jueves, 28 de agosto de 2014


EL MUNDO FANTÁSTICO EN LA LITERATURA INFANTIL(*)


Como todo ser humano, desde que el mundo es mundo, desde la noche de los tiempos, he vivido atrapado por los mitos, las leyendas y los cuentos provenientes de la tradición oral; por esas historias que, remontadas en las alas de la imaginación popular, se han transmitido de generación en generación y de boca en boca.

Aún recuerdo que mi abuela, una chola oriunda de una pequeña provincia del norte de Potosí, haciendo gala de un lenguaje salpicado por vocablos quechuas, me refería las aleccionadoras aventuras del Atoj Antoño y el Cumpa Conejo; mientras mi abuelo, un chuquisaqueño de armas llevar, que cató minas con la intención de convertirse en otro Simón I. Patiño, pero quien después de la revolución de 1952 y al final de sus años no encontró más que la desilusión y la pobreza, me introdujo en los estremecedores laberintos de los cuentos de espanto y aparecidos. Así fue como un día, al notar que no podía conciliar el sueño por el temor que le tenía a la noche, escuché en sus labios la leyenda del Tío: Dicen que el diablo llegó a las minas una noche de tormenta, dijo, mientras afuera el cielo se vaciaba en relámpagos y aguacero. Desde entonces no he dejado de pensar en la imagen diabólica de ese personaje que habita en los socavones de Bolivia ni en las consejas mineras que adquirían una dimensión particular en la mente de mi abuelo, quien, aparte de ser un narrador jocundo y carismático, era capaz de embelesar a cualquiera con sus historias fantásticas. Sabía gesticular con emoción y cambiar las inflexiones de la voz, a la vez que los ojos se le iluminaban como lamparitas de acetileno y las palabras le brotaban fluidamente, como si todo el tiempo estuviese contando un viejo cuento de magia y de misterio. Así era mi abuelo, conocedor de la mina y sus secretos; un hombre de ideas liberales que, tomándome de la mano, me enseñó a conocer el realismo social y el mudo secreto de los mineros, con quienes compartí y conviví desde mi infancia. Conozco las necesidades de sus hogares, el drama de sus luchas y la tragedia de sus vidas, más trágicas todavía cuando se sabe que estos hombres mueren con los pulmones reventados por la silicosis y a cuatro mil metros sobre el nivel de la miseria.

Debo reconocer que, debido a la falta de medios materiales y a la realidad que me tocó vivir, no tenía la menor idea de la existencia de una literatura infantil, con libros profusamente ilustrados a todo color y con autores que se dedicaban a cultivar apasionadamente este género literario, sino hasta cuando salí de Bolivia, exiliado por una dictadura militar, y fui a dar en el techo del mundo, sin más equipaje que los recuerdos, porque los agentes del gobierno me sacaron directamente de la cárcel y me embarcaron en el aeropuerto de El Alto rumbo a Suecia, un país que, por cierto, me acogió con los brazos abiertos y me enseñó a valorar el verdadero significado del respeto a los Derechos de los Niños, haciendo hincapié en que uno de esos derechos es su acceso libre y gratuito a la literatura. 

Cuando empecé a trabajar en una Biblioteca de Niños en Estocolmo, me quedé maravillado, por primera vez, ante un cofre literario lleno de joyas  destinadas a los pequeños lectores, pues hasta entonces vivía aferrado a la idea de que los cuentos infantiles existían sólo en la tradición oral y la memoria colectiva, y no en los libros impresos con fascinantes ilustraciones que, además de despertar la sensibilidad estética de los niños, eran varitas mágicas que estimulaban su fantasía.

Ésta fue una experiencia magnífica para quien como yo, que cursó la educación primaria y secundaria en la población minera de Llallagua, estaba acostumbrado a leer sólo por obligación los cuentos y poemas que, a manera de materiales auxiliares de lectura, se incluían en los libros de texto; en esos manuales didácticos, engorrosos y aburridos, cuyo objetivo principal estaba orientado a impartir las complicadas reglas gramaticales, que a mí, como a la mayoría de los alumnos, me parecían más complicadas que las operaciones matemáticas.

La Biblioteca de Niños, contrariamente a lo que relata Jorge Luis Borges en La Biblioteca de Babel, no era la metáfora del universo ni la esfera de Pascal, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna; tampoco tenía galerías hexagonales ni espejos que duplicaban las apariencias.

La Biblioteca de Niños no era como la Biblioteca de Babel, un laberinto caótico donde se escondía el libro análogo a Dios, que Jorge Luis Borges buscaba enloquecido entre dialectos pretéritos y remotos, sino un local exento de leyes divinas, donde los libros eran accesibles a la inteligencia humana y ninguno estaba escrito en dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico; tampoco existía un libro que fuese la “cifra y el compendio perfecto de todos los demás”, o un simple laberinto de letras, puesto que buscar un relato coherente en una sopa de letras es lo mismo que querer encontrar una aguja en el pajar.

En la Biblioteca de Niños, nadie necesitaba más tiempo de lo debido para hallar el libro deseado, pues los anaqueles estaban ordenados en base a un sistema riguroso de computación, que registraba el nombre del autor, la fecha y el lugar de edición, el título y el género de la obra. En La Biblioteca de Babel, en cambio, todo era impenetrable. Para localizar el libro A, primero se debía consultar el libro B, y para localizar el libro B, consultar el libro C, y así sucesivamente.

La Biblioteca de Niños, donde yo trabajé como si cada día asistiera a un jardín infantil, era el más concurrido y atractivo de cuanto he conocido; las paredes lucían imágenes arrancadas de los cuentos de hadas, mientras del techo, tan alto como puedan imaginarse, pendía un magnífico aerostato, representando La vuelta al mundo en 80 días de Julio Verne,  a la vez que el mobiliario estaba hecho según las recomendaciones pedagógicas de María Montessori. De modo que el bibliotecario parecía Gulliver en Liliput y la bibliotecaria Alicia en el país de las maravillas.

Los niños iban y venían explorando tesoros escondidos en los anaqueles y haciendo chirriar mesas y sillas. Al detenerse de súbito, con la mirada encendida por la emoción, alargaban el brazo y tomaban el libro próximo a sus manos. Luego lo contemplaban de arriba a abajo, de anverso y reverso, y, cuando abrían las tapas, quedaban absorbidos en un mundo de aventuras y desventuras, apenas oían las voces de los personajes que poblaban sus sueños.

De las páginas saltaban, uno a uno, Caperucita y el lobo, Aladino y su lámpara maravillosa, Cenicienta y su madrastra perversa, Blancanieves y los siete enanitos, la Bella Durmiente y el príncipe azul que la despierta, la Bella y la Bestia, Pippi Calzaslargas y Nils Holgersson, quien, montado a horcajadas sobre el lomo de un ganso, invitaba al lector a un viaje maravilloso a través de Suecia, para enseñarle la historia, la geografía y las costumbres de este país escandinavo, donde yo mismo recorrí de sur a norte en compañía de la obra de Selma Lagerlöf.

La Biblioteca de Niños, hecho de calor y cariño, me sirvió no sólo para refugiarme en el reino fantástico de los cuentos infantiles, sino también para reflexionar que, en el país que me vio nacer, existen todavía quienes viven y mueren sin aprender a leer ni escribir, y cientos de miles de niños y jóvenes que no tienen acceso a una sola joya de la literatura infantil y juvenil.

Por lo demás, si La Biblioteca de Babel era el resumen del caos del universo, la Biblioteca de Niños era un plácido jardín, donde los libros parecían flores y los niños mariposas.

Así pues, la biblioteca comunal de Tyresö, donde trabajé a principios de los años 80, me permitió retornar a mi pasado y rescatar al niño que habita dentro de mí, y a quien, acaso sin saberlo o sin quererlo, lo rechacé durante mucho tiempo, hasta que volví a repetir:Desde adentro, desde adentro,/ Desde el fondo de un abismo,/ Viene corriendo a mi encuentro,/ Un niño que soy yo mismo... Estos versos de Óscar Alfaro es un auténtico Viaje al pasado, a esa infancia que es un tesoro que debemos guardar celosamente y no perderlo nunca, pues ese niño o niña que habita en nuestro fuero interno, manteniéndose latente y negándose a morir, se manifiesta de manera espontánea cuando la lógica del razonamiento adulto es vencida por la fuerza del subconsciente, donde gobierna ese niño o niña que constituye el cimiento sobre el cual edificamos nuestra personalidad. No en vano reza el sabio proverbio inglés: El niño es el padre del hombre.

Por eso mismo, me llaman la atención los versos de añoranza de Pablo Neruda, quien, con su mirada de infancia, irremediablemente perdida, decía: ...Y a veces recordamos/ al que vivió en nosotros/ y le pedimos algo, tal vez que nos recuerde/ que sepa por lo menos que fuimos él,/ que hablamos con su lengua,/ pero desde las horas consumidas/ aquél nos mira y no nos reconoce... Es decir, El niño perdido de Pablo Neruda, además de causarme angustia, me provoca una rara sensación de algo que no quisiera experimentar en carne propia, pues lo que yo quiero, sin vacilar un solo instante, es que mi niño me acompañe hasta la muerte, y no porque tenga miedo a hacerme viejo, ni llevar a cuestas el peso de la experiencia y la apariencia física, sino, sencillamente, porque así me siento entero, con el anverso y el reverso de mi vida y de mi tiempo.

Ser viejo en lo físico no es lo mismo que ser viejo en lo psíquico. Einstein, por ejemplo, tenía el pelo blanco, pero era un niño por dentro; era sabio, pero tenía el corazón y la imaginación de un genio de quince años, aunque a la edad de los 25 se situó en la cúspide de los titanes del pensamiento humano, como Copérnico o Newton, tras descubrir la relatividad del tiempo, de nuestro tiempo. Por lo tanto, debo constatar que no soy el único adulto que posee alma de niño, sino un adulto más en quien perdura el peso de la infancia, con una pureza similar a la leche de la bondad humana.

Si todavía no se pusieron a pensar, valga recordarles que las obras de los poetas, músicos, pintores y científicos, nacen del juego de ese niño eterno que se esconde dentro de ellos; de ese niño que nunca pierde la capacidad de entusiasmarse, preguntarse, reinventarse o maravillarse. De no estar presente ese niño juguetón en cada artista, en cada uno de nosotros, sería más grave la vida y menos llevadera la existencia. Por suerte, la fantasía de un niño se prolonga hasta la muerte, aunque algunos lo desconozcan por temor a perder su autoridad de adultos o porque, sujetos a las normas lógicas y racionales de su entorno, se avergüenzan de sus fantasías, como si fuesen propias del infantilismo pueril e impropio de la edad adulta.

Sigmund Freud, en su estudio sobre el poeta y la fantasía, se preguntaba: ¿No habremos de buscar ya en el niño las primeras huellas de la actividad poética? Sin duda, la preocupación favorita e intensa del niño es el juego, actividad lúdica a través de la cual se conduce como un poeta, creándose un mundo propio o, más exactamente, situando las cosas de su mundo en un orden nuevo, grato para él. El poeta hace lo mismo que el niño que juega -dice el padre del psicoanálisis-: crea un mundo fantástico y lo toma muy en serio; esto es, se siente íntimamente ligado a él, aunque sin dejar de diferenciarlo resueltamente de la realidad. Incluso el hombre que cree haber dejado de ser niño y haber dejado de jugar, no hace más que prescindir de todo apoyo en objetos reales y, en lugar de jugar, fantasea. Hace castillos en el aire; crea aquello que denominamos ensueños o sueños diurnos, aunque a veces se avergüenza y oculta sus fantasías ante los demás. Con todo, si el poeta, al igual que el niño, es un hombre que sueña despierto, entonces la poesía, como el sueño diurno, es la continuación y el sustituto de los juegos infantiles, así como los instintos insatisfechos son la fuerza impulsora de las fantasías, y cada fantasía es una satisfacción de deseos, una rectificación de la realidad insatisfecha.

Sin la fantasía no seríamos lo que somos ni tendríamos lo que tenemos. La actividad de la fantasía se expresa en la creación artística. Gracias al poder de la fantasía, incubada desde la infancia y mimada hasta la muerte, se han creado los instrumentos de los cuales disponemos en la actualidad. Sin la fantasía no hubiera existido un Leonardo da Vinci ni un Julio Verne, ese científico apresurado que, en su vida y en su obra, fue un niño-viejo, como lo fue Jonathan Swift en los Viajes de Gulliver, J.R.R.Tolkien en la fantástica epopeya de El señor de los anillos, Lewis Carroll en Alicia en el país de las maravillas, los hermanos Grimm en sus cuentos de hadas, Hans Christian Andersen en sus cuentos fantásticos y J.K. Rowling en las aventuras de Harry Potter. También Michael Ende -otro de mis escritores favoritos- reivindicó la infancia como la etapa más noble del ser humano, una etapa mágica en la que todo es posible, incluso escribir la Historia interminable, una larga correría por la fantasía, sin saber luego cómo salir de ella para retornar a la realidad externa, donde muchos viven atrapados en las redes de un mundo lógico y enteramente racional. Él mismo, con su aspecto de científico bueno y la pipa en los labios, manifestó: Desde la escuela han hecho sentirme diferente, éste es un mundo en el que no se ama a los soñadores. Pero, por otra parte, nunca creí que los otros  fueran como se comportaban. Siempre he pensado que en el fondo, los otros son como yo, sólo que no lo saben. Otro niño-viejo fue James M. Barrie, el periodista escocés y aspirante a escritor, quien creó un personaje universal llamado Peter Pan, el niño eterno que se negó a crecer.

Sin embargo, así como los adultos se empeñan en hacerse mayores y en esconder el Peter Pan que los habita, yo me empeñé, como les iba contando, en estrangular al niño que llevo en mi interior, sin entender que él también tenía derecho a vivir como el adulto que intentó desalojarlo. Pero fue una misión imposible, porque el niño que me habita se armó de coraje y, al igual que Peter Pan -el pequeño gran héroe que podía volar como un pájaro y resistir los embates del temible capitán Hook-, decidió enfrentarse a mi ser adulto y defender el lugar que le corresponde en mi vida.

Desde entonces me ha sido más fácil identificarme con los personajes del maravilloso mundo de la literatura infantil y juvenil, con Pulgarcito de Charles Perrault, El Principito de Antoine de Saint-Exupéry, Nalle Puh de Alan Alexander Milne y Pippi Calzaslargas de Astrid Lindgren, cuyas aventuras de desobediencia y desacato a la autoridad de los adultos me fascinan de manera especial, puesto que la picardía del Lazarillo de Tormes, la ternura de Mary Poppins y las aventuras de Peter Pan, son elementos integrantes de la fantasía tanto de los niños como de los adultos, así éstos últimos se nieguen a reconocerlo porque han olvidado su infancia o porque se hacen de ella una idea casi artificial, como cuando se niega obstinadamente la conocida frase de Nietzsche: En aquel hombre hay oculto un niño que quiere jugar.

Ya dije que, por mucho tiempo, negué al niño que habita en mí. Es decir, había domesticado y reprimido mi fantasía, había supeditado mi mundo interior al exterior, hasta que un día, por esos azares que no se pueden explicar, lo fantástico encontró la manera de vengarse y de emerger, como ese actor frustrado que por mucho tiempo permaneció maniatado en las catacumbas del subconsciente. De ese desfogue nació el escritor que me tomó la delantera, consciente de que uno de los grandes filones de la literatura es la historia protagonizada por las niñas y los niños insatisfechos, quienes buscan refugio en la fantasía para escapar de una realidad insoportable o, simple y llanamente, aburrida y desastrosa. Quizás por eso, los niños de mis cuentos suelen ser imaginativos y solitarios, que a veces hablan poco y lloran sus penas en secreto, niños que viven una doble vida: la cotidiana y la de su propio mundo fantástico.

Ahora bien, para quienes en el silencio, y a estas alturas de mi intervención, se estén preguntando cuáles son los libros de literatura infantil que escribí a lo largo de mi vida, la respuesta es única y concluyente: no escribo libros para los niños ni las niñas, sino ensayos sobre la literatura infantil, por la sencilla razón de que a los niños, en estos vericuetos de la literatura, no se les puede meter gato por liebre. Por eso mismo admiro a quienes, entre borbotones de ternura y deslumbrante ingenio, dedican todo su tiempo y talento a escribir con la pasión del alma libros destinados a los pequeños lectores, sin más pretensiones que crear obras hechas de encantos y espantos, luego de haberse zambullido en los pensamientos y sentimientos de sus protagonistas, en sus conflictos emocionales, en sus actividades lúdicas y, sobre todo, en su lenguaje, que es el eslabón más importante de la moderna literatura infantil y juvenil.

Ahora que he retornado a esta hermosa tierra que me vio nacer, después de más de treinta años de ausencia, me empaparé de su realidad desmesurada y contradictoria, en un intento por seguir las huellas de nuestros precursores como Óscar Alfaro, Hugo Molina Viaña, Yolanda Bedregal, Beatriz Shulze Arana, Rosa Fernández de Carrasco, Gastón Suárez, Paz Nery Nava, Elda de Cárdenas, Alberto Guerra Gutiérrez y Antonio Paredes-Candia, para luego descubrir y redescubrir la obra del medio centenar de escritoras y escritores que están registrados en la Academia, donde algunos, con más bríos que otros, brillan con luz propia en la constelación de una de las literaturas que mejor estimula el hábito de la lectura en quienes mañana serán los grandes lectores de la gran literatura universal.

Y para terminar este mi cuento, sólo cabe manifestarles que me siento muy, pero muy feliz de ingresar como miembro honorario a la Academia Boliviana de Literatura Infantil y Juvenil, una institución forjada por personas honorables, que se dedican a cultivar el noble oficio de las letras, en medio de un grupo selecto de colegas que, a partir de este memorable acto, vivirán para siempre en el corazón humilde de este escritor que, ande por donde ande, jamás dejará de ser un niño boliviano.

*  Discurso de Víctor Montoya cuando ingresó a la Academia Boliviana de Literatura Infantil y Juvenil, La Paz,  julio de 2011

viernes, 22 de agosto de 2014


LOS ENSAYOS DE MONTOYA

Se reeditó recientemente El eco de la conciencia, libro de ensayos de Víctor Montoya, quien dijo haber escrito esta obra durante sus años de exilio en Suecia.

El libro se publicó por primera vez en Estocolmo, en 1994, razón por la que no se difundió debidamente entre los lectores bolivianos.

Esta segunda edición, auspiciada por el Gobierno Autónomo Municipal de Potosí, tiene la finalidad de dar a conocer la producción ensayística de Montoya en el territorio nacional.

Los seis ensayos presentan una extensa bibliografía, que el autor usó para fundamentar sus tesis en torno a las causas de la violencia humana, los orígenes de la opresión de la mujer, los métodos pedagógicos en el sistema educativo, la biología racial del nazismo alemán y el atropello a los derechos de los niños.

El último ensayo, escrito en forma de relato, es un recuento de los pasajes y personajes de la guerrilla del Che en Bolivia; un acontecimiento histórico que, por la magnitud de sus causas y consecuencias, tuvo simpatizantes y detractores en todo el mundo.

El eco de la conciencia, aparte de ser una obra imprescindible para los estudiosos de los temas mencionados, es un compendio que transmite, de un modo implícito, la orientación ideológica y el compromiso social del autor.

El eco de la conciencia es la segunda obra de Víctor Montoya, que el Gobierno Autónomo Municipal de Potosí decidió respaldar dentro de su programa cultural de rescate y promoción de los autores que, con su incansable labor en el campo de las letras, contribuyen al fortalecimiento de la literatura boliviana.

En 2013, bajo la gestión del burgomaestre René Joaquino Cabrera, se publicó también Conversaciones con el Tío de Potosí, un volumen de treinta relatos basados en el personaje central de la mitología minera, que tuvo excelente acogida a nivel nacional e internacional.

El eco de la conciencia, en opinión de su autor, es un llamado a la conciencia de quienes están comprometidos con la realidad social, la recuperación de la memoria histórica y las transformaciones socioeconómicas que mejoren las condiciones de vida de los sectores más vulnerables de la sociedad.

Víctor Montoya, además de cuentos, novelas y ensayos, escribe crónicas para diversos medios de prensa. Su obra literaria está traducida a otros idiomas y cuenta con varios reconocimientos en el ámbito cultural.

martes, 19 de agosto de 2014


LOS MEJORES CUENTOS BOLIVIANOS

La presente obra, publicada hace diez años atrás con el título de Antología de antologías, es un abanico que muestra lo mejor del cuento boliviano desde principios del siglo XX. En opinión de Néstor Taboada Terán: ´Los mejores cuentos de Bolivia' es un libro de largo aliento. Tienen que darse muchas generaciones de cuentistas para superar este libro insuperable. Además, aquí está lo importante, es la obra creadora de más de un siglo y están presentes los autores que han excedido en calidad natural y moral. Lo mejor de lo mejor.

Esta compilación, reeditada en 2014 por el Grupo Editorial Kipus y gracias al empeño, investigación y entusiasmo del narrador César Verduguez Gómez, ha sido elaborada sobre la base de una amplia información que proviene de ciento noventa y dos antologías de cuentos, en español y otros idiomas, y varios estudios literarios realizados en torno al tema en publicaciones nacionales e internacionales. Por lo tanto, no es casual que, al final del libro, se encuentren los datos de las obras consultadas y la bio-bibliografía de los autores implicados en esta antología que, sin lugar a dudas, constituye ya uno de los referentes más importantes para los estudiosos y lectores en general.

Si bien es cierto que los textos, diferentes en temática y extensión, llevan la impronta de los autores dedicados a cultivar el cuento como uno de los más exigentes géneros literarios, es cierto también que conllevan los aspectos subjetivos del compilador, quien, a la hora de seleccionar los trabajos que merecían figurar en esta antología, puso a prueba su intuición, sus conocimientos y su apreciación personal, consciente de la cantidad no es lo mismo que la calidad y que los cuentos debían reflejar el particular estilo de cada autor.

Es preciso señalar que el antólogo, encargado de elaborar una obra colectiva bajo ciertos parámetros predispuestos, requiere ser imparcial y poseer una solvente experiencia para destacar lo mejor de lo mejor, en un intento por reunir a los cuentistas más representativos en un solo volumen, de modo que todos sean incluidos y ninguno quede en el olvido.

En este sentido, y al margen de toda consideración extraliteraria, no cabe la menor duda de que éste fue el criterio adoptado por César Verduguez Gómez en la elaboración de este volumen que, ahora que sale a la luz en su segunda edición, no deja de ser un magnífico regalo para los lectores acostumbrados al goce estético con lo mejor de nuestra literatura.

No en vano el mismo antólogo, a tiempo de justificar el porqué de la inclusión de los autores en Los mejores cuentos de Bolivia (Antología de antologías II) manifestó: El hecho de estar en muchas antologías significa que (sus obras) han sido seleccionadas por la calidad del escritor. Mi trabajo ha sido reunir esa calidad en una cuestión numérica, pero el hecho de que formen parte de muchas selecciones establece que son obras de gran valía.

Es posible que la crítica mal intencionada no se deje esperar y que, como en otras ocasiones, arguya que esta obra no es la más representativa de la cuentística boliviana, ya que como en toda antología, por muy erudita y completa que fuere, no siempre están todos los que son, ni son todos los que están.

Sin embargo, valga recordar, aquí y ahora, que todo encomiable esfuerzo por rescatar y consignar lo mejor de la narrativa boliviana, es digno de ser valorado no sólo porque el tiempo que tomó la elaboración del proyecto, sino también por el significativo aporte a las letras nacionales, que necesitan de estudiosos serios como César Verduguez Gómez, para que las creaciones de los autores bolivianos se conozcan y reconozcan en el concierto de la literaria continental y universal.

Los autores que conforman esta obra, de acuerdo a los parámetros que se trazó el compilador, debían tener cuentos publicados en al menos diez antologías, ya sean nacionales o extranjeras. Así nos enteramos, por ejemplo, que los cuentos de Augusto Céspedes fueron publicados en 42 antologías, de las cuales 24 insertaron su cuento El pozo; un precioso relato ambientado en la Guerra del Chaco que, según la crítica especializada, es el cuento cumbre de su libro Sangre de mestizos y uno de los mejores de la literatura nacional.

Un dato que merece destacarse es el hecho de que en la antología se incluyó también el cuento En las montañas (Justicia India) de la escasa producción narrativa de Ricardo Jaimes Freyre, a quien se lo conoce, sobre todo, como a uno de los grandes innovadores de la poesía modernista latinoamericana y no así como a cuentista de buenos quilates. Otro dato, no menos sorprendente, es el hecho de que el cuento Tempestad en la cordillera, de Walter Guevara Arze, esté en once antologías, sobre todo, si se considera que éste fue el único cuento que escribió el autor, quien, de no haber sido ganado por la actividad política y la vida parlamentaria, pudo habernos legado una vasta y exquisita obra literaria.

Esta antología, desde todo punto de vista, reúne en sus páginas a los escritores más connotados de todos los tiempos. Desde los más clásicos, como Oscar Cerruto, Porfirio Díaz Machicao, Adolfo Costa du Rels, Augusto Guzmán, Adela Zamudio, María Virginia Estenssoro, Raúl Botelho Gosálvez, Néstor Taboada Terán y Adolfo Cáceres Romero, entre otros; hasta los escritores contemporáneos, que nacieron en la segunda mitad del siglo XX, como Manuel Vargas, René Bascopé Aspiazu, Alfonso Gumucio Dagrón, Marcela Gutiérrez, Homero Carvalho, Adolfo Cárdenas, Víctor Montoya, Edmundo Paz Soldán, Giovanna Rivero y Erika Bruzonic, entre otros.

Algunos autores participan con dos cuentos en esta antología, debido a la cantidad de menciones obtenidas en otras obras consultadas. Éste es el caso de Adela Zamudio, que figura con El vértigo y El velo de la purísima; Augusto Céspedes con El Pozo y La Paraguaya; Oscar Cerruto con El Circulo y Los buitres; César Verduguez Gómez con Hay un grito en tu silencio y Por nada en tus ojos; un detalle que, además de entregarnos lo mejor de la prosa creativa de cada autor, nos permite saber que hay cuentos que tienen un alto valor literario, tanto por el buen tratamiento del tema como por las técnicas narrativas empleadas en el género literario que nos ocupa.

La mayoría de los cuentos están escritos con un lenguaje intenso y una economía de palabras que elimina las descripciones supérfluas, conforme el lector no pierda el hilo argumental ni el efecto narrativo, en vista de que el cuento, a diferencia de la novela, no está concebido para ser leído por capítulos ni demora en llegar al desenlace, que está calibrado con tanta precisión como las primeras frases. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas”, escribió Horacio Quiroga en el “Decálogo del perfecto cuentista.

Estos cuentos, embellecidos por la imaginación y enardecidos por la pasión escritural, son una prueba clara de que los bolivianos cuentan con narradores de alto vuelo, capaces de hilvanar la realidad y la fantasía en un texto literario que, algunas veces, rompe con el frío esquema gramatical, sintáctico o semántico, para dar paso a otros recursos lingüísticos que permiten crear y recrear nuevas formas de expresión artística con el lenguaje coloquial, que es el principal instrumento de trabajo de los artesanos de la palabra escrita.

Los mejores cuentos de Bolivia (Antología de antologías II), compuesto por cuarenta y tres autores y  cuarenta siete cuentos, es una verdadera joya para quienes tienen preferencia por la narrativa breve, donde cada frase posee un significado concreto en armonía con la totalidad, ya que en el cuento, constituido por introducción, nudo y desenlace, los hechos están estructurados de manera centrípeta y la historia narrada puede ser leída de principio a fin, en pocas páginas y en poco tiempo.

En esta obra antológica, que es todo un cofre de textos bien escritos, no faltan los cuentos que deslumbran por su calidad intrínseca ni los cuentos que tienen un final inesperado, que sorprende al lector más avispado y exigente de nuestra literatura.

Al cabo de la lectura de Los mejores cuentos de Bolivia (Antología de antologías II), donde los personajes y los temas son tan variados como la misma composición sociocultural del país, uno tiene la súbita sensación de que las historias narradas nos invitan a sumergirnos en una suerte de caleidoscopio, donde se proyectan mundos hechos de realidad y fantasía, y donde los lectores pasan a ser los cómplices de las aventuras y desventuras de los personajes diseñados por la capacidad creativa de los escritores y escritoras, quienes dedicaron lo mejor de su talento en exaltar las virtudes del cuento, que es el príncipe entre los géneros literarios por su fuerza, precisión y elegancia.


Datos sobre el autor

César Verduguez Gómez (La Paz, 1941). Profesor, editor, cuentista, novelista y fabulista. Obtuvo el Primer Premio de cuento, Oruro, 1969, con Las Serpentinas del Diablo, Gran Premio Franz Tamayo, 1970, La Paz, con su libro de cuentos El Hombre Detenido, publicado dos años después en Buenos Aires, con el título de Lejos de la Noche. 1er.Premio del semanario Aquí, 1980, con No juguemos a la Revolución,  Primer  premio del Concurso nacional de Cuento en Cochabamba, 1992, con el libro Un gato encerrado en la Noche. Finalista en los Concursos  de Novela Erich Gutentag, de 1968 y 1994. Presidente de la Unión Nacional de Poetas de Cochabamba, 1995. Fundó el PEN-Bolivia (2da. Fundación) y presidió el mismo de 1995 a  1998. Vivió en Curitiba, Brasil.  Sus cuentos fueron traducidos y publicados en diversas antologías nacionales y extranjeras. Es autor de las siguientes obras: Cuentos: Mirando al Pueblo, Once,  Cuentos de Espanto, Rehúsa si te ofrecen morir en USA, Noviembre desnudo, Llorando se fue, El jorobado de Punata. Novelas: Las Babas de la Cárcel, Vivo en la misma soledad de tu sepulcro, La noche mordida por los perros, El rincón de los olvidos. Fábulas: Fábulas de Verduguez, El tordo y las nubes. Antologías: Las Serpentinas del Diablo, sus cuentos premiados, El cuento en las Américas, Los mejores cuentos de escritoras bolivianas, La fábula en Bolivia, Miedo, susto y pavor. Didáctica: Papel y Lápiz, Iniciación Literaria, Arte de la Declamación, técnica y antología. Artes Plásticas: Historia del Arte, Educación Artística, Dibujo Arquitectónico, Dibujo Técnico.

lunes, 18 de agosto de 2014


ESCRIBIR EN LA LENGUA MATERNA

Hace más de tres décadas que vivo en Estocolmo. Me muevo por sus calles como el pez en el agua y no me siento extranjero, aunque tengo un aspecto que me diferencia del común denominador de los suecos. Sin embargo, a pesar de haber transcurrido más de la mitad de mi vida en este país, escribí todos mis libros en mi lengua materna. Y no pocos me han preguntado: ¿Por qué en español y no en sueco?  La respuesta, como es natural, siempre ha sido la misma: porque el español es la lengua que tengo más cerca del corazón y la que aprendí en el pecho materno.

Para qué escribir en sueco, que apenas cuenta con algo más de 9 millones de practicantes, cuando puedo hacerlo en un idioma en permanente expansión geográfica y demográfica. Según datos del Instituto Cervantes existe un total de 548 millones de hablantes, 470 con dominio nativo y el resto con competencia limitada, entre los que hay 20 millones de estudiantes de español en diferentes países del mundo. Sólo en Estados Unidos, el número de hispanohablantes alcanza los 35 millones. Esta constatación permite afirmar que el idioma español se sitúa como la tercera lengua más hablada, tras el chino mandarín y el inglés.

Las cifras hablan por sí solas y nos recuerdan que escribir en español es ya una ventaja que no podemos ni debemos desecharla. Algunas encuestas revelan que les gustaría estudiar español al 17,7 por ciento de los franceses (8,3 millones de personas) y al 14,1 por ciento de los alemanes (9,5 millones), lo que demuestra el interés creciente por el idioma español, especialmente en Alemania, donde el Instituto Cervantes cuenta con tres centros -en Bremen, Múnich y Berlín, éste último el mayor de su red en el extranjero- y con cuatro centros en Francia, situados en París, Toulouse, Burdeos y Lyon.

Estos datos son congruentes a la hora de afirmar que el español va ganando terreno cada día. Por ejemplo, en Puerto Rico, el 5 de abril de 1991, se lo declaró idioma oficial y primer idioma de enseñanza, reafirmando así las raíces lingüísticas y culturales de este país caribeño, como bien dijo el poeta Pedro Salinas: La lengua no sólo es expresión del conocimiento, del saber racional lógico y de lo afectivo, sino es, a su vez, una afirmación de la personalidad nacional y de la conservación de las señas de identidad históricas.

Algunos dicen que si un latinoamericano no escribe en sueco, o publica su obra en una editorial cuyo nombre es Invandrarförlaget, corre el riego de ser clasificado como escritor inmigrante, como si ser invandrare (inmigrante) fuese un adjetivo peyorativo o sinónimo de malo y negativo; por el contrario, no tengo por qué acomplejarme de mis orígenes. Me siento orgulloso de pertenecer a una cultura tan rica y diversa como es la latinoamericana, donde confluyen Oriente y Occidente, con las milenarias culturas precolombinas.

Ser escritor inmigrante, contrariamente a lo que muchos se imaginan, es sinónimo de expansión y cosmopolitismo. El emigrante es un ciudadano del mundo; aquel que se aleja de su tierra para conocer otras nuevas y aprender que ningún país es el ombligo del mundo. No obstante, por ahí no faltan quienes, encubriendo su propio complejo de inferioridad, opinan que el escritor inmigrante sólo hace una literatura de gueto, con historias de los suburbios, como si el hecho de vivir en una zona residencial y escribir en sueco fuesen una garantía para ser mejor escritor; más todavía, estos criticones de pacotilla ignoran que la capacidad de un escritor no tiene nada que ver con su procedencia, ni con el lugar de su residencia, ni con el idioma en el cual escribe, sino con el valor ético y estético de su obra.

¿Quién dijo que escribir en español nos convertía en autores de segunda categoría? ¿Y quién dijo que escribir en sueco es una garantía para ser mejor escritor? Lo cierto es que la calidad literaria de un autor no depende del idioma en el que escribe, sino de su capacidad y talento a la hora de crear su obra, sea en el idioma que sea. Además, estoy convencido de que una obra bien escrita, en la lengua que fuere, será nomás traducida un buen día, como fueron traducidas las obras de los escritores más connotados de América Latina y el mundo. La prueba está en que muchos de los premios Nobel fueron reconocidos, justamente, por haber enriquecido el acervo de su comunidad lingüística y, por lo tanto, el de la literatura universal.

Escribir en sueco es una opción pero nunca una obligación para los autores latinoamericanos residentes en Suecia, quienes, como peces sacados del agua o como raíces arrancadas de cuajo, siguen escribiendo en su lengua materna, probablemente, porque consideran que el español tiene un círculo de lectores superior en relación a la población sueca, cuyo idioma no trasciende más allá de sus fronteras.

El derecho a escribir en la lengua materna, lejos de fomentar la segregación creciente, es un modo de convocar a la integración real de los individuos en una sociedad multilingüe y multicultural; pero, eso sí, manteniendo a salvo la diversidad idiomática y cultural, pues entiendo que integrarse plenamente no es lo mismo que teñirse el pelo ni hacerse el sueco, sino aprender a usar una lengua vehicular que nos permita comunicarnos mutuamente, al menos, para hacer más leve el castigo de Babel, donde hablar y entender otras lenguas implica enriquecer la propia lengua.

Mi literatura, como en el caso de una infinidad de escritores, ha sido creada casi íntegramente fuera del país que me vio nacer. Se trata, sin mayores preámbulos, de la escritura de un emigrado, quien lleva a cuestas una maleta con los frutos de su tierra. Y allí donde está, apenas abre la maleta con orgullo, se le escapan los olores, colores, sabores, voces, rostros e idiomas que identifican a su país de origen. El escritor, en este contexto, se torna en una suerte de nómada, quien va dejando huellas de identidad a lo largo de su itinerario, mientras su escritura, al no quedarse atrapada en un solo sitio, pasa a ser itinerante porque no conoce fronteras que la detengan ni vallas que la encierren como a una oveja en el redil.

Cuando se vive por mucho tiempo fuera del país de origen, se experimenta que, incluso, el estilo literario está salpicado de interferencias idiomáticas. Es inevitable que la lectura de textos en otros idiomas diferentes a la lengua materna influya en la obra de un escritor, tanto en lo sintáctico como en lo semántico. Vivir en una metrópoli, con personas procedentes de otros países hispanoamericanos, permite advertir que existen variantes lexicales, giros idiomáticos y expresiones regionales que, además de enriquecer el bagaje lingüístico del escritor, forman parte de un lenguaje que se hace cada vez más universal.

Si bien es cierto que, a pesar de haber vivido muchos años en una segunda patria, sigues escribiendo en tu lengua materna, que constituye una parte de tu identidad cultural, es cierto también que si escribes en un idioma que no es el vehículo de comunicación de las mayorías, puede limitarte en algunos sentidos, sobre todo, a la hora de publicar una obra y difundirla ampliamente en el país en el cual fijaste tu residencia. Por ejemplo, en Suecia no existen editoriales que publiquen libros en español ni un mercado que permita llegar hacia los lectores que, por razones obvias, se comunican en un idioma diferente al que usa el escritor inmigrante. Con todo, el simple hecho de vivir en otros países enriquece la experiencia y fortalece los conocimientos de cualquier ciudadano, venga de donde venga.

Debo manifestar que ser escritor inmigrante, al margen de toda consideración etnocentrista, no me ha perjudicado en lo personal ni en lo profesional. Estoy consciente de que vivir fuera del país de origen, estar en contacto con otras culturas, costumbres, idiomas, credos y razas, ha sido una experiencia estimulante y, consiguientemente, me ha ofrecido más ventajas que desventajas.

Nunca me molestó el apelativo de invandrar författare (escritor inmigrante), porque escribir en sueco -o hacerse el sueco- no es la solución para llegar a ser un autor leído en Escandinavia ni en otras regiones del planeta; de ser así, no contaríamos con escritores hispanoamericanos que gozan de prestigio internacional ni tendríamos a quienes, con méritos propios y escribiendo en la lengua de Cervantes, se hicieron merecedores del Premio Nobel de Literatura, ya que la buena obra de un buen autor es como la punta de una lanza que, una vez disparada, da en el blanco tarde o temprano.

Por las consideraciones anotadas, estoy orgulloso de escribir en mi lengua materna y no estoy dispuesto a sacrificarla por otro idioma que me ofrece menos posibilidades para difundir mi obra, sobre todo, cuando sé que la literatura hispanoamericana ha ganado un prestigio imperecedero en el contexto de la literatura universal.

Por lo demás, así escriba en otra lengua distinta a la que aprendí en el pecho materno, no dejaré de ser boliviano, como Kafka que escribía en alemán aunque nació en Praga, como Carlos Fuentes que escribía en español aunque vivía en Estados Unidos, o, por citar otro caso, como Adolfo Costa du Rels, quien, a pesar de haber escrito gran parte de su obra en francés, jamás dejó de considerarse escritor boliviano.

Sé de sobra que si García Márquez, Borges o Neruda hubiesen vivido en Suecia, y escrito sus obras en español, serían también considerados escritores inmigrantes, como Picasso, Dalí o Botero serían considerados pintores inmigrantes, así sus cuadros, como las partituras musicales, no conozcan más idiomas que el lenguaje universal de la imaginación, la sensibilidad y el amor por el arte.

El escritor, independientemente del país donde nació, es un trabajador de la cultura, que dedica su aptitud literaria a la colectividad, sin más pretensiones que la de expresar, por medio de la palabra escrita, los sentimientos y pensamientos inherentes a la condición humana. La escritura, en este contexto, no es más que un instrumento en manos de un autor que desea convertir en literatura todo cuanto concibe con los sentidos, instintos e intuiciones, sin importar mucho si se trata de un escritor nativo o de un escritor inmigrante, y menos aún si escribe su obra en español o en otro idioma que tiene más a mano y más cerca del corazón.

En lo que a mí respecta, siempre me consideré -¡y a mucha honra!- un escritor latinoamericano residente en Estocolmo. Y seguiré siendo como el Sancho de Cervantes, quien, a la pregunta de Don Quijote: ¿Qué sabes tú de la lengua?, contestó: Pues que sirve para pedir de comer, para insultar a pícaros y ladrones... Y, lo que es más importante, seguiré escribiendo en español, no sólo porque me permite manifestar con mayor lucidez mis pensamientos y sentimientos, sino también porque, con legítimo derecho, constituye mi lengua materna; una impronta cultural que marca de por vida y un instrumento de comunicación que se atesora desde la cuna hasta la tumba. 

miércoles, 13 de agosto de 2014


BEATRIZ SCHULZE ARANA,
ENCANTADORA DE LA LITERATURA INFANTIL

Beatriz Schulze Arana nació en Potosí el 24 de marzo de 1929 y falleció en La Paz el 6 de mayo del 2000. Cultivó la poesía y la prosa breve. Se cuenta que escribió desde su niñez hasta su muerte, acaecida en la Casa del Poeta, donde pasó los últimos años de su vida.

Esta escritora precoz, de actitud femenina y trato cordial, da la sensación de haber escrito desde siempre. No es casual que cuando tenía apenas nueve años de edad, el periódico Alas, de su ciudad natal, registró ya sus primeras poesías y los premios que obtuvo en los concursos literarios de su colegio.

Defendió los valores más sublimes de la condición humana, sin dejarse arrastrar por las corrientes literarias de moda ni dejar de escuchar los dictados de su fuero interior. Conforme a su personalidad tierna y serena, escribió una poesía cargada de espiritualidad y en tono suave como la brisa del mar.

Fue fundadora de la segunda generación del grupo Gesta Bárbara y miembro de la Academia Boliviana de la Lengua. Participó en varias instituciones culturales de La Paz, como el Círculo Femenino de Cultura Hispánica y el Comité de Literatura Infantil y Juvenil. Su trabajo altruista en el ámbito cultural fue reconocido en varias ciudades de Bolivia. En Potosí, la ciudad que la vio nacer, fue declarada Hija Predilecta, en 1968. Asimismo, fue condecorada por el Club del Libro Gesta Bárbara y por la Mesa Redonda Panamericana de Potosí. En La Paz, en 1986, la Alcaldía le concedió la Casa del Poeta, en mérito a su incansable labor literaria y debido al derrumbe que sufrió su vivienda. En Septiembre de 1997, en homenaje a su intensa labor cultural, fue distinguida por la Alcaldía de Potosí con el Cerro de Plata, en el grado de Comendador.

Una parte de su obra, tanto en verso como en prosa, fue traducida y publicada en antologías internacionales. Del valor ético y estético de sus poemas y cuentos se han escrito elogiosos comentarios; por ejemplo,  la chilena Gabriela Mistral, refiriéndose a sus versos para niños, dijo: … Sus poemas infantiles, Beatriz, van envueltos en un halo de verdadera belleza, además recrean, enseñan sin violencias, ejercitan la imaginación en los niños y abren surcos de bondad y de ternura…"  No es menos importante la opinión de Valentín Abecia Baldivieso, quien, con justa razón y conocimiento de causa, escribió: “Poesía sencilla la suya, muestra un espíritu tierno, espontáneo, que distrae con barquitos de luz y agua y con metáforas simples y, por eso mismo, originales y exquisitas. Todo en ella es recuerdo, ansiedad, imágenes sensitivas que las recoge con humildad: una escuelita, un niño, un trompo de colores…

Esta escritora de fuste, que ya en su etapa de madurez incursionó en la poesía infantil, supo usar su destreza en el manejo del lenguaje lírico para escribir versos que despiertan la fantasía de los niños, a modo de liberarlos de los textos didácticos que enseñan normas de buena conducta en las escuelas y los colegios. Lo mismo se aprecia en sus relatos breves, que abordan diversos temas donde las fronteras entre la realidad y la fantasía se pierden como tocados por una varita mágica.

La literatura escrita para los niños en nuestra patria, sin lugar a duda, cobró mayor fuerza desde que Beatriz Schulze Arana se dio a la tarea de elaborar la antología Semillero de luces, en 1981; un libro que reúne los cuentos y poemas más significativos de los mejores cultores de la literatura infantil boliviana. No en vano el nombre de esta escritora, que fue asidua colaborado de Presencia Literaria y otras publicaciones, se escribe con mayúsculas en los senderos que conducen hacia el conocimiento y el deleite de la literatura creada para los pequeños lectores de todos los tiempos.


Datos bibliográficos

Poesía: Lejanías (1945); Surcos de luz (1947); Por la escala del ensueño (1949); En el telar de las horas (1950); En el dintel de la noche (1951); Desvelo de lámpara (1958); Pompas de jabón (1963); Clarinadas de oro (1979); Burbujas de color (1979); La princesita calipso y el fausto ruiseñor (1980); Luces mágicas (1986). Antología: Clarinadas de oro (1979); Semillero de luces (1981).

domingo, 3 de agosto de 2014


LOS VECINOS

Desde el día en que me mudé a este edificio moderno, de tres pisos y nueve apartamentos, no he dejado de observar a cuatro de mis vecinos más cercanos, cuyos pasos sigo desde la ventana de mi cuarto. Los conozco a todos, pero no hablo con ninguno.

I

La vecina del lado izquierdo es una anciana que vive con una gata angora de pelo largo y sedoso. Usa vestidos oscuros y un sombrero bombín parecido al de las mujeres de mi pueblo. Tiene los cabellos áureos recogidos en un moño y unos lentes gruesos como el culo de la botella. Aunque carga el peso de los años, apoyada sobre el puño de un bastón, conserva la belleza de su juventud y la inocente sonrisa de su infancia.

Siempre la veo sola, sin hijos ni marido. Nadie toca el timbre de su puerta, salvo la muchacha que le ayuda en los menesteres del aseo, la compra y la comida.

Cuando sale a la calle, sale sola, y cuando vuelve de la calle, vuelve sola. Es la soledad acompañada por una gata de angora.

La gata salta de balcón en balcón y, al menor descuido, se mete por la ventana entreabierta de mi cuarto, decidida a marcar su territorio debajo de la cama, donde deja un olor insoportable que no me deja conciliar el sueño.

La gata, a diferencia de su dueña, es vital y juguetona, por eso pasa medio tiempo en la calle, agazapada al pie de un árbol, en cuyas ramas intenta atrapar a los pájaros, repartiendo zarpazos a diestra y siniestra.

La anciana sale al balcón, se apoya en la barandilla metálica y la llama por su nombre. La gata baja por el tronco como una ardilla y se mete en la habitación, atravesando como una jabalina por entre las piernas de la anciana, quien se vuelve sobre sus sandalias y cierra la puerta con el bastón.

Esta escena se repite día tras día, en tanto yo me digo: Más vale ser un hombre libre que una gata de angora con dueña.

II

El vecino del lado derecho es un hombre de ojos claros, pelo plateado y bigotes levantados al estilo Dalí. No sale de la corbata ni del abrigo, haga frío o haga calor. No tiene hijos ni esposa, salvo un perro de color marrón, orejas largas y cola de labrador.

El hombre conversa con el animal como un padre con su hijo. Cuando le suelta el lazo de la collera, el perro hace cabriolas y corre como un conejo acosado por otro perro. Es demasiado inquieto. Husmea, brinca y se desfoga, hasta que se detiene debajo de un árbol. Levanta la pata contra el tronco y orina mirando la mirada de su amo, quien enciende un cigarrillo a la misma hora y en el mismo lugar de siempre.

El perro, que luce la piel lisa y fina como el satén, se le acerca batiendo el rabo. El hombre se inclina, le acaricia el cogote y le ofrece un terrón de azúcar. Unas veces desaparecen en dirección al bosque; otras, en dirección a la puerta de entrada, donde el perro ladra al vacío y el hombre apaga la colilla del cigarrillo.

Yo, escondido como un cangrejo ermitaño, los veo pasar por delante de la ventana, mientras mis suspiros inundan el cuarto y el pensamiento me grita: ¡No hay mejor remedio contra la soledad que la compañía de un perro!

III

En el apartamento de abajo vive un muchacho que tiene aspecto de bohemio y un aro de oro en la oreja. Viste pantalones de cuero negro, botines de tejano y un chaleco ajustado sobre un jersey sin cuello. Tiene los brazos tatuados con imágenes de serpientes y el pelo atusado al estilo del último mohicano.

De lunes a viernes, a eso del mediodía, lo veo cruzar por la calle, cargando el estuche de una guitarra eléctrica. Los fines de semana, a poco de caer la noche, lo veo llegar acompañado de una muchacha de jeans ajustados y blusas vaporosas.

Cuando se juntan comienza el infierno de la música rock, con intervalos de un amor desenfrenado, ya que la muchacha, en el crescendo del orgasmo, grita como las mujeres entregadas a una pasión sadomasoquista. A ratos los imagino desnudos y tendidos sobre la cama; a él bufando como animal salvaje y a ella devorándolo con las bocas húmedas de su cuerpo.

Por un tiempo vuelve la calma, seguida por risas y palabras. Después vuelve la música, cuyas vibraciones sacuden las paredes de mi cuarto cual el lomo de un caballo al galope. Si la música se hace insoportable, no me queda otro remedio que pedirles silencio. Pero ellos se hacen los suecos. Se ríen de mí y del mundo. Viven su vida a lo locos y a lo locos hacen el amor, moviendo el cuerpo al compás del rock.

IV

En el apartamento de arriba vive una mujer morena, capaz de voltear a cualquiera con el imán de su belleza. La observo desde el mirador de la puerta, por donde cruza meneando las caderas con la cadencia de las bailarinas de salsa; tiene los ojos grandes, la mirada misteriosa, los labios carnosos y la piel de color laurel. Es de Etiopía o Eritrea. No es negra ni mulata, pero tiene los senos abultados y las nalgas retrepadas. Sus rodillas dividen sus piernas en dos partes iguales, el contorno de sus muslos es el doble que el contorno de sus brazos a la altura del bíceps, y el contorno de sus pantorrillas, exactamente igual que el contorno de su cuello. Camina cruzando los pies como las modelos de pasarela y viste prendas de colores vivos y estampas estridentes.

La observo cada vez que pasa frente a mi ventana, por eso sé cómo es y cómo se viste durante las cuatro estaciones del año: en primavera se parece a una flor abierta en plenitud; en verano se viste con blusas escotadas, muy pegadas al torso, dejando entrever los frutos maduros de su pecho; en otoño usa trajes combinados con el color variopinto de la naturaleza; en invierno se abriga de pies a cabeza, como la mariposa que retorna a su capullo después de haber revoloteado entre las rosas.

El día en que nos encontramos en la lavandería, cara a cara, no me dirigió la palabra ni la mirada. Giró sobre sí misma y aligeró el paso hacia la puerta. La seguí con la mirada, hasta que desapareció arreando el aire con el contoneo de sus caderas.

A veces sueño con ella, y la siento cerca, muy cerca. Ella me recorre con la oscuridad de su cuerpo y me recuerda: Soy la vecina que vive en el apartamento de arriba. Despierto desesperado, la busco en la cama y no la encuentro. Entonces me digo: Mañana, mañana volveré a contemplar el fulgor de su belleza.

viernes, 25 de julio de 2014


LOS ANDES NO CREEN EN DIOS

La realidad minera llega una vez más al séptimo arte. Ya antes se habían rodado Aiza, basado en un cuento del mismo nombre de Oscar Soria Gamarra, y Socavones de angustia, inspirado en la novela de Fernando Ramírez Velarde; dos verdaderos impulsores de la literatura minera del siglo XX.

Los Andes no creen en Dios, cuyo guión fue el resultado de una interpretación libre de una novela y dos cuentos de Adolfo Costa du Rels, es una mega producción que cuenta en su reparto con actores de primera línea. Se trata de una película que, como pocas veces, intenta hacer justicia a la obra literaria. La novela Los Andes no creen en Dios y los cuentos Plata del diablo y La Misk’i Simi (la de la boca dulce, en quechua), ambientados en la población minera de Uyuni y otras regiones aledañas de Potosí, redescubren una Bolivia de los años 1920-40; época en que la explotación de los yacimientos minerales experimentaba un auge y un esplendor sin precedentes.

La producción de la película demuestra que la realidad minera es -y seguirá siendo- una de las vertientes más representativas de la literatura boliviana, no sólo porque la minería fue en el siglo pasado la columna vertebral de la economía nacional, sino también porque las minas fueron escenarios donde confluyeron tanto los consorcios imperialistas como las luchas sindicales. De ahí que la película, dirigida por el prestigioso cineasta Antonio Eguino, además de ser un aporte importante a la cinematografía nacional, es un sentido homenaje a quienes forjaron la historia de la minería en la cordillera de los Andes.

Sin embargo, debe aclararse que en la obra de Costa du Rels, como en la de sus colegas contemporáneos, la mina está contemplada desde fuera, desde la perspectiva del intelectual pequeño burgués, y no desde el interior de la mina, donde los trabajadores, en su mayoría de ascendencia indígena, dejan sus pulmones perforados por la silicosis, y donde el sincretismo religioso permite que, junto al Dios importado por los conquistadores, sobrevivan los dioses ancestrales de las culturas precolombinas como es el Tío, dios y diablo de la mitología andina, cuyas peculiaridades profanas lo convierten en el dueño de las riquezas minerales y en el amo de los mineros.

Todo el argumento comienza cuando el protagonista principal, Alfonso Claros, un joven ingeniero con estudios en Francia e inquietudes literarias, llega en el tren internacional a Uyuni, pueblo donde el embrujo del metal del diablo les sonríe tanto a los trabajadores como a los dueños de la empresa. Uyuni es el escenario donde convergen algunos personajes cuyas existencias, en afán de hacer fortuna y encontrar y un amor furtivo, entran en un juego de pasiones y frustraciones motivadas por la sensualidad de una chola que los cautiva con su orgullo y su belleza.

Alfonso, como suele ocurrir en las novelas y los cuentos de ambiente minero, queda deslumbrado por Claudina, un nombre que nos recuerda también a la chichera retratada en la novela La Chaskañawi, de Carlos Medinaceli, y en Las tierras del Potosí, de Jaime Mendoza. El tema del encholamiento en estas obras es concluyente: el intelectual de clase media que, tras mantener una relación apasionada con la mujer mestiza y sucumbir en dolor por el amor no correspondido, acaba frustrado por una realidad donde se imponen los prejuicios sociales y raciales.

Alfonso y Joaquín Ávila (el juerguista que busca fortuna para poder contraer matrimonio en Cochabamba y a quien Claudina se le une por despecho hacia Alfonso), son los típicos representantes de los jóvenes de clase media que se instalan en los centros mineros, con la ilusión de ganar dinero a manos llenas, una ilusión y una trayectoria que, por el hilo argumental de la película, nos recuerda al estudiante de medicina que protagoniza la novela “En las tierras del Potosí”, de Jaime Mendoza.

¿Quién es Claudina Morales, apodada la Misk’i Simi? Es el arquetipo de la seductora de cuanto hombre se le cruza en el camino, la que los conquista con su chicha punateña, sus platos picantes y su hermosura; la que rompe con los códigos morales establecidos por la religión católica y, como es natural, la causante de la enemistad que surge entre Alfonso y Joaquín, a quienes los destruye emocionalmente con su soberbia y sus encantos. Ella, lejos de ser la cazafortunas capaz de aceptar un marido por conveniencia, es la hembra que hace prevalecer su dignidad y su condición de raza y de clase.


Por otro lado, cabe supone que un pueblo que goza de prosperidad económica no sólo se llena de chicherías, sino también de casas de citas, a pesar del fanatismo religioso y la intolerancia moralizadora de las beatas, quienes acaban cruelmente con la vida de la chilena Clota, regenta de uno de los burdeles más mentados y visitados por los hombres más influyentes de la empresa minera de Uyuni, compuesta por técnicos bolivianos, ingleses, escoceses, americanos y franceses.

Si bien la película no recrea con acierto el habla popular, destaca por su precisión en el manejo de los usos y costumbres de la época, y en la caracterización de los protagonistas que, exentos de todo maniqueísmo, se muestran con sus luces y sus sombras. Asimismo, aparecen retratados los dirigentes locales, los comerciantes, el alcalde, el cura y sus feligresas de la legión de santa Catalina, que son las guardianas de la moral y las buenas costumbres conyugales. Y, como no podía faltar, está presente Genaro Subicueta, cateador empírico de las rocas minerales, un ser obsesionado por encontrar los filones más ricos de plata y un personaje que representa de algún modo a los titanes de las montañas, debido a su labor relacionada con el trabajo en el interior de la mina.

Antonio Eguino, para lograr mayores efectos y al mejor estilo del género western, introduce el espectacular atraco, a mano armada y a lomo de caballo, por una banda de delincuentes norteamericanos a un tren de pasajeros que transporta una importante remesa de dinero y la desaparición de dos cateadores de minerales bajo una tormenta de nieve en los Andes. Todo esto combinado con el ulular del viento en las quebradas, la belleza impresionante del salar de Uyuni y las excelentes fotografías de otros paisajes del altiplano boliviano.

Los Andes no creen en Dios, que comienza y termina con un viaje alegórico en tren, tiene la virtud de recrear, veinte años más tarde, los recuerdos que permanecen vivos en la mente de Alfonso Claros, quien se encuentra en la estación ferroviaria con su envejecido amigo Joaquín y se enfrenta a los tristes fantasmas de su pasado, como en toda buena narración donde la historia está contada de manera retrospectiva.

No es posible terminar esta nota sin referirnos brevemente a la vida y obra de Adolfo Costa du Rels (1891-1980), uno de los pocos escritores bolivianos que logró universalizar su nombre, tras haber sido galardonado con el Premio Gulbenkián  por su drama Los Estandartes del Rey (1957). Hijo de padre francés y madre boliviana. Cursó estudios en Francia, ejerció la diplomacia, fue cateador de minas, empleado de banco, buscador de petróleo y distinguido con varias condecoraciones. Dejó una extensa obra escrita en francés y español, y casi todas basadas en sus experiencias personales y en temas bolivianos. Los cuentos Plata del diablo y La Miskki Simi, que sirvieron para el guión de la película que nos ocupa, forman parte del libro “El embrujo del oro”.

Entre sus obras principales destacan: Hacia el atardecer (1919), El traje del arlequín (1921), Tierras hechizadas (1940), Las fuerzas del mal (1944), El embrujo del oro (1948), Los cruzados de alta mar (1954), Laguna H-3 (1967), Los Estandartes del Rey (1974) y Los Andes no creen en Dios (1973). Los cuentos Plata del diablo y La Miskki Simi, que sirvieron para el guión de la película que nos ocupa, forman parte del libro El embrujo del oro.

martes, 22 de julio de 2014


LO FEO Y LO BELLO

En una sociedad de desenfrenado consumo, competencia y superficialidad, el culto a la anatomía humana es cada vez más evidente a través de las dietas milagrosas, la proliferación de gimnasios y las operaciones estéticas. Tanto hombres como mujeres adquieren productos cosméticos y practican deportes para mantenerse en forma, como manifestando que valoran más su cuerpo que su salario y anteponen su rostro a su cerebro.

Pero, en realidad, ¿qué es la belleza? Un fenómeno subjetivo e individual, relacionado con los valores estéticos de una cultura determinada, pues lo que es bello para unos, puede ser feo para otros. Si para los griegos antiguos era bello el físico musculoso de un hombre, para los chinos eran bellos los pies atrofiados de una mujer; si la piel lozana es bella para los franceses, la piel labrada y horadada es bella para los beduinos del desierto. Es decir, las apreciaciones de la fealdad y la belleza dependen de la escala de valores estéticos que prevalecen en cada época y cultura.

Así, en Occidente, los atributos de belleza están relacionados con los ojos grandes, la nariz recta, los labios delgados y el pelo lacio. Y quienes nacen desprovistos de estos rasgos, no tienen otro remedio que vivir maldiciendo o someterse al bisturí del cirujano, un verdadero artista que crea una nueva imagen sobre la base de una materia noble aún no inventada. Y si la persona, que se sometió a esta carnicería humana, no se reconoce frente al espejo o se siente vivir como embutida en pellejo ajeno, será mejor que se quite la vida de un tiro o se lance al precipicio, porque la cirugía estética, que jamás podrá contra la muerte, no garantiza el cambio sustancial de la personalidad humana, como no define lo que es feo ni lo que es bello.

Desde que los japoneses se operaron los ojos para parecerse a los occidentales y Michael Jackson decidió dejar de ser negro para convertirse en el precursor de un mestizaje perfecto, son miles ya los adolescentes que llegan a los quirófanos con la fotografía de su ídolo en la mano, para que el cirujano haga en ellos un milagro. Sin embargo, lo que desconocen estos adolescentes, que padecen del síndrome de Michael Jackson, es que su ídolo pertenecía a una raza inferior en una sociedad competitiva, en la cual una persona negra, gorda y vieja era más discriminada que una persona blanca, joven y esbelta.

De modo que los estereotipos de lo feo y lo bello están asociados a la discriminación racial y a la supuesta supremacía del hombre blanco. No es casual que desde la colonización de América, Asia, África y Australia, prevalezca el criterio de que la fealdad es sinónimo de negro, indio, gitano, judío o árabe. Por lo tanto, en una sociedad cuyos parámetros estéticos están impuestos por los modistas y estilistas de Occidente, el negro tiende a ser cada vez más blanco y el blanco cada vez más perfecto; es más, se vuelve a hablar de la biología racial como en los tiempos del nazismo alemán, que propagó la teoría de que la raza aria no sólo era la más bella, sino también la más inteligente y perfecta.

Como si fuese poco, no faltan quienes exaltan la supremacía y belleza de la raza blanca, arguyendo que la mujer rubia -piernas largas, nalgas redondas, pechos firmes, labios sensuales y ojos seductores- sigue siendo la mujer ideal con la que sueñan la mayoría de los hombres, sobre todo, en los países del llamado Tercer Mundo, donde las blancas son más cotizadas que las indias o negras; primero, debido a las condiciones socioeconómicas impuestas por una minoría blancoide desde la época de la colonia; y, segundo, debido a la discriminación racial y al complejo de inferioridad que sobrevive en el subconsciente colectivo de las culturas colonizadas.

La escala de valores estéticos preestablecidos, más que hacer un bien a la colectividad, daña la autoestima de las personas que se sienten feas por ser gordas, negras o bajas; habida cuenta de que el estereotipo de la mujer bella es sinónimo de esbelta, rubia y alta; un parámetro que permanece vigente desde la época de la colonia, en la que se forjó la idea de que los blancos eran los salvadores de la humanidad y los indios los culpables de todos los males.
     
Del colonialismo se heredó también el prejuicio racial de creer que el blanco es mejor que el negro y que el gringo es mejor que el indio; valores relativos que los epígonos de la biología racial se han ocupado de universalizarlos como verdades absolutas, ya que si miramos nuestra realidad con otra lupa es probable que encontremos a una gringa fea y a una india bella. Todo dependerá de los gustos estéticos que se manejen, porque así como a unos les gusta una gordita, a otros les apasiona una flaquita; tampoco faltan quienes prefieren a las mujeres hechas a golpes de silicona y cirugías estéticas, porque como bien dice el sabio proverbio: Sobre gustos no hay disgustos.

Por consiguiente, valga aclarar que el concepto de lo que es bello y lo que es feo, más que ser una valoración compartida por todos, es una imposición arbitraria de las corrientes de moda, que establecen lo que es bello y lo que es feo, como los padres del moralismo trasnochado repiten lo que es bueno y lo que es malo en la conducta de una persona sujeta a determinadas normas ético-morales.

Si antes las mujeres se sometían a un tratamiento especial para estirarse la piel de la cara, replantarse los cabellos perdidos o eliminar las grasas del cuerpo; ahora, cuando se ha puesto de moda la “tetomanía” -estoy pensando en Dolly Parton- y los vestidos que marcan, no basta ya con tener la piel tersa como la porcelana o la cinturita de avispa, sino también las nalgas de Jennifer López, las caderas de Shakira y los pechos de Pamela Andersen, cuyas figuras se han convertido en los tótems de nuestro tiempo.

El otro prototipo perfecto es Marilyn Monroe, la rubia de ojos azules y voz trémula de niñita mimosa, cuya belleza, deslumbrante como una estrella, le abrió las puertas de Hollywood, donde interpretó papeles turbulentos, hechos a la medida de su propia vida, tan desastrosa como otras vidas que jamás se cuentan en público, que no se leen en revistas ni periódicos, pero que existen en el silencio y el anonimato, entre las mujeres que sueñan en parecerse, tanto en el rubio platinado de su pelo como en el fulgor de su belleza, a Marilyn Monroe.

Este síndrome colectivo, además de representar el menosprecio y la discriminación racial contra las razas no occidentales, ha creado una inseguridad personal en las mujeres que, en su intento por parecerse a las muchachas de pasarela, cuyas medidas son 96 cm. de busto, 46 cm. de cintura y 86 cm. de caderas, deciden transformar su cuerpo con la ayuda de la cirugía estética, que les agrega lo que les falta y les quita lo que tienen de sobra.


El cuento de Blancanieves y su madrastra perversa, no es más que un alegato de quienes, superado el meridiano de su vida, tienen el deseo de conservarse jóvenes a cualquier precio, puesto que la vejez, reflejada en el espejo, es más temida que el fantasma de la muerte. Quizás por eso la madrastra de Blancanieves, que vivía atormentada por la juventud y belleza de su hijastra, se consolaba preguntándole al espejo de su alcoba: Espejito, espejito, ¿quién es la más bella de este reino? El espejo le mentía y contestaba: Tú, mi reina...

Por suerte, la mujer moderna puede sobrevivir al dilema de la madrastra de Blancanieves, pues no necesita ya avergonzarse de su apariencia física ni poseer un espejito que le mienta. Si no se siente a gusto consigo misma, puede someterse al filo del bisturí y operarse la cara con la misma facilidad con que se opera los senos, los glúteos y las celulitis de las piernas, ya que el avance estrepitoso de la cirugía estética le ofrece la posibilidad de parecerse al juguete de su infancia, a esa mujer rubia y esbelta que responde al nombre de Barbie, la muñequita que se vende en más de 140 países y constituye el juguete predilecto de las niñas del Tercer Mundo, al menos si la comparamos con Matina Patina Patina, Li’l Miss Sirenita, Olly Pocket y Pottajonta.

Ante esta realidad, que parece confirmar la tesis de que las relaciones humanas giran más en torno a la anatomía que a la economía, son cada vez más las mujeres que se elevan las nalgas o se aumentan las mamas con prótesis de silicona que, por desgracia, a veces revientan como globos o quedan desproporcionados con relación al peso y la estatura. Pero como esto parece no importarle a nadie -y menos a quienes se dan el lujo de pagar una cirugía estética con dinero contante y sonante-, sigue aumentando la ola de señoras que se ponen la mano al pecho y calculan su valor.

Y mientras son miles quienes aguardan su turno para pasar por el mágico bisturí de la cirugía estética, y las encuestas revelan que los hombres -además de haber desbaratado el dicho popular: Un hombre es como el oso, mientras más feo, más hermoso- dedican tanto tiempo como las mujeres al cuidado de su figura; en tanto la cirugía estética, convertida en un negocio millonario, sigue avanzando a contrapelo de la teoría darwinista sobre la evolución y selección natural de las especies, puesto que es capaz de trastocar las leyes de la naturaleza y cambiarles a los humanos la cara y el cuerpo, como si con esto se quisiera hacer de los hombres más hombres y de las mujeres más mujeres, aun sabiendo que la belleza no es aquello que se lleva por encima, sino aquello que se lleva por dentro, y que la felicidad plena de una persona no está en la belleza ni en la riqueza.

Lo cierto es que el mundo de la biología se encuentra en su fulgurante desarrollo, y esto implica tener un nuevo concepto en el orden científico y ético, pues no sólo se cuenta con una cirugía estética funcional, sino también con una alta ingeniería genética que reproduce niños probetas, con espermas donados y úteros alquilados. En síntesis, si es posible concebir mediante una inseminación artificial, entonces es más simple modificar las facciones de quienes viven aquejados por su fealdad y una verdadera esperanza para quienes prefieren morir transformados pero contentos.

Por lo demás, queda claro que en toda sociedad superficial y competitiva, donde reina la discriminación y el racismo, tiene mucho más valor la apariencia física, el bienestar económico y el estatus social de una persona, que los valores humanista de quienes, lejos de los estereotipos de lo bello y lo feo, se empeñan por construir un mundo donde todos se miren con la misma lupa y se midan con la misma vara, a pesar de las diferencias sociales, culturales, raciales, políticas y religiosas.