lunes, 4 de enero de 2016



HANS CHRISTIAN ANDERSEN,
UN CISNE DE ALTO VUELO

Vida en la pobreza

Hans Christian Andersen (Odense, 1805-Copenhague, 1875) nació en el seno de una familia humilde, cuyo ámbito estaba signado por la suciedad y la pobreza, la promiscuidad y la prostitución. Su abuelo paterno era loco y su abuelo materno mitómano patológico.

El niño Hans Christian sentía pavor cada vez que veía a su abuelo paterno deambulando por las calles de Odense. En su autobiografía, El cuento de mi vida, apuntó que sólo una vez le dirigió la palabra, y que su abuelo, en estado de delirio, le contestó con palabras ininteligibles, como refiriéndose al vacío.

Su abuela materna ejerció la prostitución y tuvo tres hijas para tres maridos. Las tres experimentaron una infancia llena de sobresaltos y sobrevivieron a pan y agua. La mayor empezó vendiendo su cuerpo y acabó siendo propietaria de un burdel en Copenhague. La otra fue Anne Marie, la madre de Hans Christian.

Los primeros testimonios refieren que su madre fue abnegada e indulgente con sus hijos, cumplidora con los quehaceres domésticos y que su pequeña familia era una de las más prósperas del barrio; en tanto otros testimonios revelan que fue mujer de vida alegre, que tuvo una hija fuera del matrimonio, que doblaba en edad a su marido y era adicta al alcohol.

Su padre, Hans Andersen, era zapatero remendón y persona racional, quien creía más en la bondad humana que en los milagros de la divinidad. No fue esposo ideal pero sí un padre ejemplar. Durante el día, mientras estaquillaba suelas, estimulaba la fantasía de su pequeño hijo con relatos de la tradición oral, y en las noches de insomnio, sentado al borde de la cama, leía en voz alta los cuentos adaptados de Las mil y una noches, antes de que Hans Christian se entregara a merced del sueño, con las maravillosas aventuras de Simbad, el marino.

Algunas veces jugaba solo en el cuarto y otras se marchaba al campo a contemplar la naturaleza, pues era un niño de carácter tímido y retraído. Pasaba más tiempo con sus títeres que con sus amigos, aunque ya entonces intuía que un día llegaría a ser famoso, si no era como cantor, al menos como actor o escritor. Nunca puso en duda su talento artístico. La prueba está en que siendo muy niño se construyó un pequeño teatro, donde hacía de actor y espectador, valiéndose del soliloquio y la imaginación.

Cuando murió su padre a la edad de 34 años, y era velado en la cocina en medio de un silencio sepulcral, recuerda que su madre, una mujer inculta y supersticiosa, le señaló la garganta de su padre y dijo: Allí están las huellas de las uñas del demonio que vino a llevárselo. Esa escena diabólica lo acosó a lo largo de su vida, y, mientras más viejo se hacía, era mayor el temor que sentía a perder el juicio de la razón como su abuelo.

Hans Christian terminó la escuela de pobres con pésimos resultados en lectura, escritura y matemáticas. De modo que su madre, quien contrajo segundas nupcias con otro zapatero remendón, no se hizo más ilusiones que hacer de su hijo un buen sastre, pues si aprendió a coser ropas para sus títeres, cómo no podía confeccionar trajes para las personas mayores. Así, al asomar al umbral de la adolescencia, trabajó en una fábrica textil, alternando ese oficio con el canto, hasta que cierto día escuchó la voz del capataz, quien, refiriéndose a su actitud afeminada, le dijo: Tú no eres un hombre, sino una virgen, una expresión que desató la risa de sus compañeros y la furia de Hans Christian, quien abandonó el trabajo sin mayores explicaciones.

En Odense asistió a algunas representaciones teatrales, las cuales lo motivaron a probar su vida como actor. Además, el timbre de su voz, su fantasía para improvisar los diálogos y sus movimientos espontáneos, eran recursos a su favor. Él mismo reconoció después que todo lo que oía en sus cantares, en la declamación de sus versos y en los monólogos, lo indujeron a pensar que había nacido para el teatro; allí se haría famoso con un poco de ingenio y otro poco de paciencia. 

Cuando murió su madre de delírium tremes en un asilo de su ciudad natal, Hans Christian se vio obligado a sobrevivir solo. A los 14 años, sin otra propiedad que su prodigiosa fantasía, abandonó su casa en Odense y se mudó a Copenhague, esperanzado en trabajar en algún grupo de teatro. Pero ni bien llegó a la capital, nadie quiso saber de él ni de sus proyectos. Pasó hambre y frío en un gueto, compartiendo su suerte con los más necesitados, hasta que en 1822 conoció a Jonas Collin, quien, convencido del talento de su amigo, decidió ayudarlo en su cometido. Para empezar, le consiguió una beca en la escuela latina de Slagelse, considerando su deficiente destreza en la lectura y escritura.

El joven Hans Christian, golpeado por el mundo capitalino, en trance de bailarín, cantor y actor, se instruyó gracias al respaldo económico de su benefactor. Venció los exámenes de bachillerato a los 23 años y asumió en serio su vocación literaria. Escribió poemas, entretuvo a los niños narrándoles cuentos y, en sus horas libres, recortó siluetas de libros y revistas, para luego pegarlas en unos cuadernos, junto a versos y cuentos breves.

Escritor de los niños

Hans Christian Andersen modernizó el cuento popular a partir de su mundo existencial y la realidad cotidiana. Él, como todo gran escritor, concedió vida a todo lo que imaginaba, como un niño concede vida a sus juguetes.

En los albores de su vocación literaria, sus cuentos comenzaban de la manera clásica: Érase una vez... había una vez... hace muchos años.... Pero después, cuando encontró su propio estilo, usó frases vinculadas con la naturaleza: ...¡Qué frío hacía! Nevaba y comenzaba a oscurecer... ¡Qué hermoso estaba el campo! Era verano...

En la extensa producción de Andersen no se encuentran cuentos que hagan reír, sino cuentos que plantean la crueldad y la ternura de un modo sutil. Ahí tenemos El patito feo, cuyo tema, que refleja el fuero interno de su autor, es una suerte de alegoría autobiográfica. Los cuentos de Andersen son tristes, a veces demasiado tristes, pero el hondo lirismo de su prosa, más su capacidad para recrear atmósferas de gran intensidad poética, tornan mansamente suave ese dolor que, así depurado, culmina casi siempre en un final feliz, como suelen terminar los cuentos infantiles.

Para Andersen fue difícil separar la leyenda de la historia y la realidad de la fantasía. Él recreó estéticamente los cuentos populares escuchados en su infancia, en las cámaras de tejer, las cosechas de campiña y los barrios del pobrerío. No se limitó a transcribir los cuentos de la tradición oral al estilo de Charles Perrault y los hermanos Grimm, sino que les dio un tratamiento literario para atrapar la atención de los lectores.

Es digno destacar que, durante mucho tiempo, Andersen estuvo influenciado no sólo por Perrault y los Grimm, sino también por los hermanos Orsted, cuyos trabajos en el campo de las ciencias naturales le sirvieron para asimilar los conceptos: Det gode, det skönne og det sade (Lo bueno, lo bello y lo feo).

El mito, la leyenda y la historia, son materias primas que Andersen transformó en verdaderas joyas literarias. La estructura de sus cuentos es simple y su eje temático gira en torno a las clásicas contradicciones humanas. Nadie como él supo penetrar en ese calidoscopio misterioso que es el mundo de los seres y las cosas. Aborda una temática múltiple de la condición humana: el amor, el dolor, la necesidad, el orgullo, el egoísmo, la crueldad, el dualismo; en fin, llega a plantear hasta la problemática del bien y del mal con todos sus recovecos (Elizagaray, M-A., 1975, p. 90).

El joven Andersen recogió sus mejores cuentos en el folleto Eventyr i fartalte för barns (Cuentos para los niños). Y, a partir de entonces, no dejó de publicar otros que serían traducidos a diversos idiomas e ilustrados por artistas de reconocida trayectoria, como es el caso de Wilhem Petersen y Lorens Frolich.

Entre 1835 y 1872 escribió 156 cuentos, casi todos destinados a los niños. Al mismo tiempo, aparte de esta abundante colección de cuentos, que son verdaderas obras maestras en su género, publicó los libros: Melodías del corazón, El improvisor, El cuento de mi vida, Líricas, Fantasías y bosquejos y Álbum sin rostros. Todos ellos con un estilo claro y sencillo, al alcance tanto de los niños como de los adultos.

Andersen escribió en sociolectos correspondientes al código lingüístico restringido del proletariado y al código elaborado de la aristocracia. Según sus biógrafos, en el instante de escribir sus vivencias y contradicciones internas, pensaba en el sociolecto que aprendió de su madre y escribía en el sociolecto que se prestó de la aristocracia, un estilo que influyó a varios escritores escandinavos, a August Strindberg y Selma Logerlöf, entre otros.

Se dice con justa razón que Dinamarca produjo al fénix de los escritores para niños, pues cada vez que Andersen escribía cuentos, tenía presente al niño en su mente. Esto trasluce una carta que le envió a Ingemann, en 1835, en la cual confesó que escribía sus cuentos como si se los contara directamente a los niños, aunque no gustaba tenerlos a su alrededor, probablemente, porque él mismo fue un niño maltratado y desolado, que recurrió a la fantasía para defenderse de su entorno.

Fama y desventura

Hans Christian Andersen, en principio, escribió más para satisfacer a Jonas Collin que a sus lectores, quizás por eso escribió tantos cuentos dedicados a la familia Collin, los mismos que no vacilaron en despreciarlo por su fealdad física; desprecio que Andersen volcó con maestría en su cuento El patito feo, en el cual describe su propio destino, ese destino cenicientesco de quien nace entre las clases más bajas y vuela como un cisne hasta los salones de la aristocracia.

Nadie pensó, hasta 1830, que este hombre de nariz prominente y curva, piernas largas, brazos delgados y pasitrote ridículo, llegaría a ser un día el escritor más famoso de la literatura infantil y el príncipe de los escritores para niños. Elías Bredsdorff, uno de sus mayores biógrafos, dice: En términos modernos, Andersen era un hombre nacido en el seno de un semiproletariado carente de toda conciencia de clase, pero en su vida privada se elevó a la altura de la más refinada aristocracia (Zipes, J., 1984, p. 88).

Jamás dejó de sentir vergüenza de su origen de clase. En junio de 1850, apuntó en su diario: un vagabundo miserable estaba en el puerto. Sentí temor de que me reconociera, temor de que me insultara y dijera que era un paria ascendido a una casta superior (Enquist, P-O., 1984, p. 12). Mas el vagabundo no le dirigió la palabra ni la mirada, pues aparentemente sabía que ese hombre de sombrero alto, abrigo negro, bastón en mano, tuvo siempre delirios de grandeza y la ciega ambición de vivir en la opulencia.

Su fama, más que darle satisfacciones, le provocaba espasmos. Estaba consciente de que ni el rey ni el Papa se escapaban de sus escritos. Señores y vasallos leían sus cuentos en las calles y las recámaras, mientras en él cundía la soledad y la angustia; una actitud que, contrariamente a lo que muchos se imaginan, no le impedía sentir ganas de compartir su vida con una mujer, así sea por contados minutos.

En Francia compró el lecho de una prostituta turca, pero su intención no llegó más allá de la conversación. No le movió ni un pelo durante la noche, pero se enteró por boca de ella cómo se iluminaba Constantinopla en el cumpleaños de Mohamed. Y, tras oír esa historia, similar a los relatados por Scheherazade en Las mil y una noches, sintió una huracanada de ternura y lástima en el corazón. La situación de la prostituta le traía reminiscencias del pasado, recordándole a su tía y su abuela, y le provocaba una pena tan grande al saber que la prostituta, en cualquier instante y lugar, se entregaría al primer postor.

Andersen estuvo varias veces enamorado, y las sensaciones de esos amores platónicos formaron parte de sus cuentos. La última mujer a quien ofreció su amor fue la cantante Jenny Lina, musa que lo inspiró a escribir El ruiseñor. Cuando la cantante se enteró de las pretensiones del poeta, quien vivía aquejado de su fealdad, le envió un espejo de regalo. El poeta enamorado se miró la cara por todos los costados y comprendió el significado del mensaje.

En el ocaso de su vida, su mayor temor era que lo enterraran vivo, ya sea por enemistad o por descuido, por eso dejó recomendado que, el día en que cerrara definitivamente los ojos, le cortaran una vena para comprobar que estaba muerto y que no había peligro de enterrarlo vivo.

¿Era hijo de nobles?

El historiador Jens Jørgensen, rector de la escuela Slagelse de Copenhague, institución en la cual cursó estudios el célebre cuentista danés, publicó la biografía Hans Christian Andersen: una verdadera leyenda, que  provocó una serie de controversias en el ámbito literario de su país. Según los datos que aporta Jørgensen, los padres de Andersen no eran un zapatero y una fregona, como se ha afirmado tradicionalmente, sino el príncipe Christian Fredrik y la baronesa finlandesa Elise Ahlefeldt-Laurvig.

Sin embargo, a pesar de los argumentos esgrimidos por el autor de la biografía, esta tesis ha sido silenciada por la crítica especializada, lo que no impide que Jørgensen tenga algunas pruebas a su favor y se haga varias preguntas: ¿Por qué Andersen fue bautizado por un cura y no por el vicario como los demás niños pobres de Odense? ¿Por qué era el único niño de su clase que tenía privilegios en la escuela? ¿Por qué el hijo de un zapatero pobre podía ir al castillo de Odense y jugar con el príncipe Frits, quien posteriormente se constituyó en el rey Fredrik VII? ¿Por qué fue becado a la escuela latina de Slagelse? ¿Por qué fue nombrado oficial siendo aún estudiante en Kongens Livkorps, un título militar que sólo se concedía a los hijos de la nobleza?

Si bien es cierto que estas preguntas pueden tener innumerables respuestas, también es cierto que los datos proporcionados en el libro avalan el análisis del historiador Jørgensen, quien, tras escarbar en documentos no oficiales, llegó a la conclusión de que los verdaderos padres de Andersen fueron el príncipe Christian Fredrik, de 18 años de edad, y la baronesa finlandesa Elise Ahlefeldt-Laurvig, de 16 años de edad, quienes, luego de mantener una relación prematura y secreta, tuvieron un hijo que nació el 1 de abril de 1805, el mismo que, debido a las concepciones morales de la época, fue entregado en calidad de hijo adoptivo a una pareja de zapateros en Odense.

Aunque se cree que Andersen era hijo de cuna real, su obra fue inspirada por la realidad que rodeó su vida. Como creció en medio de la pobreza, la desolación y las necesidades materiales, era sensible incluso a los dibujos o grabados que representaban niños pobres, motivos que, además de tocarle las fibras íntimas, constituyeron el argumento de varios de sus cuentos. Nunca pudo desprenderse de su pasado y de los temas afines a la pobreza, incluso viviendo en medio de la abundancia y siendo ya un escritor reconocido, no era ajeno al sufrimiento de la gente. Por eso su cuento La niña de las cerillas, basado en la pobreza y la desolación de un grabado, que le envió el redactor de un almanaque pidiéndole que se inspirara en él, fue escrito en un ambiente de lujo principesco en Copenhague.

Ya se sabe que Andersen intentó ser bailarín, cantor, actor, dramaturgo y poeta. Pero fracasó porque su destino le señaló otro camino. Él no podía llegar a ser otra cosa que cuentista, un oficio en el cual se elevó como un cisne de vuelo alto, desde cuando publicó su primer volumen de cuentos para niños, en 1835. Desde entonces, gracias a su talento y su dedicación, ha cautivado con sus cuentos a millones de niños alrededor del mundo.

Bibliografía

-Andersen, Hans Christian: Den fula Ankungen (Introducción de Per Olof Enquist), Ed. Boxa, Lund, 1984.

-Elizagaray, Marina Alga: En torno a la literatura infantil, Ed. Unión de Escritores y Artistas de Cuba, La Habana, 1975.

-Zipes, Jack: Saga och samhälle, Ed. Mannerheim & Mannerheim, Bromma, 1984.

viernes, 1 de enero de 2016


LA REENCARNACIÓN

Desde el día en que entró a trabajar en la mina, lo destinaron a la sección Block-caving, para realizar un trabajo en extremo peligroso e insalubre. La galería estaba llena de buzones y buzones, y el minero, enfrentándose a la muerte en su condición de lamero, estaba encargado de hacer chorrear la carga hasta el nivel 650, con la ayuda de barretas y explosiones de dinamita.

El minero, que empezó como chambón y aprendió las mañas del trabajo de la mano del cabecilla de su cuadrilla, un antiguo obrero que atesoraba todo el saber y la experiencia, concibió la idea de que la única forma de salir con vida de la galería era suplicándole protección al Tío, suprema deidad del mundo subterráneo, bueno con los buenos y malo con los malos.

El lamero, después de chispear la guía, conectada al fulminante y al cartucho de dinamita, llutada en la roca o en la carga atascada en el buzón, salía corriendo de la galería al grito de: ¡Tiro! ¡Tiro! ¡Tiro!..., para evitar que nadie fuera sorprendido por la explosión ni nadie fuera a dar al otro lado de la vida por un simple descuido.

Una vez ejecutado el desembolso de la carga, que se precipitaba a través de los buzones produciendo un ruido de mil demonios, la galería se llenaba de una masa compacta de polvo, que no permitía ni siquiera distinguir al compañero a dos metros de distancia. De modo que lo único que el lamero respiraba durante la jornada eran las partículas de polvo.

A cinco años de haber trabajado en una galería insalubre, jugándose la vida con la muerte, tenía los pulmones dañados por el mal de mina y el cuerpo prematuramente envejecido, hasta que empezó a toser de manera convulsiva y a escupir coágulos de sangre, como si sus pulmones se le estuvieran escapando por la boca.

El minero estaba acostumbrado a entregar su fuerza de trabajo a cambio de un salario de hambre, mientras otros amasaban fortunas a costa de quienes arrojaban sus pulmones petrificados por la silicosis. Quizás por eso, en los momentos del pijchu, cuando la cuadrilla se reunía en el paraje del Tío, no faltaban los obreros que, sintiéndose víctimas de una despiadada explotación, le reprochaban al amo de los minerales por no ayudarlos a mejorar su condición de vida ni de trabajo, a pesar de las ofrendas que le dejaban cada vez que estaban pijchando a su lado.

Esta fue la razón del porqué el minero, afectado por el mal de mina como todo lamero, no resistió a un ataque de cólera, se vació una botella de alcohol aguado y, asegurarse de que nadie lo viera ni se diera cuenta de su ausencia, se dirigió al paraje del Tío, llevándose en las manos un combo de 25 libras.
    
El Tío lo miró desde su trono y no se inquietó para nada. Conocía de antemano el motivo de su presencia y las razones de su enojo. El minero, borracho y encolerizado, levantó varias veces el combo por encima del guardatojo y, golpe tras golpe, destrozó la estatuilla del Tío.

–¡Del polvo vienes y al polvo volverás! –le gritaba, mientras blandía el combo con ambas manos, una y otra vez, hasta hacer saltar en pedazos la diabólica imagen del Tío.

Lo que el minero no vio, en el momento en que destrozaba al supuesto responsable de su desgracia, era que el espíritu del Tío abandonó la estatuilla y se refugió en un rincón del paraje, a la espera de que su atacante terminara de descargar su furia y luego se retirara del paraje, llevándose el combo con el que lo embistió salvajemente.

Cuando el minero volvió a su hogar, le contó a su esposa que, encorajinado por la borrachera, la frustración y la impotencia de soportar una subsistencia miserable, destrozó a combazos la estatuilla del Tío.

–¡Jesús, María y José! –fue lo único que atinó a exclamar su esposa, persignándose delante de las estampitas de santos y vírgenes colocadas en una repisa empotrada en la pared.

El minero hizo un gesto de desaliento y, rindiéndose ante el cansancio y la borrachera, se tumbó sobre la cama, sin quitarse las botas ni la ropa de trabajo. Al poco rato, con el cerebro sumido en las tinieblas de una estremecedora pesadilla, se le apareció la imagen intangible del Tío, como un ente incorpóreo que sobrevivió a la destrucción de su cuerpo.

–Nadie puede desalojarme de la mina, por mucho que destroce mi estatuilla –le dijo, clavándole una mirada ardiente–. Por eso sigo vivo, delante de tus ojos, dispuesto a meterme en tu cuerpo cuando a mí me dé la gana...

El minero se quedó mudo y quieto, se empapó en sudor frío y en lágrimas de espanto. Estaba claro que la simple inmovilidad de su cuerpo era suficiente para deducir que su estado de ánimo no era idéntico al de la vigilia y que, debido a fuerzas ajenas a la voluntad humana, sentía un vacío por dentro, como si su alma, durante el trance de la pesadilla, le hubiese abandonado para emprender un viaje al más allá, sin que él pudiera hacer nada para atraerlo de vuelta.

Al día siguiente, poco antes del alba, despertó de la pesadilla al primer toque de la sirena, se levantó sin hacer ruidos, cogió su bolsa de Calcuta, con los enseres necesarios para cumplir con una nueva jornada. No se despidió de su esposa ni de sus hijos, abrió y cerró la puerta. Se encaminó rumbo a la bocamina, pero sin dejar de pensar en que de nadie sirvió que su esposa se santiguara ni que tuvieran una herradura de caballo en la puerta, que él mismo puso contra los malos augurios y los espíritus malignos, porque el Tío, acostumbrado a desafiar los mandatos divinos, como si quisiera imponer siempre su propio mandato en medio de una lucha entre el Bien y el Mal, se aparecía igual que la luz y el aire, allí donde nadie lo invitaba y donde menos se lo esperaba.

Al llegar a la galería de la sección Block-caving, donde era conocido como el lamero más intrépido entre sus compañeros, lo primero que hizo, incluso antes de quitarse la bolsa de Calcuta, fue dirigirse al paraje del Tío, curioso por ver los estragos que causó en su arrebato de rabia y borrachera. Alumbró con la lámpara el lugar donde estaba el trono del Tío y no divisó más que escombros: botellas rotas de aguardiente, cigarrillos, serpentinas, mixturas y hojas de coca esparcidas como por un torbellino. De la estatuilla no quedó nada, salvo los pedazos de roca a la que fue reducida a combazos.

El minero estaba sorprendido por su violento accionar, aunque estaba consciente de que su osadía tendría consecuencias funestas, tratándose nada menos que del Tío, quien no perdonaba a las personitas que se atrevían a insultarlo y a ponerle las manos encima. En efecto, ni bien el minero se dispuso a salir del paraje, no pudo mover los pies, como si una fuerza sobrenatural las sujetara desde el fondo de la tierra. Estaba sobrecogido por el susto, sin comprender lo que sucedía con su cuerpo; tenía la cara compungida, los ojos llorosos y los nervios en estado de pánico; en vano abrió la boca para gritar y pedir auxilio, su voz no se escuchó y se quedó atorada en su garganta. En eso nomás, un ventarrón caldeado se metió en el paraje y el minero, como atrapado en el ojo de un huracán, fue despojado de sus ropas y quedó como Dios lo trajo al mundo. Después vino lo peor, ya que ante la luz de la lámpara, iluminándolo desde el guardatojo tirado en el suelo, sintió que algo candente le penetró en el cuerpo, como empalándolo en una estaca recién sacada del fuego.

En el paraje estallaron carcajadas diabólicas y al minero, que experimentaba un repentino trastorno de los sentidos, le salieron cuernos en la frente y afilados colmillos en la boca; su lengua se le hizo gorda como la de una vaca y sus orejas largas como las de un burro; sus cabellos se tornaron en rubios y sus ojos echaron lumbres en la oscuridad; los dedos de las manos y los pies se transformaron en pezuñas; su piel se hizo rechoncha y espantosa; su cuerpo se deformó hasta el límite del horror y hasta su miembro viril adquirió dimensiones sobrehumanas.

El minero sufrió una metamorfosis más dolorosa que un suplicio infernal, hasta que encarnó todos los atributos del Tío, desde los cuernos hasta las pezuñas de los pies. Así fue como el espíritu del amo de los socavones, que se salvó de los combazos y se quedó intacto, se reencarnó con una tremenda ferocidad en el cuerpo material del minero, quien, desde ese instante, estaba más conectado con las catacumbas del demonio que con el reino celestial de Dios.

Sus compañeros de cuadrilla, al no saber dónde se había metido, lo buscaron en los buzones de las diferentes galerías, y, al no encontrar otros rastros que sus desgarradas ropas en el paraje del Tío, lo dieron por desaparecido, como a tantos otros que, una vez que entraron a la mina, no volvieron a salir a la luz del día.

Desde esa vez, en la sección Block-caving, donde los mineros se enfrentaban ojo a ojo con la muerte, no vieron más al lamero, descolgando la carga con barretas y dinamitas, ni escucharon sus resonantes gritos de: ¡Tiro! ¡Tiro! ¡Tiro!..., aunque algunos tenían la sospecha de que la nueva estatuilla del Tío, que apareció de la noche a la mañana en el paraje donde pijchaban a diario, era el mismo minero que, pensando en darle muerte al soberano de la mina, acabo entregándole su vida y su cuerpo, en el que se reencarnó el espíritu del Tío, con la misma crueldad con que castiga a quienes le faltan al respeto y no le rinden tributo ni pleitesía antes de penetrar en los laberintos de su dominio.

Glosario

Acullicar: Masticar hojas de coca.

Carga: Rocas, mineral y tierra mezclados que se vacían en el buzón.

Lamero: Obrero que descuelga la “carga” de mineral atascada en los buzones, colocando entre las rocas cartuchos de dinamita.

Mal de mina: Nombre popular de la silicosis.

Llutar: Sujetar con barro la masa de dinamita en la abertura de la roca o en la “carga” atascada en el buzón.

Pijchar: Masticar hojas de coca.

Pijchu: Acullico de coca.

Tío: Deidad. Diablo y dios tutelar que habita en el interior de la mina. Los mineros le temen y le brindan ofrendas. Su estatuilla es de greda y rocas, está colocada en el lugar de paso obligado de los mineros.

viernes, 25 de diciembre de 2015


LOS MINEROS EN MI VIDA Y MI OBRA

Cada vez que se conmemora el Día del Minero Boliviano, instaurado en memoria a los caídos en la masacre de Catavi, siento desde el fondo de mi alma la necesidad de rendirles un homenaje personal a los hombres y las mujeres que, enfrentándose heroicamente a las tropas militares al servicio de los regímenes oligárquicos, ofrendaron su sangre por una causa justa, por reclamar mejores condiciones laborales y de vida; una constante del sindicalismo revolucionario que ha dado magistrales lecciones de dignidad y de lucha.

Ya lo dije en repetidas ocasiones: los mineros han marcado a fuego mi vida y mi obra literaria. A ellos les debo mi conciencia revolucionaria y les estoy eternamente agradecido. Ellos fueron los maestros que forjaron mis ideales de justicia y ellos me enseñaron que la palabra libertad no es un concepto abstracto, sino un derecho fundamental que se debe conquistar para vivir en una sociedad más armónica y equitativa, donde todos seamos iguales y nadie sea más que nadie.

Los mineros, desde que tengo uso de razón, han estado presentes en mi mundo familiar, en el fondo de mi corazón y han poblado mi mente con sus testimonios personales, con los cuentos vividos y sufridos al fragor de la miseria, con los triunfos y las derrotas inherentes a la lucha de clases, donde los proletarios, armados con los principios ideológicos del socialismo, se constituyeron en la vanguardia de un pueblo decidido a romper con las cadenas de la opresión impuestas por el imperialismo y sus cipayos nativos.
   
En mi infancia, que transcurrió en las poblaciones mineras de Siglo XX y Llallagua, al norte del departamento de Potosí, me sentí impactado por el asesinato de mi tío César Lora, acaecido el 29 de julio de 1965, y por la desaparición de mi vecino Isaac Camacho, en julio de 1967; dos líderes obreros que fueron víctimas de la CIA y del gobierno dictatorial de René Barrientos Ortuño. El cobarde asesinato de estos luchadores del sindicalismo nacional, me enseñó que el camino hacia la libertad estaba sembrado de peligros y que, a veces, era necesario sacrificar la vida para alcanzar el sueño soñado y abrir las grandes alamedas de la libertad.
 
Otro episodio que gravitó en mi vida de manera decisiva, para que asumiera también como mía la lucha de los trabajadores, fue la masacre minera de San Juan, acaecida en la madrugada del 24 de junio de 1967, cuando yo tenía nueve años de edad; una tragedia que me tocó las fibras más íntimas y me convirtió en uno de sus testigos. Aún conservo en la memoria, como un recuerdo vivo y fulgurante, los incidentes de ese despiadado acontecimiento histórico, que comenzó siendo una fiesta y terminó siendo una tragedia. Las tropas militares hicieron gala de su brutalidad sanguinaria y las familias mineras lloraron a sus muertos entre velos teñidos de sangre.

En mi adolescencia he andado y desandado por la pampa María Barzola, unas veces cuando cruzaba el río por el puente colgante para ir a ver las películas que exhibían en el Teatro Simón I. Patiño, que el magnate minero hizo construir con bloques de piedra labrada enfrente del ingenio de procesamiento de minerales de Catavi; y, otras veces, cuando iba a los balnearios de aguas termales, donde las familias mineras se daban cita para ingresar al baño turco, casi siempre reservado para los técnicos de la empresa, o al baño obrero, destinado a los trabajadores de bajo rango en la escala laboral.
  
En el ciclo intermedio Junín, cuyo edificio fue construido cerca de una enorme cruz plantada en un pedestal de cemento, donde había una lápida en cuyo epitafio se recordaba a los caídos en la masacre minera de 1942, cursé el séptimo grado escolar y aprendí a declamar los versos de El pájaro revolucionario, del eximio poeta tarijeño Óscar Alfaro. Años más tarde, cuando ya estaba metido en los laberintos de la literatura, comprendí que mi maestra de lenguaje, que puso en nuestras manos las poesías de compromiso social del poeta de los niños por excelencia, estaba también comprometida con la causa de los desposeídos y que su labor pedagógica, basada en los preceptos educativos de Paulo Freire, tenía la función de concientizar a los estudiantes por medio de la palabra escrita, cuya máxima expresión está en los versos capaces de sintetizar los pensamientos y sentimientos de un pueblo que, entre los flujos y reflujos de los acontecimientos sociales, lucha por conquistar la libertad y enarbolar las banderas de la justicia social.

Cuando me hice dirigente de los estudiantes del Colegio Primero de Mayo, no dudé un solo instante en que uno de nuestros deberes era apoyar la lucha de los trabajadores mineros, que en su gran mayoría eran nuestros padres, y actuar mancomunadamente junto a las valerosas amas de casa, que en su gran mayoría eran nuestras madres. Así aprendí que el sindicalismo revolucionario era la savia que mantenía viva las esperanzas de construir un mundo diferente al que nos ofrecía el capitalismo salvaje. Aprendí también mucho de las amas de casa, quienes, además de cumplir con las tareas del hogar, se daban tiempo para participar en la vida sindical junto a sus hijos y maridos.

Está demostrado que las mujeres mineras, ya sea como palliris o amas de casa, fueron el soporte fundamental de las familias mineras y, por eso mismo, dignas de estar presentes en las páginas de la historia nacional, no sólo porque supieron dar su vida para evitar que sus hijos se murieran de hambre, sino también porque tuvieron el coraje de convertirse de amas de casa en armas de casa, como María Barzola y Domitila Barrios de Chungara, quienes, además de palliris, fueron hijas, esposas, madres, hermanas y grandes luchadoras sociales.

Muchas de estas palliris, organizadas gracias al impulso del Comité de Amas de Casa, tuvieron un papel determinante en los numerosos conflictos registrados en la historia del movimiento obrero boliviano. La de mayor envergadura fue cuando cuatro mujeres del distrito minero de Siglo XX -Luzmila Rojas de Pimentel, Angélica Romero de Flores, Nelly Colque de Paniagua y Aurora Villarroel de Lora- decidieron declararse, junto a sus 14 hijos menores de edad, en huelga de hambre en los locales del arzobispado de La Paz, el 28 de diciembre de 1977;  una época en que los militares no dudaban en meter bala contra sus opositores políticos. Y aunque el gobierno no cesaba de calificar a las dirigentes de las amas de casa de subversivas y sirvientas de los intereses foráneos del comunismo internacional, el piquete de huelga, al que se sumó tres días después doña Domitila Barrios de Chungara, fue creciendo y creciendo como la espuma, porque aquella protesta, que iniciaron cuatro valerosas mujeres mineras, a los 22 días de resistencia, contaba ya con alrededor de 1.500 huelguistas a nivel nacional, quienes cerraron filas en torno a un pliego de peticiones, sintetizado en cuatro puntos fundamentales: 1) Amnistía General para todos los presos y exiliados por razones políticas; 2) La reincorporación de los obreros despedidos a sus fuentes de trabajo; 3) La derogación del decreto que prohibía las organizaciones sindicales; 4) La derogación del decreto que declaraba las minas zona militar (presencia permanente del ejército).

La huelga culminó el 19 de enero de 1978, cuando el dictador Hugo Banzer Suárez mascó el polvo de su derrota, declarando amnistía irrestricta y comprometiéndose a convocar a elecciones generales; una conquista que logró la recuperación de la democracia y encendió la chispa de una movilización social que puso fin a una de las etapas más sombrías de la vida republicana de Bolivia. La  victoria de este acontecimiento histórico confirmó que la aguerrida lucha de las mujeres de las minas pudo más contra una dictadura que todas las organizaciones sindicales y partidos políticos juntos. ¡Toda una lección de dignidad y coraje!

A mediados de los años 70, en plena dictadura militar, compartí la resistencia organizada junto a los dirigentes del sindicato de trabajadores mineros de Siglo XX, quienes me enseñaron en la práctica -con su moral de lucha, su convicción ideológica y su estoicismo inquebrantable ante las adversidades- que no se debe claudicar antes de haber librado la batalla.

No cabe duda de que en las aulas del ciclo intermedio Junín, ubicado en la pampa donde cayó María Barzola envuelta en una bandera tricolor y bajo una lluvia de balas, y donde se firmó el Decreto de Nacionalización de las Minas el 31 de octubre de 1952, nació mi interés por cultivar la literatura de ámbito minero, convencido de que la literatura tenía la fuerza de reflejar, con mayores o menores aciertos, la realidad social y el realismo fantástico de un mundo lleno de socavones y topos humanos, donde las epopeyas de las luchas sociales se amalgamaban con los mitos y las leyendas de la tradición oral.

Las consejas mineras, que escuché desde niño en boca de mi abuelo y otros parientes que fueron mineros toda su vida, estimularon mi fantasía y mi interés por narrar historias en torno a la imagen mitológica del Tío, que representa el mestizaje cultural y el sincretismo religioso entre las creencias paganas ancestrales y la religión católica impuesta por los conquistadores. El Tío, tanto en el imaginario popular como en mis textos literarios, es el amo de los mineros y el guardián protector de las riquezas minerales. Es dios y diablo en la cosmovisión andina, una auténtica deidad en la que depositan sus esperanzas los trabajadores del subsuelo, quienes le temen con cariño y le rinden pleitesía ofrendándole cigarrillos, hojas de coca y botellas de aguardiente.

LARRY LEMPERT, AUTÉNTICO PROMOTOR
DE LA LITERATURA INFATO-JUVENIL

Larry Lempert, un viejo amigo de quien escribe esta nota, nació en una ciudad sureña de Suecia, en 1947. Hijo de padre norteamericano y madre sueca. Acumuló desde su juventud una amplia experiencia en las bibliotecas públicas, en las que contribuyó desinteresadamente en la promoción de los libros destinados a los niños y jóvenes.

Lo conocí a principios de los años 80 en la Biblioteca de Tyresö, donde él ejercía como responsable de la sección dedicada a la literatura infantil, consciente de que la formación de los lectores debía iniciarse a temprana edad, tanto en el seno de la familia como en las aulas de las unidades educativas. Su entusiasmo como bibliotecario de vocación no conocía límites y su afán por difundir la literatura entre niños y jóvenes era el objetivo principal de su vida.

Nunca se dejó vencer por las vicisitudes que llegaron con las nuevas tecnologías, que paulatinamente alejaron a los lectores de las salas de las bibliotecas, ya que Larry Lempert, con su alma de luchador invencible, ideó otras formas para seguir fomentando el hábito de la lectura. Por  ejemplo, si los lectores no concurrían a la biblioteca, él se encargaba de llevar los libros hacia donde estaban los lectores. Cargaba una pila de libros sobre la plataforma de un carruaje de dos ruedas, que concibió con el fulgor de su imaginación, y, una vez que lo sujetaba delante de una motocicleta, arrancaba el motor rumbo a las guarderías, escuelas y colegios, donde lo conocían como el bibliotecario del municipio de Tyresö.


Años después, mientras conversaba con unos amigos suecos que lo conocían desde siempre, me enteré de que se había mudado a un apartamento de la zona central de la ciudad y que había renunciado a su cargo de bibliotecario en Tyresö, para postularse como jefe de la Biblioteca Internacional de Estocolmo, donde organizó una serie de actividades concernientes a la literatura internacional, que le valió el reconocimiento de varias instituciones nacionales y extranjeras. Mas no por esto, dejó de fomentar la lectura entre los niños y jóvenes, ni dejó de desarrollar nuevos métodos de trabajo para promover la lectura en escuelas y colegios.

Larry Lempert, en virtud a sus conocimientos y méritos propios, fue miembro y editor del boletín de la sección sueca de la Organización Internacional para el Libro Juvenil (IBBY). Formó parte del consejo del Instituto Sueco de Libros Infantiles (OSE) y del grupo de trabajo del Consejo de las Artes de Suecia, cuya tarea consistía en apoyar la producción de cómics y libros de ficción para los pequeños lectores. Durante gran parte de la década de los 90, fue miembro de la sección de literatura infantil y juvenil de la Federación Internacional de Asociaciones de Bibliotecarios (IFLA), en la que aportó con lo mejor de su experiencia, ya que Larry Lempert, como todo amante de los libros y los niños, estaba convencido de que las bibliotecas eran espacios donde cabían todas las personas, sin distinción de razas ni condiciones sociales, y que el trabajo del bibliotecario era fomentar la lectura, estimular la imaginación y difundir los conocimientos consignados en los libros, en beneficio de la humanidad y la cultura de los pueblos.

Sin embargo, uno de sus mayores retos fue asumir la presidencia de la fundación de la célebre escritora sueca Astrid Lindgren, donde ha sido uno de los pilares fundamentales, junto a otros miembros del jurado, expertos en los vericuetos de la literatura que nos ocupa, en la concesión del Premio Astrid Lindgren Memorial Award (ALMA), que, además de estar destinado a fortalecer la posición del libro infantil y juvenil en el mundo, fue diseñado sobre la base de los principios universales de los derechos del niño emanados por la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Este premio en memoria de Astrid Lindgren, instituido por el gobierno sueco en 2002, constituye el galardón más importante destinado a destacar a los escritores, narradores orales, promotores de lectura e ilustradores de la literatura infantil y juvenil. El premio asciende a los cinco millones de coronas suecas y se otorga anualmente en la ciudad de Estocolmo, con la presencia de destacadas personalidades del ámbito cultural y literario.


El año que trabajamos juntos en la Biblioteca de Tyresö, Larry Lempert vivía todavía con otros militantes de la izquierda sueca, en una suerte de comunidad colectiva, en la que todos compartían los quehaceres domésticos, la educación de los niños y las responsabilidades en el mantenimiento de una enorme casona ubicada en el campo, cerca de un castillo de estilo medieval. Eran los años en que nuestros hijos, aunque no eran compañeros de curso, estudiaban en la misma escuela y colegio; una situación que nos unía como a padres y afianzaba nuestra amistad. 

Larry Lempert, como todo buen anarquista, militaba en la Asociación de Sindicalistas Suecos (SAC), que no sólo postulaba los principios ideológicos de que la liberación de los trabajadores será obra de ellos mismos, sino que también editaba el periódico Syndicalisterna (Los sindicalistas), que llenaba sus páginas con noticias, citas de Pierre-Joseph Proudhon y Mijaíl Aleksándrovich Bakunin, síntesis de los más de 150 años de la historia del movimiento obrero sueco y el pliego de las principales demandas laborales del sindicalismo radical. Se trataba de un periódico, a todo color y en formato tabloide, que él distribuía entre sus camaradas, amigos y conocidos, y, como es natural, me pasaba un ejemplar, de cuando en cuando, para que lea los artículos que instaban a poner en jaque a los grandes empresarios privados y al Estado burgués, que defendía los intereses del capitalismo en desmedro de la clase trabajadora.

Larry Lempert es -y seguirá siendo- un bibliotecario que dignifica su profesión, porque es un ser dispuesto a compartir sus cuarenta años de experiencias acumuladas en el templo de los libros y porque se ha convertido en un indiscutible referente en el campo de la literatura infantil y juvenil a nivel internacional. No es casual que en los últimos decenios se haya dedicado a dictar conferencias tanto en Suecia como en otros países y que sus conocimientos estén siendo divulgados en seminarios para autores, bibliotecarios e investigadores.

Este profeta de los libros bien escritos e ilustrados, desde que obtuvo su título en la Escuela Superior de Bibliotecarios, se ha empeñado en que el acercamiento hacia la poesía y la prosa sea una experiencia placentera, y que los niños y niñas disfruten del proceso de aprendizaje de la lectura y escritura, pero no como una aburrida tarea escolar, sino como un requisito indispensable para ingresar en el mágico mundo de las ideas, imágenes y letras.

Por lo demás, bebo reconocer que gracias a Larry Lempert, un sueco con espíritu de niño-grande, incursioné en el fabuloso reino de la literatura infantil y juvenil. De no haber sido por su amistad y nuestro encuentro en la Biblioteca de Tyresö, es probable que mi interés por conocer a los escritores e ilustradores, que descargan toda su fantasía y talento en la creación de los maravillosos libros dedicados a los pequeños lectores, no hubiera ocupado un considerable espacio en mi quehacer literario; más todavía, me siento obligado a escribir esta nota, para dejar constancia de que nada viene de la nada y que todos somos alumnos en la escuela de la vida, donde por suerte existen algunos amigos que, sin necesidad de asumir el rol de maestros, nos iluminan con su experiencia y nos inspiran con su ejemplo.

LA CÓNDOR DE LA PULPERÍA

Las viejas amas de casa recuerdan que, todos los días y a la misma hora, se aparecía una cóndor en la pulpería de Siglo XX, para comer su ración de carne en el mostrador metálico de la ventanilla de la carnicería, donde lo aguardaba y le atendía el jefe, quien, apenas lo veía sobrevolando el campamento minero, separaba un vale de avío para la asidua huésped del almacén de alimentos, conforme pudiera rendirles cuentas a los administradores de la empresa.

La visita de la cóndor, que aparecía a vuelo rasante por encima del enorme reloj que había enfrente de la pulpería, se hizo habitual desde que el jefe de la carnicería perdió a su mujer tras un parto en el que también falleció su primogénita. Desde entonces, él no volvió a compartir su vida con otra mujer, aunque nunca le faltaron pretendientes de todas las razas y condiciones sociales, ya que su pinta de hombre extravagante, con la barba y cabellera negras como las alas del cuervo y onduladas como las olas del mar, le daba la apariencia de ser un galán de telenovelas.

Cuando no estaba trabajando en la carnicería, exhibiendo su destreza en el proceso de despiece y el picado de las carnes, con un cuchillo de buen tamaño y unos guantes con anillos de hierro, se lo veía pasear por las calles vestido con botas de mediacaña, pantalones vaqueros, pulóver de cuello alto y chamarra de cuero forrada con frisa por dentro. No pocas mujeres suspiraban al verlo pasar, pero él, impertérrito y ajeno a todo el mundo, proseguía su camino sin mirarlas ni escucharlas. Vivía en una casa de alquiler, no muy lejos de la pulpería, donde no faltó un solo día desde que empezó a trabajar, primero como ayudante de un carnicero y después como jefe de la carnicería.

La cóndor sobrevolaba, con vuelo rasante parecido al del buitre, sobre la sede sindical ubicada en la Plaza de Siglo XX, donde por entonces no existía más que el majestuoso monumento al minero, con la perforadora en una mano y el fusil en alto en la otra. Al cabo de dar unas vueltas sobre el monumento, flanqueado por dos herrumbrosos mástiles, que servían para izar la tricolor en los días festivos del 6 de agosto y la bandera roja y negra en los periodos de convulsión social, la cóndor dirigía su vuelo hacia la pulpería, donde el carnicero la aguardaba ataviado con el gorro calado hasta la frente y el mandil blanco como la nieve.

La cóndor, como en un acto de ritual religioso, se posaba en las cercanías, casi siempre en los techos de calamina de las casas aledañas o en lo alto del reloj de la pulpería, donde las mujeres y sus hijos, grandes y chicos, presenciaban el interesante espectáculo que ofrecía la cóndor antes de que el sol se elevara hasta su punto más alto.

Ni bien el jefe de la carnicería asomaba la cabeza a la ventanilla, la cóndor, con los ojos moviéndose de un lado a otro, desplegaba las alas largas y anchas, de plumaje negro-azabache y con bandas blancas resaltándole en el dorso, y, con la apariencia de una impresionante mantarraya zambulléndose en el aire, descendía hacia la carnicería, sobrevolando por encima de las cabezas de quienes hacían fila para recoger su cupo de carne, mientras los que estaban más cerca de la ventanilla se hacían a un lado para dejarla aterrizar con calma.

La cóndor, que ostentaba un metro de longitud y pesaba alrededor de doce kilos, tenía la cabeza calva, relativamente pequeña y sin cresta, la piel rojiza y con pliegues, el pico con forma de gancho y los ojos menudos pero vivaces. Y, como una dama de aspecto elegante, lucía un collar de blancas plumas alrededor de la desnuda piel del cuello.

Cuando la cóndor localizaba al carnicero, quien la aguardaba en la ventanilla, presto para proporcionarle su ración de carne, batía la pequeña cola y caminaba contorsionándose hasta el mostrador de la ventanilla. De modo que para muchos de los presentes, los pasos de la cóndor, que se parecían más a los de una cigüeña que a los de una ave rapaz, era una prueba clara de que entre él y el carnicero había algo más que una simple simpatía. En realidad, la cóndor se comportaba como una hembra enamorada, porque hasta el color de su piel adquiría una tonalidad más intensa, como si el rubor del amor se le concentrara en la cara.

El carnicero, valiéndose del soporte para el despiece, cortaba los trozos de res a ojo de buen cubero, pulseaba los kilos en las manos y, sin pesarlos en la balanza, se los entregaba en una bandeja de plata. La cóndor sujetaba los trozos con las uñas cortas y curvas de sus patas y, desgarrándolas con el borde cortante de su pico, se los tragaba con un apetito que despertaba envidia entre los perros que la miraban desde una respetable distancia.

La cóndor comía callada los cuatro o cinco kilos de carne, sin emitir sonido alguno, como una hembra que, por comer a gusto, se tragaba hasta la lengua. Claro que no era lo mismo comer de la mano del carnicero que comer en un vertedero un cadáver descompuesto, aparte de que estaba libre de sufrir algún tipo de envenenamiento por la ingesta de animales intoxicados o por los cebos envenenados colocados por los cazadores furtivos.

Al término de engullirse toda su ración, daba un salto desde la ventanilla y, abriéndose paso entre los curiosos, avanzaba sin molestar, con las patas tiesas y las alas plegadas, hacia la pequeña plaza de la pulpería. De pronto, extendía sus alas de dos metros de largo y levantaba vuelo ante las miradas maravilladas de la gente, que no se perdía un solo instante de ese fabuloso espectáculo. La cóndor se alejaba por encima del campamento minero y, sosteniéndose en el aire con sus ruidosos aleteos, desaparecía en el horizonte como un puntito negro.

Todos suponían que esta hermosa ave de la cordillera Andina, extraña en el reino de los humanos, vivía en alguna guarida rocosa inaccesible y a unos cuatro mil metros de altura, donde los riscos elevados y verticales le permitían soportar no sólo las gélidas corrientes del viento, sino también protegerse de la lluvia, las tormentas de nieve y los peligros de la intemperie.

Aunque habían algunas personas que intentaban abordarla en la pulpería, con la intención de adoptarla y domesticarla, se llevaban la sorpresa de que la cóndor se hacía el quite, como insinuándoles que prefería la vida silvestre que vivir en cautiverio, ya que el simple hecho de volar, con las alas desplegadas a merced del viento, le daba una increíble sensación de paz y libertad.


Algunas veces aparecía cada día, siempre a la misma hora, pero otras veces, como si hubiese estado en ayunas o hubiese tenido algún percance, se aparecía después de varias semanas. Todos los que acudían a la pulpería, con sus papeletas de avío para recoger su cupo de carne, estaban ya acostumbrados a verla en las cercanías de la pulpería, donde el carnicero la espera sagradamente, presto para darle su ración de carne y piropearla en una lengua desconocida para las amas de casa, quienes, sin entender el significado de las palabras, se limitaban a contemplar las caricias que se dispensaban la cóndor y el carnicero, como dos románticos amantes que, mirándose fijamente a los ajos, se juraban amor eterno.
     
El carnicero, que enviudó muy joven, era un hombre de trato amable y modales refinados. Sus vecinos y conocidos contaban que vino a dar en las minas de la mano de su padre, un francés de vida errante y espíritu aventurero, quien abrigaba la ilusión de que, en poco tiempo, amasaría fortunas en las minas del sur de Potosí. Pero la suerte no estuvo de su lado, porque el francés murió en un accidente de trabajo, reventándose con una descarga de dinamitas en una peligrosa galería, y su hijo, todavía adolescente y estudiante del último año de secundaria, se quedó solo y al amparo de su propia suerte.

No transcurrió mucho tiempo, hasta que el gerente de la empresa Patiño Mines de Catavi, que fue amigo de su padre, le hizo la gaucheada (favor) y le consiguió un trabajo en la pulpería de Siglo XX, en cuyo establecimiento de aprovisionamiento de carnes crudas, destinadas a las familias de los empleados y mineros de la empresa, conoció a la que fue su primera y última esposa, una joven oriunda de la población de Chayanta, que no tardó en cautivarlo con su belleza, en envolverlo con su cantarina voz y en proponerle una ceremonia nupcial en la iglesia de su pueblo.

La pareja, según versiones de sus pocos conocidos, se complementó de tal manera que, más que cónyuges, parecían hermanos. Fueron dichosos y disfrutaron de la felicidad, como las parejas monógamas que parecen haber nacido sólo el uno para el otro, hasta aquel trágico incidente en que ella perdió la vida junto a la criatura que llevaba en su vientre. Fue entonces cuando empezó la creencia de que, por obra del profundo amor que se tenían ambos, la mujer del carnicero se reencarnó en la cóndor.
 
Así pasaron varios años, entre especulaciones en torno a la singular relación entre un ser humano y una ave de carroña, hasta que de tanto comentar se convirtió en una suerte de leyenda urbana, que luego circuló de boca en boca y de generación en generación; por una parte, debido a que los protagonistas de la historia eran seres reales y, por otra, debido a que el escenario donde sucedieron los hechos estaba ubicada en una población conocida por todos.

Cuando el carnicero murió a la edad de 60 años, quejándose de una infección pulmonar que se lo cargó al otro mundo, la cóndor no volvió a sobrevolar por los campamentos mineros ni volvió a comer su ración de carne en la ventanilla de la carnicería. Y, aunque todos los extrañaron, tanto al carnicero como la cóndor, nunca más se volvió a ver un espectáculo circense en las inmediaciones de la parte frontal de la pulpería de Siglo XX.

Si la cóndor no volvió, en opinión de unos, fue porque cumplió el ciclo de su vida y encontró la muerte en algún recodo de la cordillera Andina; en tanto en opinión de otros, que creían en los prodigios del amor eterno, la mujer del carnicero, una vez que envejeció y perdió las fuerzas para levantar vuelo, se posó en el pico más alto de una quebrada, replegó las alas, recogió las patas y se dejó caer a pique contra el fondo de la quebrada, con la esperanza de irse a reunir con su amado carnicero en el más allá. 

viernes, 27 de noviembre de 2015


EL HOMBRE Y EL MILITANTE

A Pablo Rocha Mercado lo conocí en los años setenta, cuando era delegado de la Sección Lagunas en el distrito minero de Siglo XX, donde se ganó el aprecio y el respeto de sus compañeros de base, quienes lo trataron desde 1956, año en que ingresó a trabajar en la Empresa Minera Catavi.

De hecho, su actividad política y sindical estuvo marcada por una de las organizaciones políticas de mayor arraigo obrero. Él mismo, al recordar las circunstancias en que se hizo militante, solía repetir: A mí nadie me llevó al partido. Yo mismo fui con mis propios pies y me organicé en una de sus células, cuando todavía vivía César Lora. Allí me presenté con mi nombre y apellido, cantando mis datos personales y todo lo demás... En eso nomás me paró el César y dijo: camaradita, no hace falta que nos revele su identidad. Aquí no se afilia a nadie ni se distribuyen libretas de militancia. Eso sólo se hace en el Comando Político del MNR (Movimiento Nacionalista Revolucionario). Aquí la gente llega y se queda por su propia convicción...

A partir de entonces, consciente de que esos hombres reunidos entre arengas y humos de cigarrillo podían cambiar el curso de su vida, se dedicó frenéticamente a la actividad política, en la que se destacó como uno de los puntales en la lucha contra las dictaduras militares y la burocracia sindical.

Otra de sus facetas, quizá la menos conocida, era su pasión por el dibujo que, en los momentos de mayor lucidez, le permitió trazar varios dibujos de encomiable calidad. Aún recuerdo, por ejemplo, el Lenin que dibujó de espaldas, con la simple ayuda de dos fotografías que lo mostraban de perfil y de frente al líder bolchevique. Era un artista en el diseño y formidable en la propaganda, por eso en las manifestaciones mineras y los acontecimientos multitudinarios era el responsable de pintar las pancartas con las palabras e imágenes de los mártires obreros.

Por entonces vivía con el sueño de llegar a ser un dibujante consumado. De ahí que en 1976, en pleno período de represión y estando clandestino en la ciudad de Oruro, le escribió una carta afectiva al pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín, suplicándole que lo ayudara a salir del país para cumplir su deseo de convertirse en dibujante profesional y tener la oportunidad de ver con sus propios ojos las obras de los grandes muralistas mexicanos. Probablemente la carta nunca llegó a su destinatario, pero Pablo Rocha jamás perdió las esperanzas de conocer algún día el México de la Revolución del año 1910, cuyas hazañas y rancheras él las cantaba entre los mineros bolivianos.


En los días de fiesta, cuando había bebido unas copas por demás, se recogía a su casa cantando o tarareando una ranchera. Los vecinos lo reconocían hasta en la oscuridad, pues sabían que Pablo Rocha era el único capaz de imitar las inflexiones y los falsetes de la voz de Antonio Aguilar y Jorge Negrete. Quizá por eso, algunos lo tenían como al don Juan Charrasqueado del campamento minero, donde se ganó la fama de ser un brujo en los juegos y amores, aunque en su vida privada se advertía una desilusión no revelada. No en vano cada vez que iba a desahogar sus penas en las cantinas, salía con el guardatojo en mano y cantando a voz en cuello: Soy soldado de levita/ de esos de caballería/ de esos de caballería/ soy soldado de levita./ El que nace desgraciado/ desde la cuna comienza/ desde la cuna comienza/ a vivir martirizado...

A quienes lo conocimos en las buenas y en las malas, no nos cabía la menor duda de que este militante obrero, juerguista, bebedor y mujeriego, de no haberse hecho minero, podía haber sido bohemio; conocía el lenguaje profundo de los piropos y el truco de los juegos del azar. Nunca le faltó pretendiente a quien dedicarle una serenata ni un cubilete de dados para echar a rodar su suerte. Era capaz de apostar a la ruleta rusa y ganar con la misma facilidad con que ganaba jugando al sapo, a los naipes o al cacho; más todavía, este hombre de personalidad afable, contextura normal, cabellera crespa y bigotes cortados al estilo de los actores del cine mexicano, manejaba la ironía y el sentido del humor con una destreza poco habitual entre los hombres de vida dura.

Algunas tardes, al salir de la mina, se lo veía pasar por la planta de concentración de minerales, donde se hacía regalar dos cubos de agua caliente, que él vaciaba en un recipiente instalado a modo de ducha en el estrecho patio de su casa. Después de cambiarse la ropa de minero por la de paisano, se dirigía al sindicato y al encuentro con los amigos. A la hora de vender el periódico Masas se tornaba en un excelente voceador, ya sea en la calle, la bocamina o en los piquetes organizados en la Plaza de Siglo XX, donde, en más de una ocasión, se batió a puños con los esbirros del gobierno. Jamás se puso en duda su militancia ni su actitud belicosa, pues en los enfrentamientos armados que los mineros libraron contra las tropas del ejército, Pablo Rocha mostró entereza y se enfrentó fusil al hombro y dinamita en mano. Sobrevivió a los combates de Huanuni, Sora-Sora, Siglo XX y a la masacre de San Juan. Conoció el destierro durante el gobierno del sanguinario García Meza, el presidio durante el régimen militar de Hugo Banzer Suárez y los confinamientos en el campo de concentración de Alto Madidi y Puerto Villarroel, donde cazó y comió monos a nombre de Víctor Paz Estenssoro, por entonces presidente de la república.

A mediados de 1976, tras caer a merced de sus perseguidores, lo vi actuar con coraje y decisión en las cámaras de torturas del DOP (Departamento de Orden Político) de Oruro y La Paz, donde le aplicaron la picana, el submarino y los simulacros de muerte. Él aguantó el suplicio con los dientes apretados, sin delatar ni suplicar la compasión de sus verdugos.

Tras la imposición del Decreto Supremo 21060, cuyas consecuencias fueron el cierre de las minas y la desocupación de los trabajadores en 1985, fue a dar como relocalizado en un barrio periférico de la ciudad de Cochabamba, donde construyó una casita modesta, resignado a sobrevivir en la miseria por el resto de sus días. Y, aunque padecía de silicosis y de una enfermedad renal, no perdió las esperanzas de que alguien pudiera salvarlo de la muerte, pues según decía en su carta: Tenía todavía trabajo (político) pendiente y cuatro hijos menores de edad, a quienes no quería dejarlos en la calle y sin padre...

Ahora que me anunciaron su deceso, sé que no alcanzó a experimentar el triunfo de la revolución proletaria, pero es probable que un día su sueño se haga realidad, pues vivió convencido de que los mineros taciturnos, quienes tienen la magia de ver la luz en la oscuridad, son seres que no dejan de luchar contra las injusticias ni estando en la sepultura.

EL GATO ENDEMONIADO

1

Cuando mi gato llegó a casa, en una jaula y adoptado legalmente, tenía aproximadamente dos años de vida. Estaba castrado, vacunado y respondía al nombre de Zorro. Lo recibí en la puerta y, desde el primer instante en que se cruzaron nuestras miradas, tuve la sensación de que me convertiría en el sustituto de sus padres. La casa se inundó de una súbita alegría y él se sintió aceptado con júbilo, pues ni bien salió de la jaula, como un forastero en territorio desconocido, se me acercó poquito a poco, con una actitud sumisa, la cola alzada y la columna arqueada. Me puse de cuclillas, alargué la mano sobre su cabeza, le hablé con dulzura y le alisé el pelambre a tiempo de acariciarle. Él emitió un ruido de aprobación y me dirigió una mirada tierna, como si quisiera decirme algo, y yo le devolví la mirada con una sonrisa que me estalló en el rostro. 

Mientras esto sucedía en la antesala, el Tío, sentado en su trono, permanecía hecho una tumba, sin decir nada ni mover un pelo, pero disgustado de ver cómo le trataba al gato, adulándolo y hablándole con diminutivos como a un niño mimado. Lo cierto es que el soberano de los socavones no tenía la costumbre de ser desplazado por nadie y mucho menos sentirse como un príncipe destronado por un animal doméstico. Por cuanto no cabía la menor duda de que defendería su posición privilegiada a cualquier precio, consciente de que más vale ser cabeza de ratón que cola de león.

El gato, ajeno a la presencia y los sentimientos del Tío, se metió en cada cuarto, olfateó por doquier y marcó su territorio, con la firme decisión de quien quiere ser el nuevo amo y señor de la casa. Le seguí los pasos, observándolo por los cuatro costados. Así me di cuenta de que no era un purasangre sino un gato mestizo. Tampoco era bello, pero sí dueño de un alma que se ganaba el cariño de cualquiera que lo viera; su cuerpo, algo contrahecho, con las patas posteriores más cortas que las delanteras y la cabeza gruesa, le daba la apariencia de un minotauro en miniatura o de uno de esos novillos que levantan pasiones en la corrida de toros. Era de regular tamaño y pelaje negro, hirsuto y abundante. A causa de alguna mutación genética, presentaba seis tetillas en el vientre, un ojo de color distinto al otro y dos pequeños testículos en forma de castañuelas. A simple vista, lucía los colmillos pronunciados como los de un murciélago, las garras deformadas como los garfios corvos y puntiagudos de un pirata y, debido a la dura vida que llevó desde que era una cría abandonada a su suerte, tenía las orejas picadas a causa de las peleas que sostuvo con otros gatos silvestres. No en vano en su historial, registrado por los responsables de la institución encargada de criar animales sin hogar, se decía que sobrevivió en un bosque junto a una colonia de gatos sin dueños, alimentándose de lo que le proveía la madre naturaleza y enfrentándose a los peligros de la vida semisalvaje.

El día que lo encontraron merodeando cerca de un barrio de la ciudad, tenía el cuerpo infestado de parásitos, desde pulgas hasta garrapatas, que le transmitieron la enfermedad de Lyme y le causaron ciertas afecciones respiratorias y musculares, que le hacían ronronear como caldero en ebullición y temblar como un chihuahua nervioso. Empero, a pesar de haber sido un gato semisalvaje, que cazaba instintivamente pájaros, ratones, arañas y otros bichos para alimentarse, atesoraba las virtudes latentes de un animal sociable y cariñoso, predispuesto a ser el mascota ideal del primero que le ofreciera un poquito de amor y otro poquito de cuidado.

Bastó un par de días para darme cuenta de que se trataba de un gato vivísimo y fuera de lo común. En poco tiempo demostró la capacidad de asimilar algunos conceptos, comandos y hasta aprendió a manipular algunos mecanismos simples, como abrir el grifo del lavabo, vaciar el estanque de la taza del baño y sujetar un vaso de agua con la cola. Cada vez que quería algo, se subía de un brinco al escritorio y, haciendo uso de un lenguaje corporal, me pedía que le sirviera la comida, limpiara la arena de su cajón o abriera la puerta que daba al bosque. Si me veía concentrado en mi oficio de escribano del diablo, me propinaba cabezazos en la mano derecha, que yo la tenía sobre el ratón de la computadora, para llamar mi atención y darme a entender que quería jugar conmigo. Entonces lo tomaba en los brazos, le acariciaba la nuca y le daba besos en la mejilla, mientras él, a tiempo de parpadear y refregar su cabeza contra mi pecho, asumía una conducta de niño mimado, hasta que brincaba al piso y me conducía hacia el living, donde jugaba con sus cordones, pelotas y peluches, sin dejar de lanzar gemidos, gruñidos ni maullidos.

Era natural que mi gato, con más propiedades que la mayoría de los felinos, demostrara toda su destreza durante el juego. Poseía los reflejos desarrollados y una extraordinaria agilidad. Aunque tenía las garras deformadas, podía trepar a los árboles, muebles y otras superficies verticales, lo mismo que podía atravesar las rendijas más estrechas gracias a la impresionante elasticidad de su cuerpo. Cuando le lanzaba un juguete al aire, era capaz de saltar más de tres metros y brincar por encima de la cama doble sin más esfuerzo que contraer las patas posteriores, como si fueran resortes, para desplegar la energía necesaria y realizar estas proezas físicas que, bajo las instrucciones de un domador de fuste, podían haberse convertido en una insólita atracción circense.

Cada vez que lo veía jugando como a un niño inquieto, no tenía la menor duda de que el gato, cuyas propiedades lo destacaban como a un felino excepcional, fue el mejor regalo de mi vida. No tuve problemas para adaptarme a la nueva situación ni él rechazó su nueva condición de animal doméstico. Aprendió a comer los alimentos en conservas, que la industria lucrativa destinaba a los animales en cautiverio. Mas no por eso perdió sus instintos de cazador indomable; seguía teniendo los ojos alertas y los colmillos listos para el ataque. No desaprovechaba la ocasión de capturar a las arañas que se movían detrás de los muebles, las mataba de un zarpazo y se las tragaba como un manjar exquisito. Estaba comprobado que tenía los sentidos increíblemente desarrollados, pues su oído era capaz de detectar los pasos de un insecto deslizándose por el piso del cuarto contiguo y su olfato podía captar el olor de su comida a varios metros de distancia.

Por su actitud cariñosa y su fiel compañía, que rompía con la monotonía de mis horas de escritura, mi amor hacia él fue creciendo como la espuma. A diferencia de los humanos, me escuchaba callado y nunca contradecía mis opiniones, hasta que, de pronto, empecé a sentirme como atrapado en sus garras y obligado a concederle todos sus caprichos. A veces, me daba la sensación de que lo había humanizado tanto que lo trataba como a un niño pequeño. Así, cuando se quedaba dormido sobre mi pecho, le cantaba canciones de cuna, mientras le acariciaba y masajeaba el cuerpo. Otras veces, cuando se quedaba dormido en la cama, prefería no molestarlo ni despertarlo, hasta que él mismo abriera los ojos, extendiera las patas y bostezara como el cachorro de una pantera.

Tanto era mi amor por él que, aparte de servirle la comida en un recipiente limpio de todo pelo, aseaba su cajón de arena tres veces al día, soportando el olor de sus heces y su orina; un oficio que asumí primero por obligación y luego por gusto, aunque jamás limpié el trasero de nadie ni cambié el pañal de mis wawas. ¿Qué tenía el gato para que hiciera todo esto? No lo sé, lo único cierto es que el animal, que un día entró por la puerta metido en una jaula, se convirtió, en poco tiempo, en el amo de la casa, en el niño mimado y en el mascota que me arrebató el cariño que antes lo tenía reservado sólo para mis seres queridos.

2

Todo marchaba normal en nuestras vidas, hasta la noche en que me levanté a orinar y, por casualidad, vi al gato sentado delante de la estatuilla del Tío; tenía las patas delanteras juntas, las garras cruzadas y los ojos cerrados, como si estuviese rezando o rindiéndole culto al soberano de los socavones. No hice nada ni dije nada. Entré en el baño, vacié la vejiga y retorné al dormitorio. Una vez recostado en la cama, pensé, sin resquicios a equivocarme, que el gato había sido poseído por el Tío, quien, a manera de ejercer su dominio y poner a prueba sus poderes mágicos, decidió manejarlo con la mirada y vigilarlo desde su trono.


 A la mañana siguiente, el gato ya no era el mismo; cambió de hábitos y de conducta, su comportamiento se tornó extraño y su mirada era de otro mundo. Dejó de obedecerme, de dormir sobre mi pecho, de comer en su recipiente y de ronronear para saludarme o pedirme sus alimentos. Cuando quería llamar mi atención, sus pelos se le erizaban en posición de defensa y transformaba su característico maullido: miauu o mieaou, en un tenebroso: mkgnao o mrkgnao, que más parecía el rugido de un tigre enfurecido. Asimismo, como en las películas de Walt Disney, no sólo aprendió a aullar, gorjear y bufar como ciertos animales, sino también a silbar con los labios fruncidos, incluso intentó imitar mi voz y hasta el tono de mi carcajada. Y por si fuera poco, esa misma noche, sus ojos se tornaron verdiazules y echaron lumbres como los ojos del Tío. Se lo veía hiperactivo y dando vueltas como un loco sin rumbo. Todo hacía suponer que su temperatura corporal superaba los cuarenta grados centígrados y su corazón bombeaba a ritmo acelerado.

Más tarde, en virtud a su naturaleza nocturna, me despertó con un rugido desgarrador, pidiéndome abrir la puerta que daba al bosque. Así lo hice. Él desapareció en la oscuridad y, al cabo de un tiempo, retornó con un ratón en el hocico. Lo increíble del caso es que no lo maltrató ni se lo comía de un bocado; al contrario, le lamió como si se tratara de otro gato y lo atrapó entre sus garras para mirarle a los ojos. Después jugó un rato, correteándolo por los recovecos de los cuartos, hasta que lo llevó hacia la puerta para dejarlo escapar en estampida. En cambio antes, apenas traía pájaros y ratones, además de enseñármelos como trofeos de caza, los asfixiaba comprimiéndoles la cabeza y les asestaba un mordisco hasta romperles el espinazo con sus largos y afilados colmillos.

Al filo de un nuevo día, estando en lo más hondo del sueño, me despertaron unos ronquidos que, más que ronquidos, parecían los chasquidos de una risa diabólica. Me levanté atolondrado y arrastré los pies hacia el cuarto contiguo, donde el gato estaba retorciéndose y arrastrándose como un lagarto entre los cojines del sillón. Mi sorpresa fue grande al constatar que estaba poseído por un espíritu maligno que lo atormentaba a su regalado gusto. Y ni bien advirtió mi presencia, lo zarandeó en el aire y lo tumbo sobre su espina dorsal. El gato, los ojos extraviados y presa de un temblor febril, pataleó como una mosca entre estertores de agonía y expulsó una espuma verdinegra por el hocico. Parecía un bicho envenenado, pero no, lo cierto era que su cuerpo estaba habitado por un espíritu capaz de poseer a las personas y los animales.

En ese instante, atrapado por un hondo temor y aturdimiento, no supe a dónde acudir en busca de ayuda. Lo único que se me ocurrió, al no soportar su fatal padecimiento, fue abalanzarme sobre su cuerpo, cobijándolo entre los brazos y acariciándolo con todo el amor de mi alma. Se me saltaron las lágrimas y no supe cómo contener la angustia de verlo sufrir como a un animalito indefenso. Estaba conmocionado y sentía una impotencia de sólo pensar en que el ente maligno, que tomó posesión de su cuerpo, era implacable a la hora de retar a cualquiera que se le pusiera en contra. Así que no hice nada que pudiera provocarle más enojo y dejé que el gato se relajara poco a poco, hasta quedarse dormido como un niño cansado de llorar. Y, claro está, en procura de recobrar la calma, dejé pasar el tiempo, con la esperanza de que el demonio le diera tregua y le permitiera volver a su estado normal. Pero no pasó nada. Todo siguió igual, hasta que el gato salió del cuarto y entró en el comedor, donde se paró delante de mis ojos y se orinó sobre la mesa. Dejé de servirme el desayuno y procuré controlar los nervios para no obrar de una manera indebida. Sin embargo, todo llegó al extremo cuando fui a limpiar su cajón de arena en el baño. Él estaba allí, cagando un mojón del tamaño de una salchicha. No quise interrumpirle, pero él reaccionó de una forma incongruente; lanzó un maullido inaudito, giró sobre sí mismo y comió su mierda mientras me miraba con un gesto de reproche.   

Fue entonces cuando me cargué de coraje y decidí intervenir para poner fin a sus desmanes. Él intuyó mis intenciones y abandonó inmediatamente el cajón de arena. Gruñó a manera de intimidarme y, lanzándose en dirección a mi cabeza, quiso clavarme sus garras en la cara, pero no lo logró porque me hice el quite a tiempo y lo tiré de un manotazo contra la pared que estaba a mis espaldas. El gato pegó otro salto y salió disparado hacia el pasillo. Quedé pasmado y me lancé detrás de él sin darme por vencido, como un gato que corre con celeridad detrás de otro gato, que huye por debajo de los muebles y de cuarto en cuarto. Así estuvimos por un buen rato, hasta que él se metió entre los estantes del escritorio; una situación que aproveché para cerrar la puerta, cortarle el paso y evitar su fuga.

El gato se adosó contra la pared, replegó las orejas hacia la nuca y arqueó la espalda con los pelos erizados, como cuando estaba en peligro o tenía algún impedimento. Lo acorralé poquito a poco, presto a cogerlo de sopetón, pero él dio un brinco espectacular entre mis manos, clavó sus uñas en el tapete de la pared y, mientras maullaba como un crío de pecho, trepó hasta el techo con la facilidad de un mosquito. Después correteó de un lado a otro, cabeza abajo y burlándose de las leyes de la gravedad.

Yo lo seguí con la mirada, el corazón golpeándome contra el pecho, la respiración agitada y los vellos crispados de pavor. No sabía si lo que tenía ante mis ojos era una pesadilla o una realidad. Parecía una escena arrancada de una película de terror. Cuando le llamé por su nombre, suplicándole que baje: ¡Zorro!, ¡Zorrito!, él volteó la cabeza, sacó la lengua más larga que la de un camaleón y me lanzó una mirada fulminante, como si quisiera contestarme entre maullidos y en latín antiguo: ¡No me llamo Zorro, sino Felis catus o Felisito silvestris! Es decir, bastó su mirada para comprender que le gustaba más el nombre original de su especie que el nombre de un justiciero enmascarado, con sombrero, capa y espada. Por lo demás, cualquiera que lo hubiera visto cabeza abajo, riéndose como un niño travieso, echando lumbres por los ojos y chasqueando la lengua, se hubiera quedado con los pantalones mojados, los pelos de punta y el corazón estrujado.

Al constatar que no podía hacer nada, absolutamente nada, para persuadirlo a bajar y volverlo a su estado normal, me resigné a salir del escritorio, pero apenas abrí la puerta, escuché que una voz ronca pronunció mi nombre a mis espaldas. Me detuve en el mismo sitio, me volví de inmediato hacia atrás y vi cómo el gato, que parecía una enorme araña en el techo, se dejó caer a plomo y, tras dar unas volteretas en el aire, aterrizó en el piso sobre sus cuatro patas, con gran dominio del equilibro y la flexibilidad. Luego cruzó por entre mis piernas como una flecha y se metió en el cuarto donde estaba el Tío, quien, como cada vez que me tomaba el pelo o estaba con ganas de reírse de sus propias travesuras, soltó una carcajada que hizo vibrar las paredes de la casa. Ésta fue la prueba más evidente de que el Tío estaba implicado en las diabluras del gato.

3

Esa misma noche, revolcándome de un lado a otro en la cama, no pude conciliar el sueño. A mi mente acudían las ideas más espeluznantes de la Edad Media, una época en la cual la gente creía no sólo en que tanto las enfermedades del cuerpo como las enfermedades de la mente eran causadas por demonios de la enfermedad, sino también una época en la cual los gatos negros eran quemados vivos y arrojados desde lo más alto de una quebrada, debido a la creencia de que encarnaban el espíritu del Mal y que las brujas los usaban para hechizar a los hombres y conjurar con el diablo. Quizás por eso mi abuela, una mujer católica y supersticiosa, cuando un gato negro se le cruzaba en el camino, se persignaba tres veces y tres veces escupía al suelo.

Así me la pasé la noche entera, sin pegar pestaña ni dejar de pensar en El gato negro, de Edgar Allan Poe, ni en el Nuevo Testamento, donde se cuenta el caso de un hombre poseído, que vivía encadenado y loco en la pocilga de los cerdos, hasta que apareció Cristo, el mismo que le ordenó al demonio salir del hombre, pero el demonio le suplicó quedarse al menos encarnado en los cerdos. Entonces Cristo le contestó que no y, sin concesiones ni contemplaciones, se metió en la piara y el demonio salió corriendo rumbo a las turbulentas aguas del río.


Cuando los primeros rayos del sol penetraron por la ventana, y luego de haberle dado varias vueltas a mi cabeza, creía haber encontrado la solución del problema que le aquejaba al gato: llevarlo al veterinario para que le hiciera un chequeo general y lo remitiera a la clínica de un psicólogo especializado en tratar los trastornos emocionales de los felinos. Ahí nomás, de una manera casi milagrosa, se me ocurrió la idea de que la solución podría estar en el Tío y dentro de la casa. Así que, en mi afán de poner fin al martirio del gato, decidí recurrir a los poderes mágicos del soberano de los socavones, quien hasta entonces no había lanzado más que una sonora carcajada.

Esa misma mañana, sin mediar palabras y con el respeto de siempre, le rendí culto y pleitesía, ofrendándole puñados de coca, botellas de aguardiente y cigarrillos. Al Tío se le encendieron los ojos, en sus pupilas se reflejaba la viva emoción de su alma y la sonrisa asomó a sus labios. Cambió de actitud en un santiamén y, tras comprobar que lo seguía tratando con absoluta devoción, hizo lo que tenía que hacer: liberó al gato del espíritu negativo y vengativo con una simple mirada, dejándome entender que él, en su condición de Tío, no estaba dispuesto a ser un príncipe destronado.

Cuando el gato volvió en sí, estaba relativamente estresado y tenía ataques de ansiedad. Parecía un niño maltratado en busca de un rincón donde cobijarse de las agresiones de su malhechor. No se percató de lo que había pasado, salvo que yo estaba allí, presto a tomarlo en los brazos y acariciarle su cabecita, en tanto él hacía rotar una oreja hacia mí, como cada vez que reconocía mi voz a la distancia y escuchaba atento mis palabras de cariño: mi querido chanchito, chanchito de papá...

–No me gustó que le hayas endemoniado al gato –le reproché al Tío, a tiempo de manifestarle mi sincera preocupación.

–¡Deja ya de lamentarte! –vociferó enfadado, el rostro bermejo y los ojos encendidos por un fulgor extraordinario–. Más bien agradece que el caso no pasó a mayores. Por ejemplo, ¿qué hubieses hecho si el gato hubiera empezado a masturbarse como un perro excitado contra tu pierna o que una mañana, sin que te dieras cuenta, hubieses despertado castrado por sus largos y afilados colmillos?

El gato arrimó su cabeza contra mi pecho y yo le estampé un cálido beso en la pelambre de su nuca, sin dejar de mirarle al Tío, quien echaba bocanadas de humo, con los párpados entornados, como si el tabaco le provocara un placer infinito. En cambio yo, que seguía afectado por el terrible susto que me pegó el gato, no dejaba de quejarme:

–No me gustó lo que le hiciste al gato.

–A mí tampoco –repuso. Luego abrió los ojos, se echó un trago de aguardiente y prosiguió–: Sé que no es lo mismo estar poseído por un buen espíritu que estar poseído por el demonio, pero esta vez sólo fue una advertencia, para que sepas, ahora y siempre, quién es el verdadero amo y señor en esta casa.

No le dije nada y me retiré con el gato entre los brazos. Al fin y al cabo, lo importante era que no hizo falta convocar a ningún sacerdote para practicarle el exorcismo solemne ni conjurar contra el espíritu maligno con las fórmulas precisas del Statua Ecclesiæ Latinæ. Tampoco hizo falta echarle agua bendita, enseñarle un crucifijo u otro objeto sagrado que repelen los demonios, como los gatos repelen el olor de su propia mierda. Bastó la intervención del Tío para que el gato volviera a ser como antes. Eso sí, debo reconocer con la mano al pecho que, durante el tiempo que le presté toda mi atención, me descuidé de mis obligaciones con el dios y diablo de la mitología andina; me olvidé darle su aguardiente, su coca y sus cigarrillos. El castigo o, por mejor decir, la advertencia me sirvió para tomar conciencia de que ambos ocupaban el mismo lugar en mi vida y en mi casa, y que la solución más sensata era quererlos a los dos por igual.

Desde entonces han pasado muchos años. Y tanto el Tío como yo vivimos todavía felices junto al gato, el cual se convirtió en nuestro mascota preferido, en el mejor compañero de nuestras horas de encierro y en el único animal que nos da tanto a cambio de tan poco. Al gato nos unen fuertes lazos afectivos y en él depositamos todo nuestro amor, yo como un padre y el Tío como un hermano. Por eso le concedemos todos sus caprichos y hasta le permitimos que, de vez en cuando, nos juegue una mala pasada sacándonos de quicio. Ahora entiendo el porqué los gatos figuran en los cuentos, mitos y leyendas de todos los tiempos y todas las culturas. No es casual que, en su condición de animales de compañía, tengan un lugar privilegiado en la historia de la humanidad y que mi gato Zorro se haya convertido el personaje principal de este relato.