismo, debido a que Lucifer, en cierta medida, es un personaje que encarna algunos aspectos profundos del subconsciente colectivo.

Sin embargo, cabe remarcar que la mayoría de las personas, en lugar de ver al diablo como a un ente malhechor, lo ven como al Tío de la mina que, siendo dios y diablo a la vez, es un ser protector y benefactor. De ahí que no es casual que los mineros relocalizados, que hoy forman parte de la urbe alteña, conformen un estamento especial en la Curva del Diablo, ya que ellos son quienes más ch’allan y k’oan al pie del altar, pidiendo que el Tío haga realidad sus sueños y deseos.

Quizás por eso una  mujer, entrevistada por la prensa paceña, manifestó que ella asistía a la Curva del Diablo para agradecerle al Tío por los favores que recibió en su vida. Aunque no soy adoradora del Mal –dijo–, vengo con mucha fe ante el Tío, porque él me cumplió muchas cosas. En mi vida han pasado muchas cosas malas, tenía mucha pena y él me ayudó a aliviarla con sus poderes mágicos.

Otro testimonio da cuenta de que el Tío no es malo sino milagroso, que protege a los necesitados, a quienes son víctimas de maldiciones, a quienes padecen de enfermedades terminales o sufren de otros males. A mí me ayudó mucho. Era alcohólico y ahora dejé la bebida gracias a él, confesó un joven alteño, mientras ch’allaba y prendía una vela blanca como retribución por el apoyo y los presuntos favores recibidos.

Las supersticiones, casi siempre contrarias a la fe religiosa y la razón, son inherentes a la mentalidad ecléctica de una gran parte de los habitantes de la ciudad de El Alto, donde se ensamblan las concepciones católicas con las visiones paganas de las culturas ancestrales, que sostienen la creencia de que las deidades del subsuelo, como es el caso del Supay (diablo), no sólo tiene atributos de maldad, sino también de bondad, exactamente como el Tío de la mina, a quien los trabajadores le rinden pleitesía tributándole hojas de coca, cigarrillos y aguardiente.

A poco de retirarme del lugar, donde la gente se reúne como por arte de hechicería, sólo atiné a pensar en que a las autoridades de la municipalidad no se les ocurra, como en el año de 2011, destruir con una excavadora mecánica este segundo altar, porque los peregrinos a la Curva del Diablo no se darán por vencidos y, en menos de que cante un gallo, construirán un nuevo altar en algún otro sitio de la Autopista que conecta a ciudad de La Paz con El Alto, convencidos de allí donde manda el diablo no manda Dios y mucho menos las autoridades ediles de la sede de gobierno. 

viernes, 18 de abril de 2014

LA REALIDAD SOCIAL EN LA POESÍA
DE ALBERTO GUERRA GUTIÉRREZ

Alberto Guerra Gutiérrez (Oruro, 1930 – 2006). Poeta, investigador cultural y profesor innato. Trabajó de joven en el interior de la mina; vivencia que supo traducirla en una poesía sentida y explosiva, como en Manuel Fernández y el itinerario de la muerte, que es el retrato dramático de un trabajador del subsuelo, quien, tras ser retirado por la empresa minera, acaba sus días en la calle, reventado por la silicosis y el alcohol.

Su legado bibliográfico, en varios géneros literarios, es fecundo y merece un estudio serio. Fundó y dirigió la revista literaria El Duende, que actualmente se edita como suplemento del diario LA PATRIA. Formó parte de la segunda generación del grupo literario Gesta Bárbara. Ejerció como profesor en varios distritos mineros, coordinó proyectos culturales en la Universidad Técnica de Oruro y en la Alcaldía Municipal. Fue miembro de número de la Academia Boliviana de la Lengua y de la Asociación Latinoamericana del Folklore.

Alberto Guerra Gutiérrez, como pocos de los escritores de su generación, fue un incansable animador de las manifestaciones folklóricas en su ciudad natal y un reconocido mentor de los poetas más jóvenes, a quienes los reunía en encuentros literarios y los encaminaba por los senderos de la poesía. Era una persona de trato amable y hablaba siempre con la sinceridad entre las manos. No en vano nos dice en los versos de uno de sus poemas: Mi casa tiene ojos claros/ como el alba/ y una rosa enamorada/ atisbando por rendijas/ de su puerta que es mi propio corazón,/ hecho de maderas dulces y de esperanza. Así era Alberto Guerra Gutiérrez, un poeta que tenía las puertas abiertas de su corazón, dispuesta a dejar pasar a cualquiera que quisiera acercarse a la sensibilidad más honda de este gran tejedor de pasiones, sueños y palabras.

En septiembre de 1991, en ocasión del primer encuentro de poetas y narradores bolivianos realizado en Estocolmo, le pregunté cómo y cuándo empezó su interés por el quehacer poético. Me miró algo sorprendido, aspiró el humo del cigarrillo y contestó: En mi vida tuve dos profesores; uno ha sido Juan Revollo, quien, estando yo en el quinto o sexto curso de primaria, fue el primero en hablarnos de la métrica del verso y de la gramática castellana. Él nos enseñó la composición de las coplas y los versos. A mí me gustaron mucho sus lecciones y escribí, a modo de ejercicio, muchas coplas, que acabaron gustando entre los compañeros de mi clase. Por desgracia, no he tenido el cuidado de conservar estas primeras composiciones. En secundaria, tuve otro gran profesor de lenguaje y literatura, Luis Carranzas Siles, quien, con paciencia y habilidad didáctica, nos introdujo en el estudio de la literatura. De este modo empecé a leer seriamente las obras de los clásicos, como 'Don Quijote' de Cervantes y 'Hamlet' de Shakespeare. No sólo aprendí a memorizar los versos de Bécquer y Espronceda, sino también a estudiarlos, junto a otras obras del modernismo literario que, habiendo nacido en América a principios de siglo XX, volvían de España con voces tan firmes como las de García Lorca y Juan Ramón Jiménez. Ahora bien, estando todavía en el colegio, me reuní con algunos amigos, con Humberto Jaimes, Ricardo Lazzo y Héctor Borda, entre otros, que formaban parte de la segunda generación de Gesta Bárbara, movimiento poético al que yo me incorporé en 1947. Desde entonces, empecé a asumir con seriedad el quehacer poético, pero pensando siempre en poner la poesía al servicio de los oprimidos, tratando de hacer de la poesía 'la voz de los sin voz'. Creíamos que el sector minero estaba demasiado reprimido no sólo social y económicamente, sino también espiritualmente; por eso, tanto Borda Leaño como yo, tratamos de seguir los surcos trazados por Luis Mendizabal, Walter Fernández Calvimontes y otros, y tratamos de hacer una poesía minera, denunciando las atrocidades y las injusticias que se cometían contra este sector.

A varios años de su muerte, la ciudad de Oruro y su Carnaval, Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad, lloran todavía por la partida de este escritor con alma de niño, que supo ganarse el aprecio de sus coterráneos con la humildad y la honestidad que lo caracterizaban. Actualmente, una plaza y una biblioteca llevan su nombre, y esperemos que sean más las instituciones educativas y públicas que estampen el nombre de Alberto Guerra Gutiérrez, como un justo homenaje a una personalidad que, con los versos y la historia de su corazón, lo dio todo por su terruño hecho de mitos, leyendas, folklore y sufrimientos.

Alberto Guerra Gutiérrez, considerado uno de los escritores más importantes de la literatura infantil boliviana, era un niño grande en toda la extensión de la palabra y un poeta que sabía compartir las tristezas de los niños desamparados y las alegrías de quienes gozaban de protección y cariño. En su afán por revelarnos el lado más humano y sensible de su personalidad, elaboró la antología El mundo del niño, junto al escritor Hugo Molina Viaña. No conforme con esto, escribió el poemario Baladas de los niños mineros, un maravilloso libro dedicado al niño trabajador, a ese niño que, en lugar de asistir a la escuela, jugar y gozar de su infancia, se ve obligado a trabajar en los tenebrosos socavones de la mina. Por todo esto, la poesía infantil de Alberto Guerra Gutiérrez es un grito de protesta, pero también un grito de esperanza.

Datos bibliográficos

Poesía: Gotas de Luna (1955); Siete poemas de sangre o la historia de mi corazón (1964); De la muerte nace el hombre (coautor, 1969); Baladas de los niños mineros (1970); Yo y la libertad en exilio (1970); Antología de la poesía del amor (1971); Tiras de poesía Lilial (1978); La tristeza y el vino (1979); Manuel Fernández y el itinerario de la muerte (1982); Hálito que se descarga en pos de la belleza (1989); Égloga elemental y una revelación de íntimo recogimiento (2000); Obra poética (2003). Investigación: Antología del Carnaval de Oruro (3 v., 1970); Guía del investigador de campo en folklore (1970); La picardía en el cancionero popular (1972); Estampas de la tradición de una ciudad (1974); El Tío de la mina (1977); El Carnaval de Oruro a su alcance (1987); Pachamama (1988); Chipaya, un enigmático grupo humano (1990); Folklore boliviano (1990). Antología: Antología de la poesía del amor (1971); La poesía en Oruro (coautor con Edwin Guzmán, 2004). Su obra inédita está siendo cuidadosamente recopilada por su esposa Celia Cuevas de Guerra.

martes, 15 de abril de 2014

LA INSACIABLE CATALINA LA GRANDE

¿Cuán cierto será la especulación de que la emperatriz Catalina II de Rusia murió debido a un ataque al corazón tras hacerse penetrar por un caballo? Esta controvertida pregunta ha tenido varias respuestas, desde las más ingenuas hasta las más morbosas, desde el día en que fue enterrada en San Petersburgo, con gran solemnidad entre los nobles a los que favoreció tanto en la vida pública como privada.

Los biógrafos dan cuenta de que la emperatriz de ascendencia polaca, cuya educación fue impartida por tutores franceses y alemanes influidos por los ideales de la Ilustración, no era una mujer físicamente atractiva pero sí una mujer culta o, como ella misma se definió, una filósofa en el trono. Abandonó el luteranismo impuesto por su padre y se convirtió a la Iglesia Ortodoxa Rusa.  En junio de 1762 fue proclamada emperatriz y consiguió dirigir durante 34 años el destino de una de las naciones más importantes de su época.

Se sabe que sus gustos estéticos se expresaban a través del arte pictórico, la ópera y la literatura. En sus tiempos libres escribió poemas, cuentos, piezas de teatro y compuso óperas. Ejerció un mecenazgo cultural para rescatar a las mentes más lúcidas del ámbito artístico en Rusia. No en vano el Museo del Ermitage de San Petersburgo, que en la actualidad constituye una de las mayores pinacotecas y museos de antigüedades del mundo, comenzó con pinturas y esculturas de su colección privada, en las que invirtió cuantiosas sumas de dinero provenientes de su caja fuerte y de las arcas del Estado.

El arte la apasionaba tanto como el sexo, que mandó a construir una habitación secreta en el palacio, decorada con muebles, cuadros y esculturas que mostraban escenas eróticas y pornográficas, en las que no faltaban, al mejor estilo de las elucubraciones sexuales del Marqués de Sade, violaciones, pedofilia ni zoofilia.

La prensa registró el dato de que durante la Segunda Guerra Mundial, un grupo de soldados soviéticos, que incursionó en uno de los palacios de Tsárskoye Seló, residencia de la familia imperial cerca de San Petersburgo, descubrió una fastuosa habitación repleta de objetos eróticos que eran de propiedad de la emperatriz, cuyas extrañas costumbres sexuales llevó a los historiadores a crear una leyenda que sobrevivió hasta nuestro días.

Los soldados, asombrados por el insólito hallazgo, decidieron tomar fotografías de su interior, más por curiosidad que por dejar un documento gráfico para la posteridad. Por desgracia, algunas de las imágenes se perdieron durante la contienda bélica, pero las pocas que se salvaron del fragor de la guerra fueron suficientes para demostrar que la emperatriz Catalina II tenía en su poder una de las colecciones de arte erótico más importantes del siglo XVIII.


En las fotografías se pueden apreciar paredes decorada con falos de diferentes formas y tamaños, un mobiliario constituido por sillas, escritorios y pantallas que, junto a vulvas y penes tallados en madera, explayaban escenas pornográficas realizadas por algunos de los artistas rusos que gozaban de la confianza de Catalina La Grande, un sobrenombre tan grande como los consoladores gigantes que se encontraron en la habitación privadas de la soberana.

Catalina La Grande, en su larga historia amorosa, contrajo nupcias con el duque Pedro, a los 16 años de edad, pero su matrimonio fue un fracasó desde el primer día, debido a la inmadurez e impotencia de su marido, al que sustituyó en su fragorosa vida sexual con Sergéi Saltykov, Charles Hanbury Williams y Estanislao II Poniatowski, sin contar a sus numerosos amantes y cortesanos, muchos de los cuales se aprovecharon no sólo de su cuerpo y su gloria, sino también del poder político que heredó de su esposo Pedro III, quien, seis meses después de haber accedido al trono y haber sido proclamado zar, fue depuesto y asesinado por una fracción liderada por Grigori Orlov, quien fue también uno de los tantos amantes de Catalina.

La emperatriz, que tenía una libido insaciable y poco común entre las mujeres de la corte, prefería mantener relaciones sexuales con sus amantes más jóvenes, como fueron Aleksandr Dmítriev-Mamónov y el príncipe Zúbov, 40 años menor que ella. Sin embargo, como ningún hombre podía satisfacer sus deseos ardientes, hasta dejarla caer rendida en la cama como a una guerrera exhausta en el campo de batalla, inclinó sus sentimientos de atracción erótica hacia los caballos, cuya principal virtud, que los diferencia de los hombres, es el grosor y la longitud de su quinta pata.

¿Cómo pudo haber surgido en su vida sexual este deseo de zoofilia? Es cuestión de imaginar que todo pudo haber comenzado en uno de los corredores de su caballeriza, donde contempló a un caballo que, haciendo gala de su considerable alzada e impresionante musculatura, penetraba su robusta erección entre las grupas de una yegua en celo.

Lo más probable es que Catalina sintió una irresistible excitación al ver cómo el animal cortejaba a la yegua, levantando sus cascos del suelo y dando coces en el aire, y cómo, momentos previos a la monta, acariciaba con su hocico el cuello de la yegua, mordisqueándole la crin y frotándose contra ella; poco después, cómo la yegua, excitada por las bruscas caricias del semental y en una actitud de sumisión total, apartaba la cola hacia un costado y, separando sus patas posteriores, entregaba la concavidad de su grupa para que el semental pudiera acceder a su interior y descargar un torrente de semen que, no cabe duda, dejó impresionada a la emperatriz de imaginación voluptuosa, a tal extremo que la escena la hizo concebir la perversa idea de aparearse con un caballo.

Catalina La Grande pasó a la historia por expandir y modernizar el imperio ruso durante su reinado, pero también por su condición de soberana con aires despóticos. Aunque afianzaba la tolerancia religiosa y proclamaba su amor por los ideales de libertad e igualdad, que se propagaron como reguero de pólvora en Europa, no dudaba en censurar las publicaciones que no eran de su agrado y en exiliar a sus opositores políticos.

A veces, para fortalecer su posición en el trono, además de usar su inteligencia, ponía en juego sus armas de mujer, con el fin de asegurar la lealtad de sus colaboradores, los mismos que, sacrificando su castidad en el altar de la política, eran sus consejeros y amantes a la vez.

Durante su reinado sometió a la Iglesia Ortodoxa al Estado, mejoró la sanidad y fomentó la educación con la creación de escuelas y academias para los hijos de la nobleza, basadas en las ideas filosóficas del pensador inglés Jhon Locke, a quien lo consideraba el padre del empirismo y liberalismo modernos. Tampoco es desconocida su amistad con el enciclopedista francés Denis Diderot y con el filósofo Voltaire, con quien mantuvo una larga relación epistolar, al igual que con varios de los philosuhes de la Ilustración europea, cuyas teorías fundamentales abogaban por el poder de la razón, la ciencia y el respeto hacia la humanidad. 

Cuando Catalina La Grande falleció el 17 de noviembre de 1796, unos dijeron que su muerte se produjo tras sufrir una fulminante apoplejía cuando se disponía a tomar un baño, mientras otros aseveraron que cayó en su alcoba a poco de sentir el fuerte impacto de un ataque al corazón. Sin embargo, los más fantasiosos, haciendo alusión a su imagen de mujer promiscua, contaron que falleció por un desgarro y perforación en el colon, al ser penetrada por un caballo palomino de crin blanca y pelaje brilloso, porque, al fin y al cabo, como reza el dicho popular: El caballo es siempre grande, ande o no ande.

Con todo, lo único cierto es que Catalina II de Rusia, conocida también como La Grande, se apagó a los 67 años de edad, como corresponde a una emperatriz que tuvo una vida apasionante y un insaciable apetito sexual que, contra viento y marea, cumplió con la ley científica de que los humanos estamos programados genéticamente para ser polígamos y no monógamos como predican los religiosos del más diverso pelaje.

martes, 8 de abril de 2014


EN EL SANTUARIO DEL SOCAVÓN

La primera semana de agosto de 2011, gracias a las gestiones realizadas por Práxides Hidalgo y la Unión de Poetas y Escritores de Oruro, se me invitó a participar en la Primera Jornada Internacional de Lenguaje y Literatura, en la cual debía disertar sobre los alcances del bilingüismo en un país atravesado por culturas y lenguas diversas.

La tarde que llegué a la tierra de los urus, en medio de un frío feroz que calaba hasta los huesos, me dirigí, maleta en mano, hacia el hostal del Santuario de la Virgen del Socavón, donde se me destinó una habitación modesta para pernoctar todas las noches mientras durara el evento en el que, dicho sea de paso, estaba también implicado el Centro Mariano.

En la recepción me atendió amablemente la encargada del hostal,  quien, además de darme la bienvenida con una sonrisa afable, me condujo hasta la habitación ubicada en el corredor del segundo piso. Abrió la puerta, depositó la llave en mi mano y luego desapareció.

En el interior, que más parecía una celda que la habitación de un hostal, habían dos camas flanqueadas por veladores destartalados y un pequeño baño contiguo, con ducha, retrete y lavabo. Era en una habitación de dimensiones escazas, donde no podía acomodar la maleta ni moverme cómodamente, aunque tenía, a modo de compensación, una ventana que daba a la Plaza del Socavón; todo un privilegio para quien quisiera disfrutar del panorama más emblemático de la capital folklórica de Bolivia.

Aunque el frío parecía haberse instalado entre las cuatro paredes de la habitación, como en un refrigerador de antaño, me resigné a pasar la noche abrigado con las frazadas que cubrían las dos camas. Me acosté vestido y pensando en que estaba al lado del Santuario de Nuestra Señora de la Candelaria, más conocida como la Virgen del Socavón, cuyas reminiscencias forman parte de la historia de Oruro desde antes de la fundación oficial de la Villa de San Felipe de Austria.

Sabía que estaba metido en un lugar sagrado, donde todo parecía hecho de milagros y devoción, como las cuatro plagas están hechas de mitos y leyendas rescatadas de la tradición oral. Aquí mismo, desde donde podía contemplarse en otrora el primer caserío correspondiente al actual centro histórico de la ciudad, nació la leyenda del Chiru-Chiru o Nina-Nina, el Robin Hood orureño en cuya cueva horadada en la falda del cerro Pie de Gallo encontraron pintada la imagen sorprendente y maravillosa de la Mamita K’achamoza (Hermosa), quien, venerada por propios y extraños, llegó a constituirse en la patrona y protectora de los mineros desde mediados del siglo XVIII.

Al amanecer, aún soñoliento y con un bostezo de hipopótamo, me senté en el borde de la cama y, a tiempo de asentar mis pies en el piso, toqué un charco de agua helada, que me hizo reaccionar como si una corriente eléctrica me hubiese sacudido entero. Cuando miré en derredor, bajo la clara luz que penetraba por la ventana, me di cuenta que el piso de la habitación estaba anegada por el agua, que no sabía de dónde diablos salió.

Chapoteé como un pato silvestre de un lado a otro y noté que el nivel del agua seguía creciendo a un palmo del piso. Entonces, asaltado por el pánico y la desesperación, busqué la válvula principal para cerrar el suministro y detener la inundación, pero por mucho que busqué y rebusqué, no encontré ninguna válvula ni nada que se parezca. Así que decidí salir a buscar ayuda antes de que el agua encontrara un camino hacia el piso de abajo.

Acudí a la oficia de la encargada del hostal, en la planta baja y a pocos metros de la puerta principal, y le informé que la habitación estaba llenándose de agua. Los dos subimos a trancos por las escaleras enlosadas. Ella se remangó los pantalones hasta las rodillas, se quitó los calzados y nos metimos en la habitación, donde la emanación del agua, no sé por qué revelaciones místicas, se había detenido desde el instante en que salí a pedir ayuda.

–De seguro que hay una cañería rota –le dije preocupado y temblando de frío.

–No –contestó ella, mientras revisaba los aparatos de fontanería y los artefactos del baño. Al poco rato, asombrada por todo lo que ocurría, añadió–: todo está bien; el grifo de la ducha y del lavabo están cerrados, y el inodoro no está atascado, así que no sé de dónde salió tanta agua.

–Y ahora qué hacemos –le dije, con la mirada puesta en las tuberías herrumbrosas del baño.

–Lo mejor será que te demos otra habitación, mientras algún fontanero descubra y arregle el drenaje por donde escapó el agua. Nunca he visto algo parecido. Es la primera vez que se inunda esta habitación que, además, es la más preferida por los turistas gringos que nos visitan durante el Carnaval.

Cogí mi maleta que estaba sobre una de las camas y gané el corredor, donde seguía temblando de frío y, quizás, también de miedo. Dejé mi maleta en la recepción y me fui a meter en un baño sauna, muy cerquita de la Plaza del Folklore, para entrar en calor, asearme el cuerpo y despejar los malos pensamientos que empezaban a cruzar por mi mente.

Cuando retorné al Santuario de la Virgen del Socavón, una reliquia que empezó a construirse como una modesta ermita en el siglo XVI, llevaba todavía el pelo mojado, a pesar del frío reinante en la ciudad, y una sarta de ideas desordenadas como las fichas de un dominó.

Dirigí mis pasos hacia el recinto sagrado que hoy, bajo la custodia de los frailes Siervos de María, cuenta con un establecimiento educacional, un centro médico, una biblioteca, un Museo Sacro y el afamado Museo Etnográfico-Minero, situado en el subsuelo del cerro Pie de Gallo, donde luce la impresionante estatua del Tío de la mina, junto a las maquinarias y herramientas que utilizaban los trabajadores en la explotación de minerales desde la época de la colonia.

En la puerta principal, labrada en robusta madera, me encontré con la encargada del hostal, quien me miró a los ojos, como queriendo penetrar en mi alma, y dijo:

–Ni bien usted salió del hostal, el agua se vació de la habitación como por obra divina.

No le contesté nada, porque no tenía palabras para interpretar este extraño fenómeno que, más que ser una realidad escalofriante, parecía una pesadilla arrancada de los infiernos de Dante. Recogí mi maleta de la recepción y me marché a otro hotel de la ciudad, donde pasé el resto de las noches hasta el día en que se clausuró la Primera Jornada Internacional de Lenguaje y Literatura, que se llevó a cabo en la Casa Municipal de Cultura Javier Echenique Álvarez, cerca de la carretera por donde llegué a Oruro y lejos del Santuario de la Mamita del Socavón.

viernes, 28 de marzo de 2014



LAS PINTURAS REBELDES DE UN MURALISTA BOLIVIANO
Centenario de Miguel Alandia Pantoja (1914 – 2014)

Semblanza del artista

Miguel Alandia Pantoja, considerado uno de los pintores bolivianos más influyentes del siglo XX, nació en Llallagua (Potosí), el 27 de mayo de 1914, y murió durante su exilio en un hospital de Lima (Perú), el 2 de octubre de 1975, tras una larga enfermedad. Ese mismo año sus restos fueron inhumados en la ciudad de La Paz; el cortejo fúnebre partió del local de la Federación de Mineros entre llantos y voces que murmullaban: Alandia sigue vivo. Alandia es inmortal.

Su infancia estuvo marcada por las injusticias sociales y por un ambiente familiar donde se incentivó el amor al arte y la literatura. De ahí que el olor al óleo y a la copagira fueron las sensaciones que más perduraron en su vida. No cursó estudios en academias de bellas artes, pero atesoró un talento innato que lo convirtió en un artista autodidacta, con una vocación creadora que lo llevó a escalar las cumbres más elevadas de la plástica latinoamericana.

A muy temprana edad, por influencias de su padre, tomó conciencia de los antagonismos entre la oligarquía minera y las pujantes organizaciones obreras, y no tardó mucho en asumir una filosofía revolucionaria que más tarde sería uno de los motivos centrales de su obra. Concurrió como recluta a la Guerra del Chaco, donde cayó prisionero y luego huyó al Paraguay; una experiencia que, sin embargo, le sirvió para constatar que la guerra fratricida entre Bolivia y Paraguay fue tramada por dos consorcios imperialistas que se disputaban los yacimientos petrolíferos en las tierras del Chaco Boreal, donde derramaron su sangre los soldados hambrientos y sedientos de ambos países. El pintor, como fiel exponente de su realidad, hizo también que esta amarga vivencia se reflejara de manera consciente en una parte de su producción pictórica.
                   
El artista, a modo de asumir un compromiso más serio con las masas desposeídas, se convirtió en un activo militante del Partido Obrero Revolucionario (P.O.R.) y, durante el sexenio rosquero, fue uno de los fundadores de la Central Obrera Nacional, el antecedente inmediato de la Central Obrera Boliviana (COB). Su estrecho vínculo con las organizaciones obreras lo impulsó a presentarse como candidato a la diputación por la provincia Murillo de La Paz, en la planilla del Bloque Minero en las elecciones de 1947. De modo que Alandia Pantoja no sólo fue un maestro de las artes plásticas, sino también el activista político-sindical, cuyas consecuencias lo llevaron a sufrir la persecución, el destierro y, lo que es peor, la destrucción por parte de las dictaduras militares de varios de sus murales cargados de esperanza y compromiso social.


Vida y obra al servicio de la revolución

Los historiadores de arte no dudan en ubicarlo entre los pintores sociales que, como Gil Imaná, Walter Solón Romero y Lorgio Vaca, surgieron en la plástica boliviana tras el triunfo de la revolución nacionalista de 1952; una generación que, arrastrada por el realismo y la efervescencia revolucionaria, creó obras identificadas plenamente con las aspiraciones populares.

Miguel Alandia Pantoja, consciente de que toda expresión artística debe estar al servicio de las culturas populares y la revolución, no concebía el arte por el arte; al contrario, proclamaba la pintura de tesis, convencido de que era posible fusionar el pensamiento político con la sensibilidad creativa del artista. Por eso mismo, a la hora de definirlo en el contexto de la plástica boliviana, no es extraño considerarlo uno de los principales impulsores del muralismo revolucionario. No en vano él mismo dijo en una de las pocas entrevistas que concedió en vida: El muralismo tomó mitos y leyendas populares y la vida misma de las masas mineras y campesinas en su lucha contra la vieja oligarquía minera terrateniente y mercantil, para expresar en un lenguaje plástico, remozado y rotundo el anhelo universal del hombre de nuestro tiempo: la revolución.

El muralismo de la época de la revolución nacionalista de 1952, con sus lumbreras y sus demoliciones, no sólo estuvo vinculado a los momentos claves de la historia nacional, sino que llegó a constituir una síntesis simbólica de la cultura y el instrumento eficaz para transmitir las aspiraciones populares. Los muralistas, en su afán de poner el arte al servicio de los desposeídos, explayaron su sensibilidad creativa en avenidas, universidades, sindicatos, hospitales, centros vecinales y oficinas públicas como el Palacio de Gobierno.

Miguel Alandia Pantoja, que se inicio como caricaturista, supo manejar con destreza todas las técnicas del arte pictórico, destacándose por el color, las formas y la temática. Los estudiosos clasifican su obra en dos etapas; en la primera, influenciado por el indigenismo, realizó su pintura de caballete (caricaturas, dibujos y cuadros al óleo sobre lienzo); y, en la segunda, desarrolló el figurativismo dentro del cual plasmó gran parte de su pintura mayor, con la impronta de la escuela mejicana, empleando las técnicas del fresco y el temple, el acrílico y el aserrín sobre soporte mural.

Entre 1943 y 1968, creó sobre andamios algo más de 16 murales, en aproximadamente 562 metros cuadrados; una extensa obra donde el estallido multicolor y el compromiso social son una verdadera fiesta revolucionaria, con un indiscutible valor ético y estético que, si bien mantuvo en jaque a los militares golpistas, le hicieron merecedor de elogiosos comentarios tanto dentro como fuera del país. Así, el muralista mejicano Diego Rivera, invitado por el presidente Víctor Paz Estenssoro en 1953, al conocer las pinturas del artista boliviano, comentó: El mural del Palacio de Gobierno es formidable. Cuatro años más tarde, en 1957, cuando Alandia Pantoja fue invitado a México para exhibir su pintura en el Palacio de Bellas Artes del Distrito Federal, el muralista mejicano, exaltando con vivo entusiasmo las virtudes de su colega del altiplano, declaró: Este artista ha sabido tomar de Orozco, de Sequeiros y de mí lo mejor; su obra es un claro ejemplo de que nuestro movimiento ha trascendido hasta convertirse en el instrumento de expresión de los creadores que producen junto a su pueblo. Asimismo, en la carta de presentación dirigida a Víctor M. Reyes, entonces jefe del Departamento de Artes Plásticas del INBA, escribió: Quiero presentarle por medio de ésta al pintor boliviano Alandia Pantoja. Cuando viajé a su país, un mural muy importante de él en la Casa de Gobierno me entusiasmó por su calidad plástica y su contenido progresista. Y me emocionó fuertemente porque era una afirmación de que existe ya un movimiento de arte colectivista monumental en nuestro continente conectado con el nuestro.


Los murales restaurados y destruidos

En vista de que su obra monumental es considerable, aquí sólo cabe mencionar los más importantes, como Historia de la Medicina (1956), un mural de 50 metros cuadrados (m2), realizado sobre tela e instalado en el auditorio del Hospital Obrero de La Paz. La serie de cinco murales sobre El Petróleo en Bolivia (1958), de 30 m2, que pintó en el edificio de la empresa estatal Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos. Hacia el Mar (1962), de 36 m2, plasmado en el edificio del Ministerio de Relaciones Exteriores y su importante mural titulado Lucha del Pueblo por su Liberación, Reforma Educativa y Voto Universal (1964), de aproximadamente 160 m2, que luce en el edificio del denominado Monumento a la Revolución Nacional de la plaza Villarroel, donde fue restaurado en dos ocasiones y puesto a disposición del publico en una suerte de Museo Abierto.

Algunos de sus murales, en los que se criticaba a la oligarquía minero-feudal y las Fuerzas Armadas, como es el caso de Historia de la Mina (1953), de 86 m2, que estaba en el salón principal del Palacio de Gobierno e Historia del Parlamento Boliviano (1961), de 72 m2, que estaba en el Palacio Legislativo, fueron destruidos por órdenes de la Junta Militar presidida por el dictador René Barrientos Ortuño, en mayo de 1965.

Las dictaduras militares, más que con ningún otro artista boliviano, se ensañaron con la obra de Alandia Pantoja, destruyéndola sin contemplaciones. La agresión de sus enemigos llegó a tal extremo que demolieron al menos cuatro de sus murales, con algo más de 206 metros cuadrados, con imágenes de mineros y campesinos en armas, mujeres combatientes y un pueblo clamando justicia y libertad en las calles.
 
Cuando el 18 de septiembre de 1981 se inició la demolición del edificio de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB), que por entonces cobijaba también a la Central Obrera Boliviana (COB), los militares golpistas no tuvieron el menor reparo en deshacerse del mural titulado Huelga y Masacre, de 34 m2, concluido en 1954. El mural, compuesto de una serie de seis (cuatro frisos o cenefas y dos cuadros grandes), era un manifiesto de protesta contra la explotación y un homenaje a los obreros caídos en la masacre de 1949. El Coronel Luis Arce Gómez, a tiempo de impartir órdenes de derribar el edificio de la Federación de Mineros, declaró enfático: Con la demolición de este edificio y la construcción de uno nuevo, más útil, se acaba la época del caos y la anarquía, y empieza una nueva favorable a los trabajadores que desde aquí han sido engañados permanentemente.

Las pinturas rebeldes de Miguel Alandia Pantoja, quien jamás dudó de su compromiso social y soportó con estoicismo la destrucción de una parte de su obra, son una suerte de banderas libertarias que lo sitúan, por su magnitud y su talento, en la constelación de los monstruos del muralismo latinoamericano.


Exposiciones y actualidad del artista.

Su primera exposición de caballete se efectuó en 1937 y se presume que comenzó a crear murales a los 29 años de edad, pues el registro del primer mural data de 1943-46 y tiene la peculiaridad de ser transportable, según el catálogo de la última exposición que Alandia Pantoja realizó en Bolivia, en febrero de 1971. Otras exposiciones importantes tuvieron lugar en Buenos Aires (1945), Santiago de Chile (1947), México 1957 y 1970, Costa Rica (1957), La Habana (1959), Caracas (1959), Checoslovaquia (1964), Hungría (1964), Yugoslavia (1964), Viena (1964), Montevideo (1965) y Lima (1967). Obtuvo una Mención Honrosa en la Primera Bienal de México en 1958 y el Gran Premio Nacional de Pintura de La Paz en 1960.

Actualmente su obra está siendo restaurada y existen varias iniciativas -privadas e institucionales- para rescatar la memoria del artista y dar a conocer su obra que, de un modo magistral, se anticipó a los cambios que se están suscitando en el continente latinoamericano, cuyos sectores más desposeídos pasaron a ser los artífices de un futuro más venturoso y menos competitivo. El sueño de Miguel Alandia Pantoja, con todos los altibajos de un proceso político complejo, parece emerger de sus pinturas y plasmarse esta vez en una realidad donde él está más vivo que nunca. 

domingo, 23 de marzo de 2014

ANTONIO PAREDES CANDIA,
UN AUTOR CON ALMA DE NIÑO

Este autor paceño, que por voluntad propia se alteñizó, nació el 10 de julio de 1924 y falleció el 12 de diciembre de 2004. Escritor, titiritero y folklorista. Dedicó su vida al estudio de las culturas y tradiciones de Bolivia. Se cuenta que procedía a una familia de intelectuales; su padre, Rigoberto Paredes, fue un connotado historiador, y su madre, Doá Haydee Candia Torrico, una gran lectora de la literatura universal. Estudió en el colegio Ayacucho de La Paz y en el Sagrado Corazón de Sucre. Abandonó sus estudios universitarios y se dedicó a recorrer por el territorio patrio, con el afán de rescatar y recopilar las creencias y tradiciones folklóricas que los pobladores conservan en la memoria colectiva y la tradición oral.

La gente lo conocía como librero ambulante, fundador de la Editorial Isla, miembro de la Sociedad Boliviana de Bibliografía y Folklore, y gestor de varias ferias populares de libros, teniendo como base su quiosco en el paseo de El Prado. En su juventud, ganado por el mundo del teatro, se dedicó a adaptar las obras de los autores clásicos para representarlas en las plazas de los pueblos junto a su compañía de títeres El K’usillo.

Este fecundo escritor, de colita plateada en la cabeza, bufanda al cuello y bastón en mano, recibió en vida distinciones del Congreso Nacional de Bolivia, la Orden de Marcelo Quiroga Santa Cruz, la Medalla al Mérito Cultural del gobierno boliviano. Asimismo, fue investido Doctor “Honoris Causa” por la Universidad Privada Franz Tamayo.

Antonio Paredes Candia, que tenía el corazón de niño grande, jamás dejó de jugar con sus títeres ni de fantasear con el mundo fantástico -pero a veces cruel- de los niños del campo y las ciudades. A ellos les entregó su cariño incondicional y lo mejor de su arte, compuesto por mitos, leyendas, fábulas, cuentos y novelas breves, que son verdaderas joyas literarias a las que deben tener acceso los niños y los adultos.

Entre sus novelas breves destacan Zambo Salvito, la dramática historia de un niño afroboliviano, quien se convierte en un criminal temido y legendario. Luego está la Historia de la bella Elena y El molino quemado; obras en las cuales los niños son los protagonistas principales, como en Ellos no tenían zapatos, que retrata la cruda realidad de los niños trabajadores de El Alto, que bajan a La Paz para ganarse el pan del día lustrando calzados en la calle.

Algunos de sus libros se usan como textos escolares de fácil lectura y conocimiento de la realidad social de los bolivianos. Él mismo, en un diálogo que sostuvo con Ramiro Calasich, explicó cuáles eran sus motivaciones y cuál era el proceso de su producción bibliográfica: Hay dos formas en las que trabajo: el trabajo de investigación y el de escribir pequeños novelines. El trabajo de investigación lo realizo  lentamente, con decir que mi libro ‘La Chola Boliviana’ ha durado más de veinte años de investigación. Voy reuniendo el material publicado sobre el tema hasta que es más o menos aceptable; luego analizo y organizo fichaje, si veo algunas lagunas, dejo para el siguiente año (…) Después empieza mi propia investigación hasta obtener todo lo que me he propuesto. Mis trabajos son de primera mano, recogidos in situ, directamente del pueblo. Tengo la suerte de ‘chamuscar’ un poco el aymara y el quechua, así que consigo la información en el propio idioma (…) Los novelines reflejan los problemas que capto a través de mis viajes y de mi contacto directo con el pueblo. Los datos se van acumulando, el tema está en mi cabeza durante mucho tiempo, dando vueltas y vueltas. Llega el momento en que se atasca en mi garganta y entonces tengo que escribir, sino me ahogo (…) Todos mis trabajos tienen el mismo sentido: denunciar, mostrar la realidad en que vive el pueblo boliviano…

Este entrañable autor, aunque era viejo, tenía el alma de niño por dentro, un niño que jamás dejó de asombrarse ni maravillarse por las luces y las sombres de la vida. No en vano se dice que Antonio Paredes Candia, que tenía siempre la mirada puesta sobre la realidad triste de la niñez desamparada, logró acercarse al mundo de los pequeños lectores con una prosa sencilla pero altamente significativa. En sus cuentos populares, además de leerse historias de cholas y cuentos de curas, se recogen temas de espanto y aparecidos, y otros referentes a los animales como el Atoj Antonio y el Cumpa Conejo, que son dos de los personajes centrales de las fábulas populares.

No es menos conocida su faceta como mentor de la juventud boliviana, con cuya actitud rebelde y altiva se identificó toda su vida. No es casual que en 1990, en el umbral de sus 70 años de edad, le confesó a Lupe Cajías: Me llevo bien con los jóvenes porque nunca me aferré a lo antiguo, entiendo los cambios sin perder mis principios. Tampoco me hago el joven porque eso sería ser un payaso. Viví el candor de la niñez, la locura y los errores de la juventud. De adulto uno se asienta y en la vejez se vive la serenidad y cierta sabiduría. Tengo ganas y me duele la muela, tengo más frío que antes pero aún tengo fuerzas para andar muchos caminos…

Tras su muerte, en homenaje a su gran calidad humana y en reconocimiento a su indiscutible aporte a la cultura nacional, varias instituciones educativas llevan su nombre, como el primer Museo de Arte que él fundó en la ciudad de El Alto, donde dejó su legado intelectual y fue enterrado en presencia de familiares y amigos.

Apuntes bibliográficos

Antonio Paredes Candia fue autor prolífico. Escribió más de 113 libros y dejó varios inéditos. Aquí menciono sólo algunos: Tradiciones: Literatura folklórica recogida de la tradición oral boliviana (1950); Literatura folklórica (1953); El folklore en la ciudad de La Paz: dos fiestas populares, el carnaval y la navidad (1957); La danza folklórica en Bolivia (1966); Juegos, juguetes y divertimientos del folklore de Bolivia (1966); Brujerías, tradiciones y leyendas (tomo I, 1969, t. II, 1970, t. III, 1972, t. IV, 1974, t. V, 1979 y t. VI, 1985); Diccionario mitológico de Bolivia. Dioses - Símbolos - Héroes (1972); Las mejores tradiciones y leyendas de Bolivia (1973); Tradiciones de Bolivia (t. I, 1976 y t. II, 1997); Adivinanzas de doble sentido (1976); Fiestas populares de Bolivia (t. I y II, 1976); Refranes, frases y impresiones populares de Bolivia (1976); El apodo en Bolivia (1977); Adivinanzas bolivianas (1977); Las Alasitas (1982); Leyendas de Bolivia (1986); Isolda (La historia de una perrita) (1996); Juegos tradicionales de Bolivia (1998); Folklore y tradición referente al mundo animal (2002); El castigo. Tradición y folklore (2003); Diccionario del saber popular (2 v., 2004). Cuento: El queso de Suttu (1955); El banquete celestial (1955); La mina de Flores (1955); El cántaro de manteca (1955); Los botones de oro (1955); El Willaco (1955); El Chullupia (1955); Cuentos populares bolivianos. De la tradición oral (1973); Cuentos Kjuchis (1978); Cuentos bolivianos para niños (1984); Cuentos de maravillas para niños (1988); Mis cuentos para niños (2004). Novela: Zambo Salvito (1982); Aventuras de dos niños (1986); Ellos no tenían zapatos (1989); Los hijos de la correista (1990); El molino quemado (1993); La bellísima Elena (2003); El muro imilla (2004). Teatro: Selección de teatro boliviano para niños (1969); Teatro boliviano para niños (1987); Teatro de guiñol (2003). Antología: Antología de tradiciones y leyendas de Bolivia (tomo I y II, 1968 y t. III, 1969); Poesía popular boliviana (1981)

martes, 18 de marzo de 2014


MONTOYA CONDECORADO EN LLALLAGUA

El pasado viernes 14 de marzo, en el Salón Mauricio Lefebvre, se presentó el libro Conversaciones con el Tío de Potosí, ante una nutrida concurrencia de autoridades y público en general. En el mismo acto se efectuó la instalación e inauguración del Juzgado de Instrucción Mixta y Cautelar No. 3 en la ciudad de Llallagua, donde hicieron uso de la palabra varias autoridades locales y departamentales; el Magistrado del Tribunal Supremo de Justicia Pastor Segundo Mamani, el Alcalde de Potosí René Joaquino y el Alcalde de Llallagua Tomás Quiroz.

El escritor Víctor Montoya, en su extensa elocución, se refirió al contenido de su libro Conversaciones con el Tío de Potosí, no sin antes agradecer a las personas que hicieron posible su publicación. En su efusiva intervención, que arrancó aplausos en el auditorio, recordó sus años como dirigente estudiantil en el Colegio 1ro. de Mayo y las luchas sociales libradas por los trabajadores mineros contra las dictaduras militares.

Asimismo, el escritor boliviano fue distinguido por segunda vez consecutiva por el Honorable Concejo Municipal. En el acta, estampada en el diploma, se destaca: Es justo testimonio en el marco de la equidad y la justicia el reconocimiento a personas e instituciones notables, que de manera desinteresada dejan huellas en nuestro Municipio, consolidando nuevos lazos de amistad. De acuerdo al Capítulo IV, art. 7 del Reglamento de Honores y Condecoraciones del H. Concejo Municipal, se reconoce a los ciudadanos llallagueños que hayan destacado por sus eminentes servicios en orden profesional, cultural o social prestado a favor de nuestro Municipio de Llallagua como en el presente caso.

Por lo tanto, el H. Concejo Municipal de Llallagua, en uso a sus específicas atribuciones que le confiere la Constitución Política del Estado, Ley de Gobiernos Autónomos Municipales y de consenso mutuo del pleno del Concejo Municipal de nuestra comuna, resuelve:

Art. 1ro.: CONDECÓRESE AL Lic. Víctor Montoya, como ‘CIUDADANO NOTABLE’ DEL MUNICIPIO DE LLALLAGUA, por su valioso aporte como escritor (…), y cuyo nombre debe ocupar un sitial importante entre las personas Destacadas de Nuestra Región Minera.

Por el H. Concejo Municipal del Gobierno Autónomo Municipal, firman la Distinción Especial: Sr. Isaac Rodríguez Valverde, H. Presidente del Concejo Municipal, Arminda Mamani Colque, H. Concejal Secretaria, y Tomás Quiroz, H. Alcalde Municipal de Llallagua.

lunes, 17 de marzo de 2014


COMER K’ALAPURKA EN POTOSÍ

Después de haber transitado por las calles de la antigua Villa Imperial, desde tempranas horas de la mañana, me entraron ganas de comer en las cercanías de la Plaza 10 de Noviembre. Entonces, en mi afán por degustar la gastronomía local, paré en la acera a dos hombres de mediana edad, quienes, al verme con la cara de forastero preguntón, se arrimaron contra la pared, prestos a escuchar lo que tenía en el corazón.

–¿Dónde puedo servirme la tradicional k’alapurka? –les pregunté mirándoles a los ojos. 

–A dos cuadras de aquí hay un lugar donde puede servirse –contestó uno de ellos, señalando con el dedo índice la dirección que debía tomar.

–Si quiere comer la verdadera k’alapurka, pero la verdadera –intervino el otro, con un gesto de amabilidad–, tiene que irse al restaurante de doña Eugenia Rodríguez de Arismendi, que está en la zona sur, cerca de los rieles de tren, pero le aconsejo que tome un microbús en la esquina de la plaza, que lo dejará cerquita del lugar.

Seguí sus instrucciones, me embarqué en un microbús y, como quien busca un tesoro perdido, recorrí varias cuadras hasta que el conductor paró justo allí donde debía bajarme. Miré en derredor y crucé por la avenida Santa Cruz hacia la esquina Hermanos Ortega, donde está el Restaurant Doña Eugenia.

Lo primero que me llamó la atención fue la basura tirada en la calle, haciendo un franco contraste con la limpieza del restaurante y la pulcritud del mesero, quien me dio la bienvenida y me invitó a tomar asiento. Me acomodé en la mesa del fondo, con la intención de observar los cuadros con motivos tradicionales. Le solicité una botella de cerveza fría y me contestó que sólo tenían bicervecina y gaseosas.

No habiendo otras alternativas, pedí una bicervecina, convencido de que, a falta de chicha o cerveza, era lo que mejor acompañaría el plato de k’alapurka. El mesero cumplió con el mandado y luego desapareció en la cocina.

Me tocó aguardar un rato y, mientras el restaurante se llenaba de comensales, me puse a tomar sorbo a sorbo la bicervecina, hasta que, de pronto, se acercó el mesero con el plato de k’alapurka, como si llevara un pequeño volcán en una mano, mientras en la otra sujetada los cubiertos y un platillo lleno de mote pelado, que acompañaba a manera de guarnición. 

–Buen provecho –dijo y se retiró.

Yo me quedé maravillado por esa singular manera de servir un plato y, como es natural, me recordó mi infancia, aquellos inolvidables años que pasé en la casa de mis abuelos, donde, sentado en la puerta de la cocina, solía contemplar el amor y la pasión que mi abuela le ponía a cada uno de los platos que preparaba al promediar el mediodía.


Con la boca hecha agua, y con la mirada fija en la k’alapurka, donde la lawua (sopa espesa) seguía hirviendo alrededor de la piedra volcánica, recordé las lawas de jank’akipa (maíz tostado y molido), que mi abuela solía preparar en una olla de barro, sobre uno de los ojos del fogón alimentado con leña y ennegrecido por el hollín. Cuando lo tenía a punto, después de removerlo una y otra vez con el cucharón de palo, servía la humeante lawa en los platos de barro y, a modo de coronar su exquisito gusto por la comida tradicional, le echaba perejil y un chorro de ají colorado retostado con un poco de aceite en la sartén; ese toquecito de picante que le daba el ají a la lawa era tan delicioso como la llajwa, esa salsa preparada con locotos, tomates y hierbas aromáticas, como la killkiña o wacataya, que ella molía con manos diestras entre las piedras del batán, un instrumento indispensable en la cocina de mi abuela. No en vano era una mujer oriunda del norte de Potosí.

Al cabo de comer la k’alapurka (sopa cocida con piedra ardiente, en quechua) quedé satisfecho y convencido de que se trataba de un plato típico de las alturas, nacido del ingenio de las cocineras populares para combatir las bajas temperaturas del altiplano, porque la lawa, debido a su consistencia y la candente piedra sumergida en su interior, permanece caliente por mucho tiempo, como para quemar la boca de los mentirosos y mitigar el frío de los condenados.

Al cabo de pagar la cuenta y agradecer por el buen servicio, no dudé en preguntarle al hombre que me atendió en la caja, cómo se preparaba y cuáles eran los ingredientes de la k’alapurka. Él me miró de pies a cabeza y, esbozando una sonrisa afable, contestó: 

–Los principales ingredientes son: carne de res en charque, papas sipancachi, harina de maíz willkapuru, ají colorado, cebolla, ajo. Todo esto sazonado con orégano, sal, comino, pimienta, chachacoma (hierba con sabor parecido al pino), pupusa y alguno que otro condimento más, que no te lo puedo decir, porque es el secreto de la casa…

–Ummm… –asentí devolviéndole una sonrisa cómplice–. Me imagino que su cocción está hecha en una cazuela de barro, ¿verdad?

–Así es, pues –dijo abriendo los ojos y frunciendo el ceño–. Sin embargo, lo más importante es que se sirve en un plato de barro, con una piedra volcánica negra que, una vez caldeada al rojo vivo sobre las brasas, se sumerge en el centro del plato para que la lawa mantenga su temperatura. La misma piedra redonda, que mi señora recoge en las orillas del río, es la que le da el nombre de k’alapurka a este plato, que no se deja preparar, así nomás, en ninguna otra región del territorio nacional…

–Le agradezco por su valiosa información –le dije, mientras me despedía con un fuerte apretón de manos.

–Espero que nos visite otra vez –dijo él, antes de que yo cruce el dintel de la puerta.

Al retornar a la Plaza 10 de Noviembre, me puse a pensar que la deliciosa k’alapurka debe ser uno de esos platos que dignifican la gastronomía potosina, porque así haya tenido influencias de la comida española desde la colonia, conserva las tradiciones y costumbres culinarias de la cocina precolombina, no sólo a través del uso de los ingredientes caseros, sino también a través de la preparación y cocción de este típico plato de Villa Imperial, que se consume todo el año, haga frío o haga calor.


Por lo demás, cualquiera que visite Potosí, con la curiosidad de conocer el afamado Cerro Rico, la arquitectura colonial y otros atractivos turísticos, no puede perderse la deliciosa k’alapurka que, con el fin de salvaguardar la gastronomía tradicional, ha sido declarada Patrimonio Cultural del departamento de Potosí, tanto por la Cámara de Senadores como por el Ministerio de Culturas y Turismo.